En algún lugar del Pirineo Navarro, hacia el año del Señor de 1525

El Inquisidor leyó los cargos contra los habitantes de Etxeamendi, sedición, deslealtad al Rey, rebeldía, profanación y sobre todo herejía. Las caras demacradas de los villanos miraban con atención a aquel hombre diminuto, enjuto, de nariz afilada y ojos brillantes sin entender demasiado lo que decía. Mientras, el Corregidor vigilaba que sus soldados tuvieran bien cerrado el cerco de picas que mantenía prisioneros a los acusados.

Bramaba el Inquisidor al relatar los hechos: “Sea cierto de absoluta veracidad que estos villanos, han robado las cosechas, no han satisfecho los tributos ni al Rey Nuestro Señor, ni a la Santa Católica Iglesia, ni los diezmos al abad de Iratxe; otrosí digo que han osado afirmar ser seres libres, cuando es cosa sabida que ningún mortal es libre si no es por la gracia del Espíritu Santo. Otrosí digo que han celebrado cultos satánicos, han fornicado bajo los auspicios de Belcebú, y han cometido pecados nefandos contra natura, ya sea con bestias o “pro non sanctam viam”. Es menester, y es voluntad real y divina, que sean entregados al brazo secular para su adecuado castigo y salvación de sus almas.

El Corregidor callaba, con silencio profesional, viendo las caras de terror de los miserables campesinos, quienes no entendían las palabras, pero sí su sentido. Había niños, había ancianos, destrozados por el hambre y la pobreza. Sabía cuál era su misión ahora. Disponer horcas y hogueras, las primeras para los que pidieran confesión y las segundas para los que se negaran. Las caras de sus soldados eran frías, sin expresión, pero sabía qué pensaban. Los conocía muy bien.

El Corregidor se permitió soñar con su pasado, volvió a aquellas playas de arena blanca, aquellas aguas azules, aquellas frutas llenas de dulce…. su vida de hace unos años cuando era Capitán de Tierra y Mar con el valiente Vasco Núñez de Balboa, allá en Nuestra Señora la Antigua del Darién, en la Tierra Firme. Acompañó a Balboa en aquella infernal expedición que los llevó a descubrir el Mar del Sur, al que ya llamarán Océano Pacífico, comidos por los mosquitos, mordidos por las serpientes, enfermos de fiebres y con las armas oxidadas por la humedad de la selva. Allí fue feliz con Irumana, aquella india de piel dorada, amándose en la playa, viviendo en algo que se parecía al paraíso, riendo y bebiendo el zumo de aquellas frutas.

Pero todo se acabó. El Gobernador de la Tierra Firme, Pedrarias Dávila, estaba celoso de Balboa, le
enjuició y le ejecutó sin muchos miramientos. Núnez de Balboa murió insultando y llenó de hideputas su boca para toda la corte del Gobernador. Después Pedrarias les exigió lealtad absoluta, o la muerte en su defecto. El Corregidor consintió, tuvo que abandonar a Irumana y volver a las Españas, donde le dieron el cargo que ahora ostentaba, en su tierra de origen, el Reyno de Navarra, en el que ya los castellanos estaban dominando por el sur y los franceses por el norte.

Y allí estaba, el descubridor de un Océano, aquel que fue recibido como un dios vivo por los indios de Darién, el que fue un valiente capitán en otro mundo y un feliz amante en cualquiera de los mundos, dedicado a perseguir infelices en nombre de la Autoridad Real y Divina. A las órdenes del Inquisidor, a quién consideraba un patán. Se preguntaba hasta donde la autoridad podía disponer de cuerpos y almas, hasta donde el hambre justificaba el no pagar impuestos, hasta donde Dios tenía que ver con todo aquello. Ya consintió años atrás, ¿volvería a caer en el mismo error?

­ – Señor, ¿los niños también? – preguntó al Inquisidor
­- Corregidor…. El Diablo no entiende de edades. Obrad con diligencia.

Inseguro, dio órdenes a sus soldados que le miraron con cara de desprecio. Los gritos de terror de una muchacha cuando era arrastrada a la horca le enloquecían, la mirada de eterna damnación que le dirigía un anciano al que iban a quemar en la pira le destrozó el alma y una voz que se oyó fuerte y potente a sus espaldas le devolvió la vida. Todos se giraron, pues quien había hablado no había hecho ningún ruido al cruzar el bosque.

­ – No debería ocurrir lo que va a ocurrir – dijo una sombra entre las ramas.

La sombra se hizo visible. Una mujer vieja, pero erguida, ataviada con andrajos, y sobre la cabeza una piel de ciervo, aún con sus cuernos en lo que una vez fue una hermosa testa. Empuñaba en la mano izquierda una rama pelada de fresno, a modo de báculo pontificio.

El Inquisidor bramó de nuevo, pues probablemente no sabía hablar:

­-  ¡La Bruja del Bosque de Etxeamendi! Prendedla, ella es la culpable de todo.

La mujer sonrió, mientras extendió el báculo en dirección a los soldados. Estos detuvieron su
primer impulso, sin saber por qué.

­- ¿Crees que si tuviera poderes infernales viviría en esta miseria? ¿Crees que si tuviera las riquezas del Averno me alimentaría de hierbas y raíces? ¿Crees que si a mi señal vinieran legiones de demonios para rendirme honores viviría sola y enferma en este frío bosque?
­- ¿Pues qué quieres? – reclamó el Corregidor

­ Quiero justicia, humanidad, clemencia, y sobre todo que la razón de estado sea para el servicio de los hombres, no para un lejano Emperador, al que poco le importan sus súbditos. Si pasan hambre, o frío, o necesidad, le da lo mismo.

El Inquisidor ya no bramaba, simplemente regurgitaba palabras:

­ – Es Ley Divina, y cimiento de nuestra LEX MAXIMA, que el Imperio de la Ley está sobre todas las
cosas
­ – ¿La Ley al servicio del Imperio, o el Imperio al servicio de los pobres villanos? ¿Es la Ley un Neodios al que hay que reverenciar, es la Ley de Moisés, que obliga a matar?

El Corregidor sabía lo que iba a ocurrir, sobre todo porque recordó su auténtico nombre, Capitán Íñigo de Ursúa, natural de Elizondo, y reconoció en el rostro de la Bruja del Bosque a su amada Irumana. El acero toledano y el bronce vizcaíno brillaron a la luz de la Luna de Primavera. Las picas y las espadas cambiaron sus puntas de rumbo, y ahora apuntaban al Inquisidor, quién blandía un crucifijo de plata, amenazando con la pena de excomunión a los soldados. La Bruja habló de nuevo:

­- Estos infelices tenían hambre, hambre de verdad, tenían frío, frío de verdad, y sobre todo tenían hambre de un poco de justicia. Vos, Señor Inquisidor, representáis el poder del Emperador Carlos, a quien poco le importan estos desgraciados, pues solo piensa en un Imperio lejano, heredado, no conquistado. Y representáis el poder de una Iglesia en Roma, a la que poco le importan ya sus fieles, sino las leyes canónicas y su imperio terrenal. Por ello ocurre lo que hoy ocurre, los príncipes y los súbditos ya no tienen nada en común, todo se sacrifica por la res pública. Ahora nos vamos, Señor Inquisidor.

La Bruja tendió la mano al Corregidor, Don Íñigo de Ursúa, quien ardía en deseos de preguntar a la mujer cómo estaba tan vieja, si apenas unos pocos años atrás era una hermosa joven. Pero se dejó llevar. Y con la otra mano tomó la de una niña, y la de la niña tomó la del anciano, y ésta a su vez la de una mujer, la cual tomó la de un soldado……hasta formar una cadena, que lentamente avanzaba por el bosque, como una Santa Compaña.

Mientras, el Inquisidor corría hacia la linde del bosque pidiendo auxilio a quien pudiera oírle. La Bruja les condujo hasta una cueva, oculta entre los helechos y las zarzas. Entraron en la oscuridad, guiados por la Bruja, hasta llegar a una bóveda iluminada por una hoguera en el centro. Allí el Corregidor vio las pinturas en el techo y las paredes. Había toros, ciervos, humanos cazando, osos y lobos.

­ Irumana…..tú…. – la Bruja le instó a guardar silencio, mientras repartía unas hierbas a todo el grupo. Les instó a comerlas, mientras les tranquilizaba – Es para el viaje que vamos a hacer, aclaró.

El Corregidor masticaba con parsimonia aquellas hierbas y se fijó en un rincón de la cueva, donde se amontonaban gavillas de centeno, estropeadas por un hongo en forma de cuernecillo. Supuso que lo que estaba comiendo era un extracto de aquel hongo, seguramente alguna pócima. Tuvo unas náuseas, y de pronto la cueva se iluminó con una luz azulada, pero brillante. La Bruja ya no era una vieja andrajosa, sino una bella india, ataviada con el lujo propio de la adorada hija del cacique del Darién. Los villanos no usaban harapos y cueros podridos para vestir, sino vistosas telas y abalorios de color. Los soldados ya no portaban armas, ni corazas, sino aperos de pesca. Y al fondo de la cueva se abría un pórtico, a través del cual se veía un mar azul y una playa luminosa. El Corregidor se palpó el cuerpo, y se dio cuenta que él también vestía como un indio.

­ – Estamos en la Tierra Firme – aseveró
­ – No. Estamos en donde siempre quiso estar el ser humano. Donde no haya muerte, ni injusticias, ni miseria, ni dolor ni enfermedad. Donde lo que importa es el Hombre y no las Leyes.
­- ¿Existe ese lugar? – preguntó con escepticismo.
­- Ahora sí – replicó Irumana – y tú lo encontrarás.

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El Inquisidor logró encontrar fuerza armada, ya en el límite con la Baja Navarra, ahora reino independiente bajo el mandato real de los Albret. Sabía que más allá del límite no podía hacer nada, pues él era súbdito del Emperador Carlos. Gracias a Dios las tropas que encontró eran leales al Virrey, su Eminencia Reverendísima Don Diego de Avellaneda, arzobispo de Tuy.

Le llevaron a presencia del Virrey, en Pamplona, donde pudo relatar los criminales hechos que
habían tenido lugar en Etxeamendi, y pedir auxilio para llevar a los ofensores ante la Justicia. Pero
el Virrey era un ser socarrón:

­-  Decís, Señor Inquisidor, que unos villanos han cometido delitos de lesa majestad, y que lo que no
consiguen las tropas francesas lo han conseguido unos destripaterrones.
­- Eminencia, ha habido traición del Corregidor, quién ayudó a escapar a los desleales.
­-  Y, ¿qué me decís sobre los actos satánicos, que referís en vuestra relación?
­-  Rigurosamente comprobados
­-  ¿Tenemos al Diablo por aquí, Inquisidor? – preguntó con sorna no disimulada el Virrey y
Arzobispo.
­-  Sin duda, sin duda. El Malleus Maleficarum es claro a este respecto – El Inquisidor aburrió al
Virrey con una larga disertación sobre el tratado de cabecera en Demonología, el libro que describe a la perfección cómo saber si Satanás ha tenido arte y parte en algún acontecimiento terreno, como saber si alguna mujer es bruja y como hacerle huir en el nombre de Jesucristo.
­- Señor Inquisidor. Tengo órdenes de su Alteza Imperial Carlos de Habsburgo en el sentido de pacificar Navarra. Demasiados años de guerra, demasiada sangre en nombre de una u otra dinastía, y sobre todo demasiados demonios campando por estos bosques y estas foces. Buscad al Diablo en otro sitio, y no me enredéis el rebaño.
­- Pero…. ¡Eminencia! La ley de Dios y la del Emperador exigen que….
­- ¡Exigen que os calléis, y volváis a vuestra sede inquisitorial de Estella, donde habrá muchos
judaizantes que esperan la hoguera. ¡Aire y puerta!

El Inquisidor no entendía la actitud del Virrey, cosas de la política, se dijo.

El Virrey llamó a uno de sus ayudantes.

­- Ve al bosque de Etxeamendi e intenta encontrara al Capitán Íñigo de Ursúa. Dile que nos veremos al anochecer en el Bidasoa, a una milla de la desembocadura, en la posada de la isla de Santiago.

El ayudante galopó un día entero, hasta llegar al Bosque, y llamó al Capitán, sin éxito. En un claro
encontró las horcas y las hogueras preparadas, pero nunca usadas. Decidió descansar antes de
emprender el regreso, y comer algo. Al poco notó como se movían unas ramas a su espalda,
desenvainó la espada en prevención y se concentró en defender su vida de algún posible ataque. Una figura apareció entre las ramas, armada.

­- ¿Capitán Ursúa? – La figura asintió. Se volvió y habló al interior de una cueva que se entreveía tras las ramas:
­- Quedaos aquí, volveré.

A la noche siguiente dos hombres se reunían en la ribera del Bidasoa, mientras paseaban a la luz
de la Luna.

­- Si hubiera sabido que vos erais el Virrey hubiera solicitado audiencia ante las injusticias del
Inquisidor.
­- Me acaban de nombrar, yo era feliz en Tuy.
­ – Y más feliz en la Tierra Firme.
­-  Así es – suspiró el Virrey – cuando fuimos grandes, Íñigo, tú un valiente soldado y descubridor, y
yo un clérigo que veía un mundo nuevo asombrado, intentando saber que era aquello y como encajaba con las Escrituras.

Ambos guardaron silencio.

­-  No hicimos lo que debíamos.
­-  Así es. Tú te asustaste y no defendiste la Justicia, permitiendo que asesinaran a Don Vasco Núñez
de Balboa, y yo bendiciendo aquel disparate. Me confesé de mi pecado de usar el nombre de
Dios en falso, y tú ya tuviste penitencia con el desdichado fin de Irumana. – Al oir este nombre, el
Corregidor asió al Virrey por el brazo.
­- ¿Sabéis que fue de ella?
­-  Sí, Pedrarias Dávila la incorporó a su casa como sirvienta, cuando vos regresasteis a Castilla. Un
día, Irumana se negó a soportar las humillaciones, y Pedrarias la golpeó hasta la muerte. Descanse
en paz, aunque nunca la bautizamos.

El Corregidor entendió lo que había pasado en la cueva. Una alucinación provocada por la pócima, ese cornezuelo que crece en el centeno y que provoca visiones. La Bruja no era Irumana, sino su propio deseo de volver a ser lo que fue.

­- Bueno, Íñigo, tenemos un problema. Ese pazguato de Inquisidor no va a estar callado mucho tiempo, y tú has cometido un acto de rebelión. Puedo salvarte la vida, pero no puedes aparecer por el Reino de Navarra nunca más.
­- Mi tierra….
­- Tu tierra está al otro lado de la Mar Océana. Mañana habrá una nao esperándoos en el puerto de
Pasajes, con todos los bastimentos necesarios, y con su piloto y tripulación ya pagados. Pondrá rumbo a la Florida, donde os dejará, para volver a Cuba. Oficialmente nunca habréis estado en esa nao.
­- ¿La Florida?
­- Sí, Tierra Firme al Norte de Cuba. Ponce de León ya relató su existencia. Pero id con tiento, los indios son feroces.
­- ¿Más que el Inquisidor?
­- No, ese solo es idiota, pero id con tiento. Pax Dei vobiscum.

Se abrazaron, y cada uno se alejó en direcciones distintas. El Virrey a sus tareas de Gobierno, y el
Corregidor a lo que mejor sabía hacer: explorar nuevos mundos, intentando encontrar aquél El Dorado donde la Justicia habita y la Miseria no tiene acomodo.

Varios días después, cuando el viento ya los había llevado más allá de Finisterre, en la tierra natal del Virrey, observó a su tropa. Los villanos tenían mejor aspecto, comían pescado y respiraban aire fresco y libre del Océano. Sus soldados ya no tenían cara de odio. E imaginó aquella tierra, Florida, cómo sería, qué gentes encontraría. El Capitán Íñigo de Ursúa soñó y soñó hasta que dos meses después avistaron el mar azul de las Bahamas.