Sería el año de 1965, y los niños de la entonces Colonia Maria Valle, hoy calle Sofía Julia, teníamos la costumbre de ir al Cerro de Los Perdigones a cazar artrópodos para una colección que nos haría merecedores de alguna matrícula de honor en Ciencias Naturales. La captura más preciada era el temido alacrán, de cuya picadura se decía que te dejaba estéril (a esa edad no teníamos muy claro que significaba eso) o que te tenían que cortar una pierna o incluso que te volvías hombre lobo.
Por aquel entonces el Cerro de Los Perdigones era una colina pelada, con muchos menos pinos que ahora, y desde su altura se veía Madrid sin problemas. Con vista de niños se divisaba perfectamente la Torre de Madrid, la Telefónica, y el Ministerio del Aire en Moncloa. Tras el Cerro no había nada, salvo campos yermos, y la Casa de Campo como continuación. La Avenida de Europa ni estaba ni se la esperaba hasta 20 años después.
Llegábamos al Cerro como si estuviéramos desembarcando en Normandía, armados con tarros de vidrio para guardar nuestras presas y unas pinzas de madera que parecían alfanjes moriscos. Y ahí, de forma militar, nos desplegábamos como veíamos hacerlo a los valientes marines de las películas bélicas que ponían en el cine de verano.
Una tarde de aquellas, mientras levantábamos piedras para localizar el ansiado alacrán, vimos como los abuelos venían corriendo y gritando: ¡No os mováis, no toquéis nada! Nos quedamos paralizados, pues adivinamos que algo malo nos podía pasar. El abuelo ¨líder” nos arengó: “No volváis más por aquí. Hay bombas de la guerra sin explotar” El abuelo “gracioso” nos informó adicionalmente: “Si veis una cosa gris, como una bala muy grande, fijaos si lleva como una cruz con los brazos doblados. Si es así, a correr. Explota seguro. Pero si veis un dibujo de un hacha con palos atados a su alrededor, tranquilos, esas eran tan malas que ni explotaban”. A continuación, comenzaron una discusión que no entendimos, pero que en años después cobro sentido.
– Ya, hubo que bombardear esta zona, estabais atacando desde Brunete y nos podíamos quedar cercados en la Casa de Campo.
– Pues derribamos varios aviones, aquí sobre Pozuelo.
– No era malo el trasto aquel, el Mosca. Por aquí cayeron varios Heinkel alemanes. No nos lo esperábamos. Deben estar enterrados por ahí – señaló un punto lejano, hacia Madrid.
– ¿Los aviones?
– Sí, y los pilotos. Y las bombas. ¿Le derribaste tú?
– Pudiera ser
Tras este breve intercambio de recuerdos, nos llevaron de nuevo a la casa, y nos aconsejaron olvidar la conversación, y tener mucho cuidado en el Cerro. Les preguntamos que por qué sabían todo eso. Nos contestaron que qué queríamos para merendar, “fuagrás” o chocolate. Chocolate, obviamente. Ellos se fueron a su partida de mus en el bar. Hablando del Real Madrid y de Amancio.
Muchos años después, supimos que uno de ellos había sido teniente de la Vª División del Ejército Popular de la República, artillería antiaérea, y el otro había pilotado un Fiat Chirri en la Aviación Nacional. En los días de la Batalla de Brunete, un joven piloto alemán, Adolf Galland, fue derribado por Pozuelo, si bien hay dudas documentales sobre la veracidad del hecho. La Luftwaffe intentaba ocultar que los Heinkel 111 eran muy inferiores frente a los Polikarpov I16 (Moscas), no fuera a ser que Stalin viera un hueco para fastidiarle la fiesta a Hitler, por entonces rumiando como apropiarse de Austria y Checoslovaquia.
Adolf Galland, años después, se convirtió en mito durante la Batalla de Inglaterra, y acabó la guerra como General de la Luftwaffe. En los años 90 pasaba largas temporadas en Alicante, como jubilado alemán, y murió hacia 1995. Su imagen fue la propaganda del III Reich en sus años de gloria. Debido a su aspecto físico le apodaban el Ratón Mickey, y usaba dicha imagen en su avión, para desesperación del partido nazi, Walt Disney era judío.
Unos años antes, hacia 1992 en la incipiente Avenida de Europa, en una marisquería de referencia, unos ancianos estaban reunidos despachándose unas centollas con Albariño. Uno de ellos hablaba español con un fuerte acento alemán, y el otro era netamente hispánico. La conversación era más o menos así:
– Yo noté impacto en cola, no dominar avión, y tomar tierra como poder, muy cerca de aquí.
– Lo sé. Porque yo fui el que te derribó. El Heinkel era muy lento, y yo llevaba más de 1.000 caballos en el motor de mi Mosca- ¡Cómo volaba aquel trasto!
– Hacer tú buen trabajo.
– ¿Qué hiciste después?
– Estar atontado. Correr sin saber adónde. El resto de la tripulación también corría. Por suerte encontré allí una columna de moros – señalaba las tapias de la Casa de Campo – yo joven y correr mucho. ¿Y tú, que hacer después?
– Volví al aeródromo de Alcalá de Henares, me dieron unas medallas y me enviaron al frente de Aragón. Derribé más aviones vuestros, hasta que tuvimos que salir de España en 1939. Me llevaron a la Unión Soviética y allí seguí volando. Me derribasteis en Stalingrado, y ya no volé más. Volví a España en 1960, y me hice entrenador de pilotos civiles, hasta que me jubilé hace unos años.
– Yo también prisionero al rendir Alemania. Ahora, en mi casa de Alicante, muchos meses al año.
– Y yo aquí en Pozuelo, tengo un adosado cerca de aquí. Quién lo iba a decir. tú y yo aquí, comiendo centollas cincuenta años después.
– Ahorra me enseñas ese Cerro Perdigonas. O como se llame.
– Hecho.
Y se fueron paseando tranquilamente Avenida de Europa arriba, confundidos con los niños y las jóvenes parejas que comenzaban a poblar Pozuelo. Quizá intentando limpiar lo más oscuro de sus vidas. Ellos ya se habían reconciliado con la memoria histórica años antes de que algún dirigente socialista creyó que la inventaba.
El anciano alemán se parecía al Ratón Mickey. Los años no le habían quitado las orejas murinas. ¿Era el antiguo as de la Luftwaffe? Pudiera ser.