El hombre que sabe que hoy le van a despedir se ha levantado algo más temprano de lo habitual. Se ha aseado especialmente, se ha puesto su mejor traje e incluso se ha perfumado con la colonia de las últimas Navidades que le regaló su hija. Ha ido en Metro a trabajar, ayer dejó en el coche de empresa en el aparcamiento de la oficina, pues sabe que hoy tendrá que entregar las llaves. Ha tomado un café para hacer tiempo, y repasar los números. Es metódico y minucioso. Y ha calculado lo que puede obtener de indemnización, y lo ha dividido en meses de supervivencia. Si la cantidad es la que espera, tendrá para muchos meses sin perjudicar su nivel de vida, quizá un par de años. Pero no podrá ir de vacaciones a Sharm-el-Sheik. Sabe que hoy le llamará el presidente, y que el vicepresidente de Recursos Humanos estará allí.
Al llegar a la oficina sus colaboradores le han saludado como cualquier día, y ha mantenido la reunión prevista sobre Logística, convocada una semana antes. Ha conservado la dignidad en la reunión, como si nada pasara, pero el hombre que sabe que hoy le van a despedir, sabe que algunos de sus colaboradores también lo saben. Pero él quiere ser un profesional hasta el final, y ha hecho mucho hincapié en que el acta de la reunión llegue en un día a los asistentes. Después se ha encerrado en su despacho, y ha contestado todos los correos pendientes, sabiendo que pasarán meses antes de que su carpeta de entrada esté tan llena. Espera la llamada que no llega, pero sabe que es viernes, y que por alguna extraña razón estas cosas siempre pasan en viernes, y cuanto más avanzado el día mejor. El teléfono suena a las dos de la tarde.
Sube a la planta 5ª, y sin pedir permiso, porque sabe lo que le espera, entra en el despacho de Presidencia. Allí comienzan las frase de rigor, el ritual de la ejecución. El ciclo ha terminado, hay que cambiar, nos hacemos una pregunta, si tú eres la persona, y la respuesta es, la respuesta es no. El hombre que sabe que hoy le van a despedir ya sabe lo que tiene que decir. El dinero, cuanto y como. La primera cifra le espanta, con ella no llegará ni a seis meses. La segunda le tranquiliza y acepta la tercera, que cuadra con su plan. Pasa por Recursos Humanos y entrega las llaves del coche, la tarjeta de crédito y el teléfono móvil. Este ritual le recuerda esas películas en las que el valiente y entregado policía de Nueva York entrega la placa y la pistola.
Cuando sale del despacho sus colaboradores le miran expectantes, sabe que tendrá que decirles adiós, tras siete años de trabajo en común. El hombre que ya ha sido despedido sabe que hay quienes se alegran y quienes lo sienten. La mujer que le ha acompañado desde el principio de aquella aventura le acaricia la barbilla, y él se lo agradece con una mirada cómplice. El hombre que le ha jurado lealtad inquebrantable sin que nadie se la haya pedido, se pone a su disposición, sabiendo que el próximo lunes proclamará que de buen elemento nos hemos librado. Se ahorra el trago de desalojar su despacho, porque ya lo hizo ayer. Sale del edificio en el que ha pasado 7 años, 3 meses, 14 días y esta mañana, cruza la Vía Augusta, baja por Muntaner, toma el paseo de Gracia, y de ahí por Layetana se dirige al mar
Sabe que le esperan semanas, meses y posiblemente años para que la situación cambie. Lo único que le conturba y le perturba es como se lo va a decir a su mujer, y es que el hombre que acaba de ser despedido subestima a su compañera.
Nunca se había fijado en lo guapa que es la Señora Nuria, que vende claveles en Layetana, ni en lo agradable que es el Jaume´s Bar, donde se toma un gin tonic, y rompe su abstinencia de tabaco con un Marlborín Expectorante Forte. En el bar suena Alaska y Dinarama y su a quién le importa, me señalan con el dedo y a mí me importa un bledo. Siente escalofríos cuando ve a un pobre en la calle, y su cartel de estoy en paro, ayúdenme. ¿Acabará como él? Aleja pensamientos feos de su mente.
El hombre que acaba de ser despedido sabe que él también ha despedido, y comprende que el esto a mí no me puede pasar, yo soy distinto, carece de sentido. Empieza a ver la vida de otra manera, y en la Barceloneta una chica joven le sonríe. El hombre que acaba de ser despedido es lo suficientemente maduro para no hacer tonterías con una chica que nació el día que se inventó el Smartphone, y devuelve la sonrisa. Nada más.
Cuando llega a casa se lo cuenta a su esposa. Odia verse como algunos casos que ha visto, de hombres que salen todos los días al amanecer, y dan vueltas por la ciudad hasta el anochecer, para fingir que no les han despedido. Su esposa, a la que no ha prestado mucha atención en los últimos meses, le da un beso, y le dice que mañana será otro día, iremos al cine, tomaremos cerveza en Can Ruti, y después….. El hombre que acaba de ser despedido sabe que vienen días difíciles, sin nada que hacer, que va escuchar mucho lo siento, y que, si me entero de algo, ya sabes, que son cosas que pasan, que tú estás muy preparado. El hombre que ya está despedido piensa que tiene que levantarse, porque ya tiene la lista de actividades para las próximas semanas.

El hombre que ya lleva un mes despedido ha cumplido sus objetivos. Ha tenido varias entrevistas de selección y asesoramiento, en las que le han aconsejado que se reinvente, se recicle y se refuerce. Cualquier palabra comenzada por “re” parece ser de aplicación, y sobre todo que debe adaptarse a las nuevas tecnologías. Él, que no es listo, pero es inteligente, aplica la duda metódica. Es ingeniero de telecomunicaciones, de forma que la necesidad de formación en sistemas informáticos no la acaba de entender. Cuando era más joven pasó dos años en Hamburgo, participando en el desarrollo del sistema de gestión de datos de vuelo del entonces novedoso Airbus, de forma que los cursos de inglés y alemán que le ofrecen se le antojan un poco absurdos. Ha indagado qué son las nuevas tecnologías que debería aprender, y no entiende cual debe ser el misterio de manejar Facebook o Twitter, sobre todo para él, que aprendió hace muchos años el álgebra de Boole. Ya ha explicado varias veces su “curso de vida”, o curriculum vitae al decir de los que le entrevistan. Ya ha contado cuáles son sus aficiones, aunque le cuesta trabajo entender qué tiene que ver un sistema de alta velocidad de transmisión de datos con el excursionismo por el Baix Ebre.
Ha visto, con profunda pena, que sus antiguos colaboradores, Trini y Joan han sido despedidos, ante la sospecha de ser amigos suyos y no de su sucesor en el puesto. Ha comido con ellos, y se han reído, pues ya no comen en Vía Véneto, sino en Can María, a diez euros el menú, truita en vez de percebes y vino Torres en vez de Vega Sicilia. Su sucesor sostiene que las cosas están mucho peor de lo que se imaginaba, que el hombre despedido tiene la culpa de todo, y que hará falta un largo período para reconducir la situación. ¡Caramba con el “re”!.
Su sucesor ignora que dichas razones tienen fecha de caducidad. El sucesor ya ha cambiado todo, por el expeditivo método de destruir sin construir, de anular lo que había sin tener recambio. También ha hablado con algún cliente, que le confiesa que va a dejar de serlo, pues se han cancelado contratos porque quiero, porque puedo y porque soy Paco el Minero. El hombre que ya lleva un mes despedido ha podido comprobar lo que significa la amistad, y como los grandes amigos le han ninguneado, y como ha descubierto otros a los que ni siquiera consideraba como tales.
Ha “redescubierto” en sí mismo un toque de coquetería que le ha sorprendido. Las largas caminatas por Collserola le han afinado la cintura, el Sol de la primavera le ha tostado la cara, y el pelo un poco más largo más una vestimenta menos seria le hacen verse incluso atractivo, y ya ha descubierto a alguna señora mirándole de reojo. No le obsesiona, pero tampoco le disgusta. Ha “redescubierto” a su mujer y la ve cada día más atractiva; hacía mucho que no se lo pasaban bien, y ustedes entiendan lo que les parezca. Visita una vez a la semana a su hermano Albert, que tiene una tienda de” comics” en el Raval, y comprende que Albert ha triunfado en la vida, a pesar de vivir rodeado de “frikis”. La oveja negra de la familia, sin estudios, es el que mejor ha cumplido los objetivos, aún con su coleta y sus camisas de colores imposibles. Su hermano le ha enseñado como ser feliz con una mitjana y una tapa de fuet.
El hombre que ya lleva dos meses en paro se lo está pasando bien. Sus antiguos compañeros de Hamburgo le han invitado a dar unas charlas a jóvenes ejecutivos tecnológicos. No le pagan nada, salvo el billete de avión en “low cost”, y unas descomunales jarras de cerveza en la “bierhaus”, pero sobre todo le han dado su amistad.
El seminario ha salido en Internet, y observa con orgullo como en Google su nombre empieza a tener referencias.

El hombre que ya lleva seis meses en paro empieza a preocuparse. Es fuerte, pero no es un héroe. Mira a su móvil aquellos días en los que se vuelve mudo. Cualquier “ring” es motivo de alborozo, hasta que Maryliesis Hidalgo de Tejada le ofrece una promoción de llamadas a bajo coste siempre que sea a Perú entre 2 y 3 de la madrugada, en aquellos martes que sean en la semana par de un mes impar. El hombre sabe que en el barrio le miran con curiosidad, pues nadie le ha visto antes comprar el periódico a las 10 de la mañana, ni tomar café a las 11. El hombre mira al cielo, y aunque no cree en ningún Ser Supremo, sus labios susurran: “¡Échame una mano, tengo 50 años!”. Y cree oír una voz: “Y yo varios millones”.

El hombre que ya lleva nueve meses en paro no para desde su conversación con el Ser Supremo en el que no cree. Sus amigos de Hamburgo le han pedido que analice el sistema de datos de vuelo de un A330 que se ha precipitado al Océano Atlántico, al parecer porque el ordenador de vuelo recibió datos contradictorios. Sus amigos reconocen que debe haber un problema de diseño algorítmico, o alguien no ha entendido bien la Dinámica de Fluídos. El hombre ha corregido los fallos algebraicos, y ha propuesto unos algoritmos de autocomprobación, que eliminarán ese riesgo. No le han pagado nada, pero le han permitido publicar el trabajo en una revista especializada, con su propio nombre. Ha trabajado mucho y bien.

Mientras, continúa “reconstruyendo” su vida sentimental, en la que se ha metido Armando Manzanero, y han vuelto a ser novios, nos amamos, nos besamos, y a veces sin razón nos enfadamos. Porque durante muchos años han sido esposos pero no amantes, y ahora, con el más dulce de los besos, hablan de qué color son los cerezos. La hija ha traído una buena noticia; se va a la Antártida con el Hespérides, ha logrado una beca, y no es por el dinero, bueno, por el dinero también, porque la cuenta bancaria amenaza sequía, sino porque la chica está entusiasmada. El hombre que ya lleva diez meses en paro sospecha que en el Hespérides hay algo más que equipos de sonar, probablemente alguien muy especial para ella. Pero bien está, y alguna alegría ha habido en la casa. Dios aprieta, pero no suelta, que dice socarrón su hermano Albert.
Hoy ha ido a una nueva entrevista, ya con la desgana que le provoca observar como el entrevistador mira primero la fecha de nacimiento, y después pasa a unas preguntas rutinarias, mirando del reloj. Como se sabe las preguntas también se sabe las respuestas, y lo mismo le pasa al entrevistador. Ya le llamaremos, es decir, no sabrá nada de nosotros.

Pasaron más meses, y dos años completos. El hombre que despidieron ya es parado de larga duración, y ya duda si alguna vez será al que fue. Pero ya ni se acuerda. Y tampoco le importa.

Su historia termina mal.