Allá por los años de la Barcelona Olímpica, un prestigioso hospital público recibió la orden de reforzar la plantilla de técnicos del laboratorio de Análisis Clínico. Se esperaba un aumento significativo de la población, así como una demanda de pruebas “anti-dopaje”. La noticia corrió por pasillos y corrillos de máquina de café y el jefe del laboratorio comenzó a recibir misivas masivas de sus compañeros del hospital: “Te recomiendo a esta chica, es una bellísima persona”, “Este joven es mi sobrino, y es muy agradable de trato”, “Te adjunto curriculum de Joana, es de una familia cristiana intachable”, y así varios centenares. El jefe del laboratorio atendió muchas de estas solicitudes, en parte por amistad, y en parte por no buscarse problemas corporativistas.
Las “bellas personas” fueron contratadas, y el caos se hizo carne. Estropearon costosos equipos de cromatografía y espectrometría, equivocaron pacientes y resultados, dieron falsos positivos y negativos y hasta alguna explosión hubo por mezclar reactivos muy exotérmicos.
Tras la tormenta, el jefe de laboratorio envió una carta de agradecimiento a los “recomendadores”, que se resumía en: “Te agradezco la bella persona que me enviaste, nos ha sido de gran ayuda. Pero, la próxima vez mándame un hijo de p…. que lo sepa hacer”.

La anécdota me sugiere, a pesar de los años, una reflexión sobre uno de los grandes teoremas de la empresa, y en general de la gestión. Es la afirmación que impone un pensamiento único: lo más importante es el perfil ético y la capacidad de relación humana, honesta y transparente, del empleado. También se formula a veces mediante la afirmación reversa: Los empleados tóxicos deben eliminarse. Y por tóxicos entienden todos los que no son simpáticos, animosos, buena gente, etc….
Es muy común oír un juicio sobre alguna persona, con viraje dialéctico: “Fulano es muy buen chico …….. pero (el “pero” presagia lo peor)……. tiene sus cosas”. Nos está diciendo sin decir que Fulano es un desastre. Por no hablar de la costumbre tan hispánica de alabar con insultos: “El hijop…… cómo juega al tenis, vaya revés y vaya saque”. O quizá debemos recordar que siempre se ha tenido a las buenas personas por un poco tontorronas, que no es lo mismo ser “un buen hombre” que “un hombre bueno”, como tuvo que aclarar Antonio Machado. Recuérdese el atávico “demasiado buena que es usted, Doña Gertrudis”.

Todo ello nos lleva a un dilema muy odioso. ¿Debemos primar la bondad sobre la eficacia? ¿En una empresa lo que importa es que haya gente eficaz, que de la bondad ya se ocupan los curas? ¿Pero, es que no se puede ser bueno y a la vez eficaz? Mala respuesta tiene el dilema. Si nos fijamos en los grandes e idolatrados ejecutivos, sobre todo en esas hagiografías del periodismo económico, veremos que para describirles se usan estas expresiones: “es implacable”, “no hace prisioneros”, “no admite un no por respuesta”, “jamás se da por vencido”, “se aliaría hasta con Satanás si así subieran los beneficios”. No parece precisamente el perfil de un bondadoso, sino el de un ser bastante desagradable y hasta odiable. Si, además, es de los que ante las dudas de un colaborador sobre como actuar ante un objetivo a cumplir, exclama: “No me importa lo que tengas que hacer, pero quiero ese contrato firmado mañana”, hay que pensar en la posibilidad de que nos encontramos ante un peligroso elemento a vigilar.

En las empresas vivimos en un ambiente de agresividad, para qué endulzar el café, si es amargo por naturaleza. Agresivos con la competencia, tanto interna como externa, con las autoridades que nos ponen palos en las ruedas, con los clientes que no se doblegan a nuestras maravillosas ideas, los muy malosos, y con los proveedores, a ver si los asfixiamos y nos quedamos sin materiales. En este medio ambiente, el bondadoso tiene todas las papeletas para fracasar. Si no le hace una jugada maestra y bajuna a la competencia, como quitarle un cliente, el jefe de ventas pensará que es un blandengue y no vale para el puesto. Si no se impone en las reuniones a base de codazos (y hasta difundiendo rumores sobre sus compañeros y sus gustos sexuales) no se fijará en él el Señor Presidente, a quién le encanta trabajar con “campeones”. Si no acosa al cliente hasta su rendición incondicional no será nunca un “elegible” para mayores metas. Y si no es capaz de bajar precios de forma continua e inopinada al proveedor, seguramente es que no cuida los resultados de la empresa. Sobre esto último añado una anécdota personal. Un cliente me propuso (impuso más bien) bajar los precios de nuestro principio activo (con certificado CEP) a un límite por debajo del coste, con amenazas de cortar los pedidos, a pesar de haber un contrato en vigor que le obligaba. Los modos y el trato eran deplorables. Le pregunté por qué hacía eso, si ambos sabíamos que no había alternativa de otro proveedor, y que el cambio de principio activo conllevaría gastos regulatorios. Me contestó y me sorprendió: “Es que mi obligación es machacar al proveedor, ¿qué dirían mis jefes si no lo hago? Como mínimo pueden pensar que me das comisión”. ¿Qué pasaba con el “win-win”? Bah, paparruchas.

Puede ayudar a comprender el dilema la historia de la Conquista del Polo Sur, de la que ya hablamos en https://www.linkedin.com/pulse/el-líder-que-necesita-una-empresa-y-la-conquista-del-polo-angel/. Un ser bastante agresivo y poco dado a paternalismos como Amundsen logra el objetivo, mientras que un excelente individuo como Shackleton fracasa. Conseguir el objetivo prima sobre todo, y esa era la razón que esgrimía Adolf Einchmann en su juicio de Israel: Yo cumplía órdenes, tenía un objetivo que cumplir.
En realidad, no se trata de ser un hijo de p…. integral, ni tampoco de ser un tontaina melifluo, sino de saber navegar entre ambas situaciones, pero asumiendo que todos hemos sido lo uno y lo otro alguna vez. No hay que entrar en modo de desgarro de vestiduras ni mesada de cabellos. Somos homininos, y por tanto diseñados para la competición extra e intra-especie, nuestra tribu está por encima de la especie y nosotros por encima de nuestros semejantes. Las religiones no han podido aún solucionar este problema, por más Dioses de Paz y Amor que nos muestren, ni por más Jornadas de la Concordia que se organicen. Por tanto, el hijo de p…. sigue gozando de buena salud, y es apreciado por empresas y grupos políticos. El ciudadano confía más en líderes agresivos, al igual que el accionista. Si es agresivo nos defenderá de nuestros enemigos, le quitará la comida a la tribu de al lado para que comamos nosotros, aunque ellos se mueran de hambre. Y así Moonwatcher se hace el líder de un grupo de Homo Heidelbergensis, en algún lugar de Europa Central, hace unos 600.000 años. Es un perfecto hijo de p…., pero su tribu o clan, podrá transmitir genes y con el tiempo evolucionar a seres más inteligentes que serán agresivos comandantes y brillantes ejecutivos. Moonwatcher sabe que además debe tener siempre a mano ese fémur de oso cavernario para romper la crisma de algún competidor interno que pueda aspirar a sustituirle.

Si en una empresa solo hay hijos de p…. será el fin, pues se matarán entre ellos hasta que lleguen los administradores concursales. Si solo hay santos seres correteando por verdes praderas, lo mismo. No se debería glorificar la hijop…..ez, pero tampoco dar tanto mérito a la bondad.