Nabopolasar volvió de las guerras contra los asirios, los filisteos, los hititas, los cananeos, los amorreos, los diarreos y los piorreos, y admiraba el enorme botín que se depositó en el palacio real de Babilonia. Había de todo; oro, marfil, plata, especias, esclavos, telas, tintes de púrpura y hasta maderas preciosas de la lejana África. Sin faltar el Arca de la Alianza del Gran Templo de Salomón. Era rico, y ya no habría que preocuparse por el Tesoro Real, nunca más privaciones ni austeridad.
Mientras observaba la ciudad desde el Salón del Trono, su fiel contable, Tetglafasar, le pidió audiencia. A Nabopolasar le incomodaba el contable, siempre exponiendo cosas negativas aún en días de alegría como aquél. En fin, que pase.
– Loor a ti, Gran Nabopolasar, la victoria te ennoblece y tu estirpe reinará por milenios en esta tierra.
– Al grano, tengo que organizar los festejos triunfales.
– A eso voy. He contado el valor del botín, sumando las cosechas propias, y los impuestos recaudados.
– ¿Y?
– Pues te expongo la situación. Los sacerdotes de Ishtar reclaman un gran desfile sagrado en honor de la diosa, algo sencillo, unos dos mil soldados, trescientos carros de guerra, varios cientos de bailarinas nubias y unos cien bueyes para el sacrificio. Ah, y hay que limpiar la Puerta de Ishtar y forrarla con pan de oro, dicen que los astros así lo indican.
– Bueno, que lo hagan, así me dejan en paz. Si no lo hago, malmeterán al pueblo.
– Hay más, los sacerdotes de Marduk no quieren ser menos y…
– Piden lo mismo, ¿no? Hágase, esos son capaces de proclamar que Marduk nos castigará si no lo hacemos.
– Más. Las tropas mercenarias que contrastaste entre los griegos exigen el doble de lo pactado
– ¿Y eso por qué?
– Alegan que el contrato no contemplaba luchar más allá del Monte Nebo, y lo han hecho.
– Sea. No vaya a ser que se les pase por la cabeza pasarse al enemigo. ¿Algo más?
– Sí. Los astrólogos exigen levantar un zigurat que llegue hasta el cielo – es una forma de hablar – para que puedan ver mejor los movimientos de las estrellas fijas. Yo les diría que sí, ya sabes como se ponen si se les niega algo.
– ¡Pero eso vale una fortuna! Miles de obreros, y de los que tienen derecho a ración de cerveza diaria y varias libras de pan y carne. ¿No pueden trabajar esclavos?
– No, firmaste un acuerdo con el gremio por el cual tenían el monopolio de construcciones reales.
– Bueno, sea. Supongo que no has acabado.
– No, por desgracia. Los aristócratas que te prestaron dinero para las guerras exigen el cobro, con intereses, claro está. Y la cifra es enorme.
– ¿Qué intereses firmamos?
– El duplo diario del principal
– ¿Cómo? Eso es un robo.
– De otra manera no lo hubieran prestado, el riesgo era muy alto, los hititas son fuertes y nadie daba una pieza de cobre por tu victoria.
– Otra victoria como esta y me arruino.
– No olvidemos a tus generales, que esperan un décimo del botín. Está en las leyes de nuestro Gran Legislador Hammurabi. Ni los fondos necesarios para reponer el material de guerra perdido: carros, caballos, arcos, lanzas, flechas, catapultas …..
– Bueno, el botín es grande, y …..
– Nabopolasar, no tenemos ni para empezar.
Nabopolasar se sentó en el trono, derrotado. Lanzó una mirada de súplica a Tetglafasar.
Ambos decidieron que no había más remedio que subir los impuestos. El problema era a quién. Los sacerdotes de Ishtar, los de Marduk, y los de cualquier otro dios con cierta popularidad estaban exentos de tributación. Además, eran pobres, pues todas las riquezas de los templos eran de los dioses, ellos eran simples administradores. El hecho de que su mesa estuviera bien surtida no era síntoma de lujo desenfrenado, sino una muestra de su piedad. Los soldados no pagaban impuestos, ya pagaban con su sangre y su sudor de sobra. Y los aristócratas tampoco, por decisión de los astrólogos, que veían malos augurios en la conjunción de Nergal con Marduk si eso pasaba. Los propios astrólogos tampoco pagaban, pues su alta misión no debía ser molestada por detalles mundanos. Los obreros gremiales podían pagar, pero también podían organizar una huelga con el apoyo sacerdotal, así que mejor no molestarles.
Tetglafasar se puso manos a la obra y diseñó un plan de impuestos especiales.
Habría un impuesto para las vasijas de barro que fabricaban los alfareros del río. Otro para la cerveza que hacían las familias que vivían al otro lado del río. Para que no se notara, lo que se hizo fue aumentar el precio de la cebada. Impuesto sobre las dotes matrimoniales, cuando una mujer se casaba con un hombre, excluidas las castas sacerdotales, militares y aristocráticas. Un gravamen sobre las caravanas que transportaban mercancías entre los puertos fenicios y Babilonia, lo que encareció mucho los artículos que venían de allí, sobre todo el preciado cobre de Gades. Tasas sobre el pan, sobre las especias, sobre las telas, sobre el adobe para construir las casas de los obreros que se construían en los nuevos barrios de Babilonia y diezmos sobre las cosechas de lino. La tierra fue gravada con un tercio de su valor raíz, excepto las posesiones de los miembros de la corte, que no eran pocos. Para reducir costes, se estableció un precio máximo, muy bajo, para los herreros que proveían de armas al ejército.
Con todo ello, Nabopolasar podría afrontar todos sus compromisos con cierta holgura.
Un año después, quedaban pocos herreros en activo. El alto precio del cobre, unido a la bajada de precios de los productos terminados en forma de espadas y lanzas, provocó su ruina. Había carencias de pan, ya que muchos panaderos emigraron a tierras persas, para evitar la miseria. Los fenicios dejaron de ofrecer mercancías, pues se corrió la voz de que Babilonia era insolvente, y buscaron mejores clientes. El ejército comenzó a dar muestras de deslealtad; los generales estaban bien remunerados, pero los soldados pasaban hambre. Las guarniciones de la frontera cananea ya se removían en franca indisciplina.
Pero lo peor era la voracidad insaciable de los grupos que habían sido favorecidos. Los mercenarios griegos ya estaban alistados en el ejército persa, la oferta fue muy buena. El zigurat no avanzaba, los obreros gremiales exigían subidas salariales de forma continua. Los aristócratas ofrecían más crédito, pero los intereses eran ya de usura. Los sacerdotes pedían más y más, y los administradores del tesoro comenzaron a robar descaradamente, no querían perder su parte del festín.
Nabopolasar concluyó que tenía que reanudar las guerras, hacía falta más botín. Pero, ¿a quién? Canaán estaba ya expoliado, Asiria no existía desde la última batalla, con los fenicios mejor no meterse, tenían el dinero en otras tierras, y eran sibilinos. Los beduinos de los desiertos del sur eran pobres como ratas ¿Los persas? Pudiera ser. Pero estaban lejos, y los suministros eran escasos. Desolado, decidió pasear aquella noche por la ribera del río, por las casas de los campesinos que recogían juncos en los fangales.
La miseria que vio le espantó. Delgadez extrema, enfermos tosiendo bilis y sangre, algún que otro niño muerto y directamente arrojado al agua y muchachas ofreciéndose a los soldados que patrullaban, algunos repletos de cerveza barata, fabricada clandestinamente para eludir impuestos. ¿Era aquello su fastuoso imperio, el vencedor en cien batallas, el que había saqueado el Templo de Salomón? En el cielo brillaba Ishtar, aquella diosa madre, tan ambiciosa con sus cultos, aquella que solo se sentía adorada entre oro y piedras preciosas. A la que muchos años después llamarían Afrodita, Venus y María. La pidió consejo, pero no hubo respuesta.
Un viejo buscaba sabandijas entre el cieno, para comer. Se le acercó, y le pidió limosna.
– No llevo nada encima- se excusó
– Ya lo sé, Nabolopasar. Te he reconocido, y te he pedido limosna sólo para que entiendas que efectivamente no tienes nada.
– ¡Tengo un imperio!
– No, un imperio no vale nada. Un imperio no vale más que una alianza temporal de riquezas, y un transvase de impuestos entre unos y otros. Solo los estados que consiguen un equilibrio entre una cosa y la otra consiguen ser imperios. Sólo los emperadores que saben decir que no a sacerdotes y a aristócratas consiguen ser emperadores. Sólo los que entienden que todos tienen que ganar. Solo aquellos que no piensan que cualquier gasto superfluo se enjuga con impuestos. Los demás son patéticos tiranos.
– Como yo
– Algo así.
– ¿Los hay, imperios de verdad?
– Los habrá. Pero no serán eternos.
– ¿Cómo lo sabes, acaso eres astrólogo?
– No, pero puedo decirte que un imperio del este ocupará tus tierras, pero también caerá.
– ¿Los persas?
– Sí. Hasta que un joven macedonio acabe con él. Y luego otro, ahora no son más que unos campesinos en un sitio que llaman Roma. Luego otro, dirigido por la fe en un dios único, ahora son despreciables beduinos. Y otro más, desde la lejana Gades. Y otro en unas tierras al otro lado del Océano. Todos subirán y bajarán.
– ¿Qué debo hacer, sabio anciano?
– No ser emperador, sino gobernante. Sólo eso, es bastante. Baja impuestos, que los paguen todos y aprende a decir que no a algunos.
El anciano se alejó con parsimonia. Nabopolasar le hizo una última pregunta. ¿Quién eres?
– Marduk, luego seré Zeus, luego Júpiter, y luego muchos más nombres.
Nabopolasar volvió a su palacio y durmió un largo sueño. Cuando despertó, su imperio ya no existía. Luego llegó el imperio de los persas, luego el de los macedonios, luego el de los partos, luego unos califas omeyas y otros abasíes, luego más califas, chiíes y sunníes, un imperio británico y un imperio petrolero, y así hasta el infinito, pero ninguno logró el equilibrio que Marduk aconsejó.