Todos la esperaban con una mezcla de curiosidad y esperanza. Desde que se había hecho oficial su nombramiento la empresa estaba revolucionada, nunca es que se hubiera trabajado mucho, la verdad, pero ahora la oficina central era una pura tertulia. Quién más y quién menos ya había tomado posiciones, basando su estrategia en informaciones dignas de todo crédito dadas por personas muy próximas al Presidente Mundial, sin que nadie aclarase donde, como y cuando se habían obtenido.

Y llegó el gran día. Rebeca Zarzo apareció en las oficinas a las 9 en punto, esplendorosa, con unos tacones de medio metro y un traje de chaqueta blanco de impecable corte.


Convocó reunión a las 10, y a las 10 y un minuto Anselmo, el Director de Publicidad ya no pudo entrar, pues Rebeca ordenó cerrar las puertas a la 10 y medio minuto.

– Sabed que no soporto la falta de puntualidad. Afirmó con aires de diosa griega. Lo primero de todo – inició un discurso evidentemente memorizado – debo deciros que la compañía, y está aprobado por el Consejo, ha decidido implantar un Programa de Igualdad – mantuvo un corto silencio, para observar las reacciones de los directivos. Todos sabían que en la central de EEUU había habido una demanda contra la marginación de las mujeres, y hubo que llegar a un acuerdo extra-judicial y pagar más de 50 millones de dólares a un grupo de empleadas, por lo que aquella novedad tenía sus razones mercantiles, pero mejor algo que nada, pensaron algunos – Este Programa favorecerá a grupos desfavorecidos. En primer lugar las mujeres, no hay más que ver este Comité – reprochó – 10 miembros y sólo dos mujeres – Ana, directora comercial y María, directora de control de calidad se miraron con cara de complicidad – Después los disminuidos físicos y psíquicos, luego hay que integrar a inmigrantes, jóvenes en busca de primer empleo y por supuesto el colectivo homosexual – Ignasi, el director de RRHH sabía, pero se lo callaba, que había un plan nacional de subvenciones para favorecer el empleo de todos estos grupos, y eran sustanciosas. Pero se temía lo peor. – Rebeca preguntó si había alguna pregunta.

– Sí – intervino Ana – en el Consejo, en EEUU, ¿hay ya paridad entre hombre y mujeres? – Rebeca se sintió incómoda con la pregunta, pero contestó – Bien, la Señora Violance es consejera…- claro, pensó Ana, siendo accionista ya sería raro.  La reunión terminó con los clásicos “espero todo de vosotros, mi puerta está abierta, todos estamos implicados”.

Ana bajó a su despacho y vio a Felipe con las dos tazas de café en la mano – ¿Y bien? – No sé Felipe, no me gusta esto. Pero, ¿va a haber cambios? Creo que sí, lo único que espero es que se hagan con cabeza y no a la brava. Los chicos están inquietos – los chicos eran el equipo de ventas, dirigido por Felipe, quién ya rebasaba la cincuentena. Ana le pidió que la dejara sola con la excusa de que tenía que hacer varias llamadas telefónicas. La preocupaban esas congéneres suyas que imitaban lo peor de los hombres y casi nada de lo bueno de las mujeres.  Rebeca parecía ajustarse al estereotipo muy bien.

Durante los siguientes días nada ocurrió y la tranquilidad volvió a la oficina, salvo alguna queja de la asistente personal de Rebeca por el trato tan brusco que la dispensaba, cuando no era por el café era por la limpieza del despacho, o por una llamada mal filtrada.

Pero un lunes, Ignasi convocó a sus compañeros directivos a última hora de la tarde, cuando la oficina ya estaba vacía.

– Chicos y chicas, Rebeca ya ha recibido autorización de EEUU para poner en marcha el Plan de Igualdad. Os lo explico – comenzó a mostrar diapositivas – cada director de área debe identificar qué puestos tiene bajo su “reporting” ocupados por personas que no encajen en los perfiles del Plan de Igualdad. Yo calcularé su coste de salida, bajo condiciones de despido objetivo, 20 días, y sobre el plan de contratación que estamos haciendo confrontaremos costes actuales y futuros – Anselmo explotó.

– Ignasi, eres un…. ¡Eh, que a mí esto tampoco me gusta!- Ana intervino – A ver, Ignasi, el cálculo ya está hecho, ¿no?, lo que nos estás pidiendo es una lista con nombres – Ignasi asintió sin abrir la boca. – ¡Joder! – saltó León, el director financiero – yo y tú y éste no estamos en ese perfil, ¿nos incluimos en la lista? – Ignasi carraspeó – Bueno, para el Comité de Dirección habría condiciones más generosas, digamos, 45 días. – Ana miró al suelo enmoquetado con pena. Desde niña había estado muy orgullosa de ser mujer, pero siempre entendió que ser mujer era otra cosa. Ignasi dio datos, para qué ocultarlos, pensó. Veréis, sólo en España, el diferencial de sueldo nos ahorra más de 3 millones, las subvenciones son de más de 2 millones, la bonificación de cuotas de seguridad social es casi 1 millón ….. y …… ¿Y qué? – urgieron todos – Los analistas han valorado la subida de acciones en bolsa cuando anunciemos el Plan en un 15%, lo que supone…. – consultó un papel – más de 50 millones de ganancia en plusvalías. Bueno, en total, más de 150 millones. Pero me siento como un trapo – dijo León, soy el director financiero y nadie me ha dicho nada. León …. estás en la lista, no se fiaban de ti – le dijo con condescendencia Ovidi, el director de IT. Espera, Ovidi, tú…lo sabías ¿verdad? Ovidi no contestó, pero todos se dieron por enterados.  Ovidi tenía 32 años. Ana tampoco lo sabía, luego ella era también de sospechosa desconfianza. Y a juzgar por la cara de “Ajá” que ponía María también debía ser de las informadas previamente. María tenía 37.  Ignasi, vamos a hacer la lista, dijo Ana, pero que sepas que esto es una canallada. Salió con un portazo.

Un Comité de Dirección destruido se dedicó en los días siguientes a elaborar las listas. Ana entró en un estado de cabreo permanente, pues en su equipo comercial tenía un 75% de varones, y de ellos, más de la mitad tenían más de 50. No se conocían casos de disminución psíquica más allá de los patanes que en todas partes hay, y sobre la física todos debían adelgazar y fumar menos. Alguno podría salir del armario, si es que alguna vez había estado dentro. Empezando por Felipe, su fiel Jefe de Ventas, la lista se terminó y la entregó a Ignasi, en sobre cerrado. Esa tarde, Ana se tomó un whisky, y luego otro y otro más. El alcohol al menos la hizo dormir muy bien, lo que a sus 49 años no era ya fácil.

Días después, Rebeca les felicitó por el buen trabajo realizado – Bueno, ahora dejáis todo en manos de Ignasi, él se encarga de todo – a Ignasi se le atragantó el agua que estaba bebiendo, aquello no debía estar en el guión y le acababa de caer un “marrón”. Pero Ana se dio cuenta del porqué. Algunos Directivos estaban en otra lista, confeccionada por Rebeca personalmente, y claro, tenían que salir antes. Así fue. León, Anselmo y otros dos pasaron por el patíbulo aquella misma tarde.

Al día siguiente, se realizaron las ejecuciones previstas, entre ellas la de Felipe y la de la asistente de Rebeca, Julia, de 57 años, mujer y soltera, pero teóricamente no era de un grupo marginado. No fue el único caso, muchas mujeres mayores de 50 también salieron. Del equipo de ventas salieron los previstos y Ana no tuvo valor para atender las llamadas de teléfono que continuamente entraban en su móvil. La gente pedía explicaciones, pero estaba prohibido darlas. Lo más duro fue con Felipe – Ana, yo confiaba en ti. Eres tan miserable como ellos. No he tenido opción. Siempre la hay. Es una mujer, ¿quién iba a pensar que…? Mira Ana, a mi edad lo único que le pido a una mujer es que al menos no tenga próstata, y esta la tiene. Adiós, Ana, conservas el trabajo, pero has perdido todo lo demás. No tenía alma de heroína, y por la noche el whisky volvió a correr, uno, dos…cinco.

Algunos despedidos plantearon una demanda por discriminación, pero los abogados fueron claros, cosa rara, no había ninguna posibilidad. La campaña de medios que la empresa había realizado era tan brillante y persuasiva que todos la veían como el adalid de la lucha contra la discriminación. Y Rebeca ya había dado varias entrevistas empalagosas, con periodistas bien remunerados. Las acciones habían subido como estaba previsto y los accionistas la felicitaron. Cobró un sustancioso bonus. Cuando Ana cobró su bonus se sintió como Judas recibiendo las monedas, y evitó pasar cerca de cualquier árbol.

Muy poco después llegaron los sustitutos, los jóvenes, sin experiencia, pero atiborrados de diplomas en exóticas técnicas de gestión y control, los disminuidos que fueron sistemáticamente enviados a los almacenes y a las plantas de fabricación, como si diera miedo su presencia y los escondieran, las mujeres inmigrantes que llenaron de musicalidad la empresa con su acento caribeño, y las nuevas directivas que relevaban a los que se habían ido. La nómina había bajado en casi un 50%. Los recién llegados se sentían bien pagados, no tenían otra referencia, pero dentro de poco comenzarían a exigir más, era de esperar.

Ana se sentía ahora como la marginada, era la mayor de todas, y sabía que si todavía estaba allí era por ser mujer, si bien su sueldo, ahora el más alto de los directivos sería un problema a partir de ahora.

Lo peor era el trabajo diario con la inexperiencia arrogante. Los nuevos vendedores metían la pata continuamente con los clientes y no lo reconocían, y para colmo de males, la sustituta de Felipe, una jovencita que era incapaz de hablar sin decir más de dos tacos por minuto, quería trepar de forma descarada.

Un domingo, paseando por la playa vio a León con su familia, se acercó a saludarle y tuvo que soportar la humillación de que éste le negase el saludo. La mujer que le acompañaba la miró con desprecio.  Su vida transcurría entre la soledad en el trabajo, que ya no la entusiasmaba y el alcohol, que empezaba a hacerse dueño de la situación. El hecho de ser divorciada sin hijos no ayudaba mucho, no había nadie en quién apoyarse, y ese año ni siquiera salió de vacaciones. Una amiga la dijo – Ana, aquí cada uno tiene que ir a los suyo, ya sabes, ande yo caliente y ríase la gente. Eras o tú o ellos. No la consoló mucho.

El día que Rebeca la invitó a comer en el comedor privado de la planta noble evitó beber por la mañana, pues ya era normal un par de gin-tonics antes de comer.

– Ana, tenemos problemas. Los resultados están cayendo, este año lo salvamos con los ahorros y las subvenciones, pero el que viene no lo sé. Ya te dije que las ventas no iban a ir muy bien, hasta que los nuevos le cojan el tranquillo. Bueno, no sólo las ventas, hay muchos fallos en producción y hemos tenido que tirar a la basura varios lotes defectuosos. Y la auditoría ha detectado muchos fallos en la contabilidad y en la facturación. Como Directora General no puedo aceptar esta situación. ¿Qué propones? – Ana tomó aire, olfateó la oportunidad y la aprovechó – Rebeca, hemos tirado a la basura millones de horas de experiencia, y ahora queremos…no, quieres, que yo te dé soluciones. – Rebeca era una directiva bien entrenada y no entró al trapo – Las empresas no pueden depender de las personas sino de sus capacidades, su “know-how”, su tecnología. ¿Dónde crees que está el “know-how”, en un servidor como archivo ejecutable?, la cortó Ana – Rebeca hacía muchos esfuerzos por contenerse, pero se sobrepuso – Es como si no pudiéramos cambiar de estilo, los cambios son necesarios en un mundo que cambia, necesitábamos gente con ideas nuevas. – Ana pensó como un rayo y tomó una arriesgada decisión. Se sentó sobre la mesa, apartando de forma violenta los platos y derramando el agua sobre el mantel. Rebeca se contrajo como las ostras al añadir el limón – Te cuento lo que ha pasado. Un prejuicio, sólo un prejuicio nos ha llevado a esta situación. Esta manía de clasificar a la gente que tenéis ha hecho que consideremos a una persona de 50 años como una especie de vegetal que ya no piensa y que sólo está interesado en vegetar hasta la jubilación. Los jóvenes tienen derechos, claro que sí, pero han de ganárselos, como lo hicimos nosotros a su edad, y el hecho de ser gay no garantiza ni tener más sensibilidad ni ser mejor persona. Los disminuidos necesitan y tienen derecho a todo, pero esto lo debe hacer el Estado, que es quien redistribuye la riqueza, no unas empresas privadas que tienen otros fines. Y no se pueden dar derechos a unos quitándoselos a los otros – hizo una pausa para tomar aire y Rebeca la aprovechó para contraatacar – ¿te parece justo que las mujeres tengan minoría en los Consejos de Administración? Sí y no, porque aquí estamos hablando de millonarias, y no creo que nadie deba velar por sus derechos, más que garantizados. Mi madre, viuda, cobra 600 euros de pensión, ahí hay campo para la paridad, la equidad y todo lo que queráis. ¡Ah!, y sobre la bolsa y sus crecimientos y caídas por un sí o por un no: cualquier día nos dicen que las empresas que organicen carreras nudistas son más “in” y todos en pelotas a correr.  Estás siendo muy demagógica, Ana. Pues vale, pues me alegro, pero así son las cosas.

Salió del comedor privado de Rebeca casi corriendo, y tragándose las lágrimas. Sabía lo que iba a ocurrir en las próximas horas, y no se equivocó. Ignasi la llamó al día siguiente:

– Ana, lo siento, pero te vas hoy mismo, y no me organices numeritos. Puedo darte hasta 90 días por año, lo que en tu caso es mucho, quédate con el coche y el “Smart-phone” – Que literalmente cuesta un riñón, añadió Ana – Oye, esto es no para bromas, no me lo pongas más difícil – La despedida soy yo, no tú.

Ignasi se alejó prudentemente de Ana, pues la mirada de ésta daba miedo. – Ana, sin líos, firma estos papeles, y todos ganamos. – ¿Cómo que “todos”, ¿qué entiendes por “todos”? – Oye, que yo no decido, sólo cumplo órdenes – Ya, como Eichmann en la Solución Final – ¡Ana, no te consiento que…! – ¿Y qué vas a hacer, despedirme? – Tranquilidad, firma y hagamos esto rápido.

Ana valoró la posibilidad de no firmar, de convertiré en heroína, demandar a la empresa por fraude y discriminación…… pero aquello no era Hollywood, y los buenos no ganaban necesariamente. Los buenos perdían obligatoriamente.

Salió del edificio con los papeles firmados, la citación del SMAC para dentro de unos días, y un montón de recuerdos tras veinte años en la empresa. Y muchas preguntas en la cabeza. Tenía el piso pagado hace tiempo, y entre el dinero del Banco y la indemnización podía aguantar mucho tiempo sin ingresos. Pero a su edad una no podía retirarse a meditar un año sabático. A la vuelta ni se acordarían de ella.

Paseó un rato por el Boulevard, y vio un bar de esos nuevos, con mucho diseño y mucho precio, donde los gin-tonics se servían con tónicas afrutadas, con aroma a bayas de endrino, y burbujas aireadas (sea eso lo que sea). Entró, y al salir dos horas después, Ana comprendió que tenía un serio problema. Habían sido seis gin tonics y cuatro whiskies. Y sabía que en su casa había más, y sabía que desde hace unos meses podía considerarse alcohólica solitaria. Y no le gustaban aquellos bares de diseño, pues ponían en las copas unas cantidades ridículas, sino el Bar “Los Amigos”, donde el camarero llenaba el vaso de Ballantines por menos de 4 euros. Porque “asín” acabamos la botella.

Ana lloró porque sabía que fuera de aquella maldita empresa para ella no había vida. Y no era cuestión de llamar a Albert, habían roto hacía unas semanas, tras conocerse en uno de esos viajes para “singles” maduritos. Albert era un divorciado reciente, y no estaba segura sobre sus objetivos, que quizá no eran otros que tener una señora con la que hablar al llegar a casa. Si las cebras hablasen le hubiera dado lo mismo. Ahora estaba sola con el alcohol.

Los siguientes días fueron de whisky y de más whisky. En el tercer día, se vio en el suelo, al haber perdido el equilibrio al llegar a casa. Se arrastró hasta el sofá, y durmió horas y horas…  sin soñar, casi sin sentir ni respirar, como un cadáver prematuro.

Pero amaneció al día siguiente, además el Sol salió por el Este, lo que indicaba que los problemas de los pobres mortales son irrelevantes para los dioses.

Abrió los ojos entre un insoportable dolor de cabeza, y un aliento que a ella misma le dio náuseas. La ducha mejoró algo la sensación de destrozo interior, y el café la provocó un vómito negro. Decidió acostarse de nuevo, se durmió rápido y esta vez sí soñó. Sueños agradables, en los que volaba sobre valles verdes, con arroyos, y animales pastando al sol de la primavera, vientos suaves que refrescaban las montañas donde aún se veía un poco de nieve en las cumbres. Pueblos con iglesias y nidos de cigüeña en el campanario, carreteras sinuosas por las que circulaban viejos coches y lentos tractores. Su pueblo. Y vio a sus padres que desde el suelo la saludaban con la mano, sus padres muertos hacía años. –  Ana, estamos aquí, quédate con nosotros – le gritaban – hoy hacemos torrijas, que es Semana Santa.

Pero los sueños, sueños son, y llega el despertar, en un piso oscuro, ya era de noche, sin más vida que la poca que la quedaba a ella. Pero no estaba sola; una figura estaba sentada en un sillón. Se asustó, pensó que la habían seguido, y con la borrachera quitarle las llaves y hacer copia era fácil; ahora la robarían o algo peor.

  • Por favor, si quiere dinero tengo…

La figura no se movió, ni contestó

–  Le juro que no llamaré a la policía……

Por fin, la figura mostró señales de vida. Era un hombre de mediana edad, con canas en las sienes, y extraordinariamente elegante, corbata de seda y pañuelo en el bolsillo de la americana a juego; zapatos recién pulidos, que brillaban con la escasa luz que llegaba de la calle anochecida. El hombre encendió la luz y pudo verle la cara. No era bello, pero era de rasgos muy limpios y proporcionados.

– No he venido a por dinero, me sobra.

– ¿Y que hace en mi casa, como ha entrado?

– Ana, yo estoy en todas partes, me interesan las personas como tú, que tocan fondo.

– ¿Es usted un cura o de alguna ONG de ayuda? – el hombre esbozó una sonrisa irónica

– Pues no precisamente un cura. Ana, yo soy al que le toca responsabilizarse de la falta de coraje que tenéis los humanos para afrontar los problemas de la Vida, de vuestros miedos, de vuestras incongruencias y de vuestra violencia. ¿No entiendes verdad?

– No mucho, pero dígame que no va a hacerme daño

– No, nunca lo he hecho, lo que cuentan de mí son leyendas urbanas, créeme. Yo ayudo, si te dejas.

– Pero, ¿quién es usted y cuál es su nombre?

– Mi nombre es Nadie, y así me debes llamar. Mi auténtico nombre no se puede pronunciar. Ana, arréglate, estás hecha un desastre. Salgamos a cenar, hace más de dos días que no comes. Elegiré un vestido.

El Sr. Nadie fue hacia el armario de Ana, sin titubeos, como si supiera exactamente donde estaba cada cosa. Eligió un vestido azul marino, de tonos suaves, de manga corta, y una chaqueta a juego. Y sandalias para el calzado, la noche de junio era cálida. La hizo maquillarse de forma discreta, pero al menos para ocultar las ojeras, las cuales a pesar de las muchas horas dormidas persistían.

– Estás perfecta.  Beberás agua en la cena, y un poco de vino, nada más.

– En estos momentos el alcohol me da asco.

– Mañana lo desearás de nuevo.

La llevó a un restaurante muy caro, en la zona alta, con terraza sobre la ciudad. Nadie era un cliente conocido allí. A Ana le pareció sospechoso que no hubiera otros clientes, sólo ellos, y los camareros trataban a Nadie con excesivo respeto.

– No conocía este sitio, ¿es nuevo?

– No…… tiene muchos años

– Bien, ¿qué pedimos?

– Sugiero comida oriental, hace mucho que no la pruebo.

– ¿Rollitos de primavera y arroz tres delicias?

– Ana, las he conocido con mayor cultura gastronómica. Verás, oriental significa de mi tierra de origen.  Tomaremos kebab, cordero asado con hierbas aromáticas, y ensalada de berenjena con limón y pasas. El vino del Jordán es bueno, siempre me gustó.

– ¿Eres turco o árabe?

– Mi tierra natal se llama ahora Irak, pero cuando nací se llamaba de otra forma – Ana hizo un poco de memoria histórica y no recordaba que Irak se llamara otra cosa que Irak.

– Me tomas el pelo, ¿verdad?

– No, soy muy serio.

– Bien, ¿qué hacemos aquí?, todavía no sé ni cómo hemos llegado a este sitio.

– Estamos aquí porque tú lo has querido, yo no obligo a nadie, presento las cosas que hay en el Mundo, y vosotros elegís.

– ¡Vaya!, ahora resultará que eres Dios. – Nadie puso semblante de tristeza al oír la palabra Dios. Tomó aire, bebió un poco de vino y se aclaró la voz.

– Mira, ahora viene lo peor, que es explicaros quien soy y para que estoy aquí. Casi ninguno se lo cree hasta que observa como puedo influir en sus vidas.

– Pues venga, Don Nadie, ahora me dirás que tu terapia cuesta tantos euros la hora, que has tratado a Jefes de Estado, que has escrito libros de autoayuda.

– Ana, mi nombre verdadero no es pronunciable, pero se me ha llamado Baal Zebud (no sé qué tengo que ver con ese dios fenicio, señor de las moscas), Asmodeo en la Biblia, Lucifer, los que hablan latín, Pazuzu en mi tierra de origen, y muchos nombres más.

Ana estalló en un carcajada – ¡pero qué broma es esta!

– Ana, mira atrás

Volvió la cabeza y saltó de la silla derribando los vasos al ver lo que vio.

El restaurante estaba ahora lleno, y desde todas las mesas la miraban. En la más cercana estaban sus padres, y la llamaban:

– Anita, ven aquí. – Nadie la dio un suave empujón para sacarla de la parálisis en la que estaba. Se acercó a la mesa de sus padres

– Papá, mamá, ¿qué hacéis aquí?

– ¡Habrá que cenar algo, digo yo! – su padre siempre fue un glotón. Agonizando en el hospital no paraba de quejarse de que no le daban de comer bien.

– Pero, si estáis muertos – acertó a decir entre sollozos

– Pues yo me encuentro muy bien – dijo su madre – y sobre lo de estar muertos o vivos, poco importa, el hecho es que estamos juntos. Siéntate, anda. – se sentó con cautela, estaba totalmente desconcertada, y miraba a Nadie con cara de interrogación. Éste hizo con la mano un ademán de ¡adelante!

– Anita, tienes que dejar de beber. Lo sabemos todo. No te eches la culpa de lo que ha pasado en la empresa, todo se supera – dijo el padre, si es que era su padre.

– No sé qué es esto – si era un sueño era muy real, pues sus padres hablaban como los recordaba, o quizá estaba muerta y se reunía con los ya fallecidos. Volvió la cabeza hacia Nadie – Oye, esto no será el cuento del fantasma de las Navidades pasadas, futuras….

– No, Ana, yo no creo mucho en la Navidad, como era de esperar. – y bebió de la copa hasta apurarla.

En las otras mesas también había gente conocida. Allí estaban León y su mujer, los que no la saludaron en la playa.

– Ana, no te portaste bien, tenías que haber actuado antes – la dijo León, en un tono sospechosamente paternal. Decidió no contestarle, no sabía si aquello era quizá un producto del alcohol, una especie de “delirium tremens”, o quizá LSD que alguien le había administrado aprovechando su sopor etílico.

Y también, algo más allá, Albert con otra mujer, mucho más joven que ella.

Volvió aturdida a la mesa con Nadie.

– ¿Qué es esto? Necesito explicaciones.

– Este restaurante se llama El Hades. Y un detalle de humor, son especialistas en carnes a la parrilla.

– O sea, esto es el infierno

– No, no hay infierno, ni yo soy el Príncipe de las Tinieblas, ni ahora me voy a convertir en un monstruo con cuernos y rabo. Esto es el infierno que tú misma te has creado, el que todos los mortales os construís a vuestra medida, a vuestra imagen y semejanza, que diría mi competencia.

– No te entiendo

– Mira Ana, os creáis una vida absurda, y cuando se os hunde además os lamentáis. Pasáis los años en siniestras oficinas, en absurdas reuniones, siempre pendientes de cosas sin sentido que os hagan perder la miseria que tenéis. Vuestra vida es un mero cálculo material para saber si seguiréis en la empresa cobrando el sueldo para pagar la hipoteca, el coche, las vacaciones y los regalos de Navidad. No os extrañe que os tengan atenazados y hagan con vosotros lo que les da la gana. Si ayer hicieron ajustes y recortes, hoy os quitarán los ahorros y mañana os pedirán que trabajéis gratis. Porque en este infierno particular de cada uno ellos saben que sin ese sueldo no sois nada, y bien que os lo hacen pagar. Se lo ponéis fácil.

– ¿Tú has tenido algo que ver con la crisis?

– ¿Cómo? ¿Pero qué te has creído? ¡Yo soy Satanás, no un vulgar ladronzuelo de preferentes y créditos hipotecarios, que todavía hay clases! En esas cosas no me meto, os bastáis solitos vosotros. Ni siquiera en mi negocio de compra-venta de almas he visto a tanto sinvergüenza junto.

– Pero siempre ha sido así desde el inicio de los tiempos, la gente quiere prosperidad

– Habláis del inicio de los tiempos con una soberbia increíble, no lleváis más de diez mil años de civilización y ya os creéis con derecho a pontificar. Verás, recuerdo hace miles de años, en una de mis correrías por las montañas donde nacen el Tigris y el Eúfrates, veros construyendo las primeras ciudades. No me gustó aquello, sospeché que las cosas se iban a complicar. Aparecerían señores y siervos, dueños y despojados, guerras con vencedores y vencidos, ricos y pobres, sacerdotes y creyentes, en fin, que no me equivoqué. Desde entonces intento corregir eso, pero como ves, he tenido poco éxito.

– ¿Qué tengo que hacer?

– Dejar esto, no puedes destruirte en al alcohol por no haber sabido manejar una situación que no tenía sentido. Y ya que también sabes construir infiernos, decídete a construir cielos.

– Ya, y ahora, como en esas películas de James Stewart aparece tu antagonista, un ángel, me despierto y toda la vida es ya feliz.

– Para ángel me basto y me sobro. Yo también lo soy. Rafael, Miguel y Gabriel son de la misma opinión que yo. Y no vas a despertar, porque esto no es un sueño.

– Pero no es real, debo estar drogada

– Depende a qué le llames realidad, no hay una, sino muchas, y hoy puedes cambiarla. Hoy y siempre. Lo único que no cambiará nada será el alcohol.

– ¿Y la pobre gente que han despedido? No he hecho lo suficiente.

– Ellos también deben considerar el absurdo de sus vidas.

– Y Rebeca, ¿pagará por lo que ha hecho?

– Puff, ya estamos con el discurso del Bien y del Mal, llevo eones oyendo esto, y me aburre. Esto no es una historia en la que los buenos ganan y los malos se vienen conmigo. Es una historia en la que cada cual decide qué quiere ser, y qué quiere hacer con su vida.

– Te traen a este mundo y no te informan

– En eso tienes parte de razón. Mi competencia no es un gran comunicador, hasta Él lo reconoce, los líos que ha organizado con la Revelación por no ser claro…

Nadie pidió la cuenta, y para sorpresa de Ana extendió un cheque, ya nadie pagaba así. – Soy un nostálgico – aclaró.

– Oye, Nadie, ¿tú eres feliz con tu vida? No vaya a ser que des consejos y tú mismo….

– Haz lo que digo, no lo que hago, ya sabes.

– Bien, me vuelvo a casa, suponiendo que deba volver o sólo tenga que despertarme.

– Ahora te llevo, pero te hago una proposición.

– ¿Y mi alma a cambio?

– No puedes dármela, ya la has perdido hace tiempo, ahora debes recuperarla y ya veremos luego.

– Te escucho

– Tengo un amigo, se llama Neferamún….

– ¿Es también diablo?

– No, es mortal, y no me interrumpas. Le he hablado de ti, y te espera la semana próxima en su casa. Vivirás allí un tiempo, y así recuperas el alma perdida.

– Gracias por consultarme previamente

– No tenéis remedio – exclamó Nadie con cara de cansancio.

– Bien, ¿qué tengo que hacer?

– Nada, ya me encargo de todo, descansa y no bebas – se levantó, llamó a un taxi y la acompañó hasta su casa. Ana se fijó en el número de licencia del vehículo y lo memorizó, así como la matrícula.

No sabía que pensar de todo aquello, no tenía sueño, tras haber dormido tantas horas, y esperaba además despertarse de un momento a otro, y volver a la realidad. Pero no se despertó porque no se durmió, y el Sol salió a las pocas horas por el Este, para variar.

Llamó a la central de Teletaxi. Había ideado un truco para verificar si lo de la noche anterior era una pesadilla o una nueva realidad.

– Anoche cogí un taxi, licencia B-678564-J, y olvidé un sobre, ¿podría hablar con el conductor?

– Le paso – contestó la voz de la telefonista. No tardó mucho en responder una voz entrecortada.

– Diga

– Mire, anoche fui en su taxi, iba con un caballero de mediana edad, y olvidé un sobre en su taxi.

– No señora, el sobre me lo dio el caballero cuando le dejé en su domicilio. Y me dio instrucciones para llevárselo a su casa hoy mismo. Iba a llamarla ahora para decírselo.

– Perdone ¿puede decirme donde dejó al caballero?

– Sí, en el Parque Güell.

– Pero ¿en qué calle y número?

– No en la puerta del Parque, me dijo que su casa estaba cerca, que no merecía la pena llegar hasta la puerta.

– Bien…. le espero.

El taxista llegó en media hora y le entregó el sobre.

– Lléveme al restaurante de anoche, creo que también me dejé algo allí.

Llegaron en poco tiempo y Ana pudo ver a plena luz del día El Hades. Existía. Entró y preguntó al encargado:

– Anoche estuve cenando aquí y me olvidé un libro, ¿lo han encontrado?

– Así es señora – contestó para su sorpresa, pues no se había olvidado nada, solo era un truco para verificar la realidad

Le trajeron un libro titulado Los Faraones Nubios, que nunca había comprado. En su interior una dedicatoria: “A Ana, de su admirador, Nadie Nobody” – No sabía si reír o llorar, pero optó por pensar.

– Oiga, el caballero que me acompañaba anoche, ¿viene a menudo por aquí?

– ¿Cuál es su relación exacta con este caballero, señora? – preguntó con suspicacia profesional el encargado

– Digamos, que nos conocimos anoche – desde luego, si querían pensar mal de ella se lo había puesto en bandeja.

– En ese caso no puedo facilitarle información, normas de la casa.

– Al menos su nombre

– Nunca nos lo ha dicho, los cheques son contra una cuenta cifrada y al portador.

Despidió al taxi, y paseando abrió el sobre, no sin antes cambiar de acera para evitar los bares. La apetecía un whisky muchísimo.

El sobre contenía un billete de avión para El Cairo, y luego hasta Abu Simbel, en el Sur. Una carta para Neferamún en inglés, y más de diez mil dólares en billetes de banco. Nada más. El vuelo era esa misma tarde.

El avión aterrizó al amanecer en el arenal al que llaman aeropuerto de Abu Simbel, a pocos kilómetros de la Frontera de Sudán, y a orillas del Lago Nasser.

Allí, la esperaba un hombre altísimo, de piel oscura, vistiendo una chilaba que le hacía aparecer aún más alto. En un perfecto inglés le dio la bienvenida:

– Ana, bienvenida a la Tierra de Nubia. Mi nombre es Neferamún, pero me llaman Hakim en el pueblo.

Obedeció sin rechistar, impresionada por la presencia física del nubio, y se acomodó en una venerable ”pick-up”  Peugeot, quizá con 40 años en las ruedas. Recorrieron la avenida Ramsés, la principal y única de Abu Simbel, y desde ella pudo ver de refilón las estatuas cuádruples de Ramsés II en el famoso templo, contiguo al de su Primera Esposa Real Nefertari. Los hoteles eran los únicos edificios altos del pueblo, pero la “pick-up” pronto abandonó la zona noble y se internó en calles polvorientas, sin asfaltar, con casas de una sola planta de las que colgaban múltiples lienzos de color azul, a modo de toldos.

El calor era sencillamente aplastante, y debían estar a más de 45 grados. Llegaron a una casa de dos plantas, quizá la única. Bajaron del vehículo y pudo observar que había un par de comercios cerca, uno debía ser un bar, pues había mesas y sillas bajo un techo de cañas.

– Vivirás aquí, hay una habitación para ti en la planta de arriba, sígueme.

La habitación era un monumento a la austeridad; una cama, una silla, una mesa con otra silla, y una jofaina antigua, casi de museo, con un espejo de bordes ya rotos. Unas estanterías de escayola y unas ventanas sin cristales, pero con el lienzo azul a modo de cortina. Hakim aclaró algunas cosas:

– No hay agua, cada mañana un camión llena el aljibe comunitario que está en el bar. Allí venden agua embotellada, zumos de frutas, té, café, algunas cosas de comer, y casi de todo lo que necesites, excepto alcohol. La electricidad está racionada, así que solo funciona por las noches. Pero Suleiman, el dueño del bar tiene un grupo electrógeno y la nevera funciona todo el día. Puedes guardar el teléfono móvil, no hay cobertura. Suleiman, en el bar, tiene satélite y desde allí puedes llamar. Te recomiendo que uses ropa cómoda, no hace falta que te vistas de Indiana Jones ni de Coronel Tapioca, pero cómoda.

– Hakim, ¿qué hago aquí?

– Buscar tu alma perdida. Descansa, mañana salimos hacia el desierto. Estaremos una semana viviendo en jaimas, así que aprovecha para lavarte hoy a fondo. Puedes comer en…

– Ya lo sé, en el bar de Suleiman.

Se tumbó en le camastro, intentando entender, pero no había nada que entender, sino todo por aprender.

Al mediodía el calor era insoportable, pero bajó al bar del famoso Suleiman. Allí estaba Hakim-Neferamún tomando un té en las mesas a la sombra.

– Te he encargado unas lentejas especiadas, un poco de pollo frito y un zumo de naranja. Y pan de pita, es bueno.

Aquello le pareció una bazofia, todo mezclado en un plato, y estaba tan especiado que abrasaba la lengua, pero comió sin rechistar. Después un excelente té a la hierbabuena eliminó todos los sabores indeseados.

– Mañana salimos a las 4, un poco antes del orto – Ana ya no hacía preguntas, se dejaba llevar. Y aprender.

Al atardecer, ya vestida adecuadamente para la zona del Trópico de Cáncer en el que estaban, dio un paseo con Hakim por el poblado nubio, y éste le puso al corriente:

– Aquí somos pobres como ratas, pero vivimos con dignidad. A los nubios los echaron de sus hogares cuando se construyó la Presa de Asuán, algunos quedaron en territorio egipcio y otros en Sudán. Los egipcios han tenido más suerte, el Gobierno les subvenciona, les da trabajo como guías turísticos, y a veces como grupos folklóricos para actuar con los turistas en los cruceros del Lago Nasser. Los jóvenes se van a El Cairo, a trabajar en la construcción, pero otros cruzan la frontera con Sudán y se alistan en grupos islamistas.

– Y yo, ¿qué puedo hacer? – Ana se temía estar enrolada en una ONG, o algo parecido.

– Tu trabajo aquí es escuchar y aprender.

Una mujer se les acercó, envuelta en una túnica azul celeste, con la cabeza cubierta con un pañuelo del mismo color. Le dijo algo a Hakim en una lengua que no era árabe. Hakim la contestó con amabilidad. Y se la presentó a Ana:

– La señora Haakima me ha pedido que escriba una carta a la embajada americana en El Cairo, en inglés. Su hijo lleva años en Guantánamo, y ya no sabe qué hacer para verle algún día. Fue uno de los que pasó a Sudán y de ahí a Kandahar, en Afganistán. Y he escrito más de diez, y nunca hay respuesta. Ella es viuda, y vive de la caridad que le dan en la mezquita. El imán tiene ideas sociales avanzadas y con sus influencias en El Cairo consigue subvenciones. Está enfermo, secuelas de varios años en las cárceles de Mubarak. Pero ya los conocerás a todos, hay tiempo. Ahora debemos dormir, mañana será un día muy duro.

De noche aún, varios “pick-ups”, ya más modernos, Toyotas, Mitsubishis…. Esperaban en el bar de Suleiman. Varios hombres, ataviados como tuareg (eso le pareció a Ana), esperaban allí tomado té.

Se acomodó en el primero de ellos, que conducía Hakim y se perdieron en pistas pedregosas, sin restos de vegetación, sólo polvo y más polvo. Era el Sahara Nubio, donde la vista se perdía en un color amarillento cuando el Sol por fin salió y comenzó a elevar la temperatura a razón de un grado por minuto, hasta los 50 que alcanzaron en poco tiempo. Pasaron las horas, con el cuerpo molido por los saltos que daba el vehículo, en aquel océano de piedras y baches.

Hacían algunas paradas cada cuatro horas, para recargar combustible desde unos bidones que colgaban del lateral de los coches, beber algo, y comer casi nada. Estaba mareada, asfixiada y agotada.

Por fin llegó el ocaso, y la caravana se detuvo. Montaron las tiendas, prepararon una hoguera para la cena, y rodearon el campamento de repelente para los escorpiones y las víboras cornudas.

Tras la cena, frugal, pero que le supo a gloria, tomó el té, recostada en un petate. Miró al cielo y pudo ver estrellas que no recordaba haber visto nunca, las constelaciones perfectamente dibujadas, los planetas identificables por el color, como el rojizo Marte. Y aquella paz, aquel frescor de la noche sahariana tras el horno diurno… no sabía exactamente que era el alma, pero si la había pedido estaba en el camino de encontrarla.

Amaneció de forma abrupta, como suele suceder cada vez que el Ecuador está más cerca. No sabía si estaban todavía en Egipto o ya en Sudán, pero eso poco importaba en aquella inmensidad de arena y piedras. Reanudaron la marcha y llegaron a las ruinas de un templo, rodeado de pequeñas pirámides.

– Hemos llegado – anunció Hakim, y todos bajaron de los coches. Solo Hakim y ella se aproximaron al templo, y tras atravesar los pilonos apareció una sala con las paredes repletas de jeroglíficos.

– ¿Qué es esto?

– El templo de una dinastía olvidada, de hace muchos miles de años, en honor a dioses de los que ya nadie se acuerda.

Una voz retumbó desde la sala hipóstila. Y una figura estilizada apareció. Era Nadie, perfectamente trajeado y encorbatado, lo que en aquel remoto lugar parecía exótico.

– Paz, salud y prosperidad a todos – dijo a modo de saludo

– Bueno me gustaría saber …. – Ana seguía buscando lógica.

– Ahora sabrás – la tomó de la mano, indicando a Hakim que esperase a la entrada de la sala hipóstila, y la condujo al interior del templo, donde sólo los sacerdotes podían entrar. La besó en la boca, sin que Ana pudiera evitarlo. Sintió una enorme tranquilidad y ningún miedo. – Sígueme – ordenó Nadie cuando ella se estaba recomponiendo el peinado.

Volvieron al exterior por donde habían entrado y lo que vio era increíble.

Ya no había desierto, sino verdes praderas y lagos, más bien charcas, de una gran extensión. Pudo ver cientos de animales pastando, sobre todo gacelas y búfalos, aves acuáticas, y a los lejos un grupo de personas caminando bajo el Sol. El ambiente era húmedo, ya no sentía la sequedad extrema de hacía pocos minutos. Miró a Nadie pidiendo respuestas.

– Lo que ves es lo que ocurría cuando el clima era otro, cuando el Lago Victoria arrojaba inmensas cantidades de agua a estas praderas. Hace unos doce mil ciclos de rotación del planeta sobre el Sol. La Tierra se está descongelando y el agua vuelve desde los glaciares del norte al Ecuador, y lo inunda todo. Mi competencia quiso presentarlo como una catástrofe y lo utilizó de forma torticera para sus eternos conflictos con la Humanidad, dijo que era un castigo, y lo llamó el Diluvio, pero fue una época dorada para tu especie.

– ¿Quiénes son esas gentes?

– Los últimos humanos libres. Cogen de la tierra lo que necesitan, cazan lo que precisan, no hay poder en una persona, y todos trabajan para todos. Pero queda poco. La tierra se ha vuelto muy fértil, da muchos frutos, y hay tal abundancia de animales, que algunos ya están pensando en organizar el poder y apropiarse de todo para distribuirlo a su antojo. Después vendrán las ciudades, y con ellas la autoridad, y los ejércitos, y la sed de lujo y riqueza sin medida. Aparecerá a esclavitud, la usura, el sometimiento a leyes injustas y la vida será ese infierno del que te hablé. Pasaréis vuestras vidas en un continuo absurdo, trabajar para vivir, y no al revés.

– Ya, y eso es la famosa escena de la expulsión del Paraíso, el sudor de tu frente, etc…. Y tras ello los sacerdotes, que se irrogaron la trascendencia y la espiritualidad, excluyendo a los demás.

– Todo lo que has leído en el Génesis es verdad, y pasó en esta época. Y esto es el Edén, por si no te has dado cuenta.

– ¿Tu tuviste algo que ver?

– Sí, intenté que estos nómadas no cayeran en la trampa, intenté que pensaran por sí mismos, que fueran racionales y lógicos, pero la competencia se enfadó, un ataque de celos en suma. Le hicieron a Él más caso que a mí. No di el caso por perdido, y miles de años después, en Grecia casi lo consigo, la razón volvió a imponerse, pero poco duró. Un imberbe llamado Alejandro puso patas arriba el mundo de nuevo, y trajo sus cultos orientales, sus dioses vengativos y celosos. La Razón ya no se recuperó. Tuve mis horas más bajas en la Edad Media, cuando usando falsamente mi nombre asesinaron a miles de personas por brujería y por supuestos pactos conmigo.

Ana observó un cierto aire de derrota en la expresión de Nadie; le animó a seguir.

– Pasaron los años y las épocas, yo me retiré a este desierto a meditar, y hace poco volví a la realidad del mundo. He visto lo que llamáis crisis, y me recuerda a esta época en la que estamos hoy y aquí. Lloráis por perder lo que no importa, lo que no sirve para nada, y lucháis por mantener lo poco que tenéis, que es casi nada. Hace pocos meses elegí a una serie de personas, entre ellas tú, para intentarlo de nuevo. Personas que creen haber perdido su alma por cosas fútiles, por un empleo, por un salario, por un despacho, por un puesto en un organigrama, que sólo sirve para saber quién puede echar la bronca a quién.

– Nadie, yo no sé qué es esto, ni me lo creo todavía. Si es un sueño dura demasiado y si no lo es …. ¿qué debo hacer?

– Vuelve con Hakim a Abu Simbel, allí pasarás un largo tiempo, yo ya no volveré. En el poblado nubio verás como la vida puede ser de otra manera.

– No es muy distinta, por lo poco que sé los jóvenes se marchan a El Cairo para conseguir un sueldo en trabajos denigrantes, o se marchan a defender a tu competencia con turbante a Sudán.

– Yo no he dicho que haya triunfado, sino que lo estoy intentando. Yo soy ni Omnipotente ni Omnisciente, sólo soy Nadie. Adiós.

Se alejó mientras un viento terrible levantó nubes de polvo, impidiendo toda visión. Cuando se calmó, Ana podo ver de nuevo el tórrido desierto, y a Hakim indicándola que subiera al coche.

Volvieron a Abu Simbel al día siguiente.

Ana se integró en la comunidad, y al poco la habían nombrado Intendente, cargo que consistía en conseguir cosas para el pueblo, como conexión a la red eléctrica, escuela estable para los niños, trabajos para los jóvenes como guías turísticos y sobre todo una planta potabilizadora de agua del Lago Nasser para no depender del camión diario.

Una mañana apareció un grupo de turistas españoles por allí. A ella la tocaba darles una charla sobre le Historia de Nubia, tanto pre-faraónica como reciente. Entre ellos reconoció a Rebeca Zarzo, ataviada con un sombrerito de paja, pero de diseño, y ropa de Coronel Tapioca. La acompañaba un joven que no paraba de poner cara de asco cada vez que le ofrecían un té. Se acercó a ella.

– Rebeca, ¿te acuerdas de mí? – Rebeca se quitó las gafas de sol, la miró con extrañeza y dijo un ¡Oh, sí!, bastante empalagoso.

– ¿Qué haces aquí? ¿Encontraste trabajo?

– Digamos que sí, trabajo aquí.

– ¿Guía turístico? – preguntó, como si dicha profesión fuera algo así como prostitución.

– Bueno, digamos que trabajo de Ana, de yo misma. ¿Y tú, sigues en la empresa?

– No, hace unos meses las acciones se desplomaron, solicitamos concurso de acreedores, y la empresa se liquidó. Pero me dieron una buena indemnización.

– Ya, recompensa por hacer quebrar una empresa.

– Siempre haciendo amigos, Ana.

– Dejémoslo estar así. Ven conmigo, voy a enseñarte una cosa.

La llevó hasta la puerta de un templo que había cerca del Centro de Recepción de Turismo, sin ningún valor arqueológico, pero que servía para ilustrar a los visitantes sobre la arquitectura egipcia, antes de llevarles a los mejores templos. La hizo pasar al interior, la explicó algunas vaguedades y al salir la indicó que se miras el hombro.

Rebeca dio un salto, acompañado de un grito histérico. Un escorpión negro se paseaba despreocupadamente por su hombro.

– No te muevas, la picadura es mortal – Ana se aproximó a Rebeca de puntillas, mientras esta temblaba como un flan. Acercó la mano con lentitud hasta el escorpión y de un manotazo lo envió a varios metros. El pobre bicho corrió hacia unas piedras tan pronto como tocó el suelo. Rebeca se cayó al suelo, sudando y con la respiración entrecortada. Los nubios se reían a carcajadas.

Ana se acercó a ella, y la susurró al oído:

– Le hemos extirpado el aguijón, capulla. Es la broma para los turistas que nos caen mal

Oyó una voz en su interior; era Nadie: Anaaa, que el malo soy Yo.