Caía el Sol con justicia de Alá sobre Basora. Nada nuevo en aquella ciudad, cuyo puerto se abría al Mar Arábigo. Nadie había por la calle, todos se habían refugiado en sus casas, buscando el fresco de los sótanos y el agua de los pozos.

Solo y atribulado, un mendigo vagaba por una de las calles arrimándose a las pocas sombras que los edificios otorgaban. Tenía hambre, hambre de verdad, y recogía las hojas de lechuga que estaban tiradas en el suelo, ya secas y correosas. Alguna miga de pan, repleta de hormigas, desechada del mantel de alguna casa, y quizá un hueso de dátil al que aún le quedaba una brizna de pulpa. Y sobre todo tenía sed, mucha sed, pero las fuentes estaban secas y de los charcos no se sabía mucho en la ciudad.

Llegó a una esquina y vio a unos criados regando la fachada y la entrada de una casa, la cual, por su aspecto, parecía ser de alguien rico y poderoso. Era agua de rosas, perfumada y fresca. Seguramente intentaban enfriar algo la casa para mayor comodidad de sus habitantes. Los criados estaban gordos, lo que demostraba que aquel rico personaje era tan rico que hasta los siervos comían opíparamente.

Y maldijo su suerte: “Alá, ¿por qué eres tan dadivoso con algunos y tan cruel conmigo? ¿por qué todo para tan pocos y nada para muchos? ¿acaso alguna vez dejé de orar cinco veces por día, acaso bebí vino o comí puerco? Ese que ahí vive ha tenido la suerte de ser grato a tus ojos, no es justo. Ostenta su riqueza para humillar a los pobres, maldito sea por Alá”.

Pero tuvo la desgracia de que uno de los criados le oyó: Tú, perro sarnoso, ¿qué dices de mi señor? Y se abalanzaron sobre él los demás. No se pudo contener.

  • Soltadme, hijos de Satán, ¿no veis que no se puede ser tan rico cuando hay gente tan pobre como yo?
  • Unos buenos azotes y te quitamos la tontería. Adentro con él.

Le empujaron al interior, donde un patio lleno de columnas y de flores era un oasis, y notó el frescor. También había un estanque con agua que manaba de un surtidor. Le ataron a una columna, con la espalda hacia sus captores y advirtió por el rabillo del ojo como uno de los criados, el más corpulento, blandía una vara, dispuesto a medirle las costillas. Respiró hondo, no era la primera vez que recibía palos; de forma que solo quedaba aguantar y quizá con suerte esta vez le llegara la muerte y el fin de sus desgracias. Pero una voz sonó potente desde los pisos superiores.

  • ¡Alto! ¿qué es este escándalo? ¿quién es ese hombre?

Un hombre alto y fuerte, vestido con una túnica bordada en oro, y cuidada barba y cabello, bajaba por las escaleras.

  • Os ha insultado, señor – aclaró un criado justificando la escena
  • ¿Y qué ha dicho de mí? – el señor de la casa parecía divertido.
  • Pues….
  • Dejadle, que lo cuente el mismo, y soltadle.

El mendigo, acostumbrado a humillarse, bajó la vista, y con mucho respeto habló:

  • Solo he dicho que no es justo que yo pase hambre y necesidad, mientras a otros les sobra.
  • Bueno, supongo que te refieres a mí.  No te preocupes, en el Corán queda claro que un buen musulmán debe ayudar a sus hermanos en necesidad.  Y yo soy un buen musulmán

El mendigo notó cierta sorna en las últimas palabras del señor.

  • Dadle de comer y de beber, que se bañe en la piscina de la parte trasera. Vestidle y dadle mil dinares.
  • Señor… yo
  • Calla, y come.

El mendigo, una vez bañado y vestido, comió en la mesa del señor, quien le miraba fijamente. Dátiles, pollo asado, pan de higos y pasteles. Agua fría y zumo de frutas. Era el paraíso, o se le parecía.

  • Y ahora, mendigo, háblame de tu suerte
  • Mala, desde niño. Soy hijo de un herrero de Bagdad, he trabajado como jornalero en las vegas del Eufrates, recogiendo cebada desde joven, pero mi amo se arruinó y nos echaron de la vega. Después he sido soldado con el Emir de Sheikla, pero recibí una herida en la rodilla, que me hace cojear. Me echaron de allí por inútil. He vagado de acá para allá, mendigando, hasta que unos mercaderes me acusaron de robar grano en Aqaba, crucé el desierto y llegué a Basora, donde he encontrado esta casa. Eso es todo.
  • Pues tu suerte ha cambiado, con los mil dinares puedes abrir una tienda en el puerto de Basora y vender suministros a los marineros. Yo te recomendaré a mis socios. Soy armador y poseo muchos bajeles para comerciar con la India, sedas, especias, porcelana, perfumes…

El mendigo tomó los dinares, y algo se revolvió en su interior.

  • ¿Crees que con esto ya está todo hecho, que, con estos mil dinares, que para ti son morralla, te mereces el paraíso? Tú, que sin hacer nada lo tienes todo, que todo te ha venido de pura suerte, y te haces pasar por un generoso benefactor. ¡Que Alá te maldiga!

Desde la calle, volvió la vista y el señor le miraba sonriendo.

  • Que Alá te guarde. Tienes razón, todo me ha venido sin esfuerzo, tranquilamente, desde esta casa, entre perfume de rosas y bellas mujeres, entre pasteles y asados. Jamás he pasado peligros ni sacrificios, no sé lo que es tener miedo, ni he sufrido penalidad alguna. Mi vida ha sido cómoda, sin aventura digna de mención. Cada mañana, sin madrugar, sabía exactamente lo que iba a ocurrir cada día.

El mendigo le miró con odio, y tras dar unos pasos, se volvió desafiante:

  • ¿Cuál es tu nombre?
  • Simbad, Simbad el Marino.