Aquella mañana de noviembre de 1989 fue especial para Marga. Desde su triste apartamento de la calle de Joseph Stalin de Madrid pudo ver como la gente salía a la calle de forma masiva ante las noticias que la radio vomitaba: Gorbachov había dimitido ante la presión de Boris Yeltsin, y la Unión Soviética era ya un escombro de la Historia, uno más que se unía al Museo de los Imperios Extintos.
Los coches Lada y Moksvitch recorrían en escaso número las calles de Madrid, pero el griterío de los manifestantes iba en aumento. Al mediodía el Comité Central del Partido Comunista de España había hecho pública una nota, firmada por Santiago Carrillo, Gran Secretario del Partido y Jefe del Gobierno desde hacía 30 años, según la cual la República Popular de España quedaba disuelta y se convocaban elecciones para Cortes Constituyentes. Tras muchos años de dictadura y penuria económica, la gente se tomó sus pequeñas revanchas. En Barcelona los manifestantes asaltaron las sedes del partido, reivindicando el uso del catalán, prohibido desde 1945, cuando el Ejército Rojo al mando del Mariscal Zhukov había ocupado la ciudad, tras invadir Francia. En San Sebastián se arrojaron al río todas las estatuas de Lenin y Stalin que “adornaban” la ciudad. Y aparecían carteles en euskera, también prohibido por el régimen. La Iglesia Católica salió de las catacumbas y se celebraban misas hasta en los bares, escasos, pues el régimen consideraba que eran perniciosos para el espíritu proletario. Hasta la televisión omitió poner la Internacional al cerrar el telediario, al que los españoles llamaban el “parte”. Se cantaba el Cara al Sol por los parques y se exhibían banderas rojigualdas.
Volvían los exiliados desde Estados Unidos. Viejos falangistas, ahora recibidos como héroes de la democracia. Manuel Fraga pronto se hizo con el protagonismo, como Jefe del Gobierno de Franco en el exilio. También Juan Carlos de Borbón con su proyecto de Monarquía en la cabeza. Y toda la plana mayor del PSOE en el exilio, desde que fue declarado contrarrevolucionario en 1947 por Stalin, y quien no murió en Siberia lo hizo por disparo directo en la nuca, en la Dirección General de Seguridad del Pueblo, en la Puerta del Sol.
Cosas parecidas ocurrían en París, Roma, Berlín y Bruselas.
Marga recordó los cuarenta y cuatro años transcurridos desde 1945, mientras tomaba algo que decían era café y que se conseguía en el economato de periodistas, donde ella, como redactora del Liberación, periódico que últimamente era ya tachado como filofascista por el régimen ante su viraje a posiciones aperturistas, tenía ciertos privilegios. Era una niña cuando acabó la guerra, y ya era una mujer madura. Soltera y sin hijos había dedicado toda su vida al periodismo histórico, si bien, por motivos de obediencia política había tenido que falsear la historia, o como decía su redactor jefe “adaptarla a la realidad revolucionaria”.
Pero ahora tenía miedo, sabía que para ella y todos sus compañeros el tiempo había terminado, excepto para los camaleones de toda la vida que ya proclamaban haber sido capitalistas en la intimidad.
Y pasó revista a los acontecimientos de las cuatro últimas décadas.
Todo empezó en una calurosa mañana de Julio de 1944, en Prusia Oriental, en la Guarida del Lobo. Claus von Stauffenberg se aseguró que el maletín con la bomba bajo la mesa de mapas donde Hitler discutía con sus generales como detener la ofensiva del Ejército Rojo en Bielorrusia estallara en su momento, y que el patoso general que lo había apartado antes no lo volviera a hacer. Se jugaba la vida, pero no había más remedio. Faltaban segundos, y salió corriendo de la sala de reuniones, ante la mirada sorprendida del propio Hitler. La explosión le tiró al suelo, pero al incorporarse comprendió que había tenido éxito. La Guarida del Lobo era una nube de humo negro; Hitler y los mariscales Keitel y Jodl ya eran polvo de estrellas.
Las cosas fueron rápidas en Berlín, varios generales tomaron el mando y en dos días Göring, Goebbels y demás jerifaltes del partido estaban desactivados y bajo arresto. Hubo conatos de rebelión por parte de las Juventudes Hitlerianas y de las SS, pero con poca convicción. El pueblo alemán era obediente a la autoridad, sin importar cual era. Un éxito del golpe de estado fue elegir como líder al mariscal Rommel, de enorme prestigio en el ejército. Rommel tomó el mando y la iniciativa. Y disolvió el Partido Nazi.
Las noticias de la muerte de Hitler y el cambio de régimen llegaron rápido a los Aliados. Churchill y Roosevelt quedaron desconcertados. Tras varias semanas combatiendo ferozmente en Normandía tras el desembarco ya se habían dado cuenta que la Wehrmacht no era para tomársela a broma, y Caen había sido ocupada a un precio en vidas aliadas altísimo. No iba a ser el paseo triunfal que Eisenhower les había prometido. Y en Italia el rocoso mariscal Kesselring había convertido la línea Gótica en una fortaleza inexpugnable. Casi un año para avanzar desde Catania hasta Florencia.
Llegaron noticias de Berlín a Londres, a través del gobierno neutral de Suecia. Rommel ofrecía la paz, y emplazaba a los aliados a reunirse en San Sebastián para discutir un armisticio. Hubo sus más y sus menos entre los aliados. Roosevelt estaba a favor, pues la guerra en Europa no se entendía muy bien en los EEUU. El enemigo era Japón, y las tropas en Europa eran muy necesarias en el Pacífico. Churchill, más escéptico, y más pragmático, razonó: “Lo de Europa nos va a costar un millón de muertos, y el Imperio Británico está en la India y en Birmania. Además, nos libramos de un incómodo aliado, Stalin. Ya no lo necesitamos”. Quien se puso como Dios en el Sinaí al enterarse de las negociaciones fue Stalin, que estaba embarcado en la exitosa Operación Bagration con la que el Ejército Rojo ya estaba destruyendo al ejército alemán en Bielorrusia. Le dejaban solo. Tampoco se mostró muy feliz De Gaulle, pero su debilidad política, económica y militar no le permitió gritar mucho.
El 10 de agosto de 1944 se firmó la Paz de San Sebastián, ante un orondo Franco, que al menos salía en la foto como anfitrión. El acuerdo firmado por el nuevo Canciller del Reich, Rommel, y Churchill más Roosevelt, entraba en vigor el día siguiente a las 00.00 horas. Millones de soldados alemanes y aliados del frente occidental quedaban liberados de obligaciones bélicas. El acuerdo preveía, a grandes rasgos, lo siguiente:
– La Wehrmacht se retiraba de Francia, pero Alemania conservaba Alsacia, Lorena y Luxemburgo, como territorio del Reich. Petain tomaría el poder en toda Francia.
– También se retiraba de Italia, pero incorporaba a su territorio la costa adriática de Istria y Trieste, asegurándose una salida al Mediterráneo, como en los tiempos del Imperio Austrohúngaro.
– Bélgica desaparecía. La zona francófona era anexada a Francia, y la flamenca a Holanda, la cual era desocupada por Alemania. Así, franceses y holandeses contentos, a costa de los estupefactos belgas.
– Grecia fue desocupada, pero sin prisas.
– Pero Dinamarca y Noruega seguirían ocupadas por Alemania cinco años más. Una forma de decir a los ingleses que el tratado había que cumplirlo
– En el Este Alemania se reservaba el derecho de actuar a su antojo, previendo una larga guerra con la URSS, que ya se acercaba a las antiguas fronteras de Polonia
– En cuanto a Mussolini, nadie sabía muy bien que hacer, así que se le buscó un refugio en Suiza.
– Franco no le importó a nadie y le olvidaron.
– Los judíos fueron liberados de los campos y enviados a Suecia, para desde allí viajar a Estados Unidos o a Palestina.
– Los criminales de guerra nazis serían juzgados en Alemania, y nunca entregados a los aliados.
Los arrasadores bombardeos sobre la industria alemana cesaron, y Albert Speer, hábilmente pasado a las filas anti-nazis, pudo poner la fabricación de armamento a pleno rendimiento para poder detener la ofensiva soviética.
Pero no hubo alegría entre los soldados, tanto alemanes como aliados. Los primeros fueron urgentemente trasladados al Frente Oriental, donde Von Manstein tenía el mando supremo para defender las fronteras del Reich, y los segundos fueron al Pacífico para aplastar Japón. La guerra no había terminado aún para ellos.
Las cosas parecían ir bien para los aliados. Al poder volcar todo el esfuerzo contra Japón pronto vieron los resultados. Una ofensiva británica recuperó Birmania, penetró por Indochina y expulsó a los japoneses de Borneo, Java y Sumatra, privándoles de petróleo y dejando a la Marina Imperial en puerto. MacArthur ocupó Filipinas sin dificultad digna de mención. El fin de Japón estaba cerca.
Pero partir de aquí las cosas se torcieron. Un humillado Stalin puso toda la carne en el asador, y en enero de 1945 dio la orden de ataque total a Alemania. Más de diez millones de soldados se lanzaron contra las defensas alemanas del Vístula y las arrollaron. Este tipo de ofensivas costaba cientos de miles de bajas al Ejército Rojo, y el mariscal Zhukov muy alarmado le presentó a Stalin una previsión de muertos, la cifra era de varios millones. Stalin enarcó sus enormes cejas abriendo la boca para emitir un monosílabo: “¿Y?”.
Así, el Ejército Rojo inició una carrera suicida hacia Berlín, y ni la estrategia de Rommel ni el novedoso armamento alemán pudo hacer nada. En honor a la verdad hay que señalar un punto que fue crucial: el feroz y combativo soldado alemán ya no era el de unos meses antes. Ya no había un führer galvanizante y gritón, ni un maestro propagandista como Goebbels. Ambos estaban muertos, y los nuevos líderes no eran tan líderes. Ya no había un führer por el que matar y morir.
El frente se derrumbó, y a finales de abril de 1945 la bandera soviética estaba en el Reichstag de Berlín. Stalin no paró allí, cruzó el Rin y alcanzó la frontera francesa. Churchill, que le vio venir, urgió a Roosevelt para que se envaran tropas americanas a Francia, donde un senil Petain intentaba reconstruir el antes poderoso ejército francés. Pero Roosevelt falleció por esos días, y el nuevo presidente Harry Truman se negó a retrasar el asalto final a Japón, que ya empezaba a retirarse del Pacífico.
Francia cayó ante el empuje de los soviéticos, y Stalin desfiló por los Campos Elíseos de París. Hábilmente, el NKVD (Servicio de Seguridad y antecesor del KGB) organizó revueltas en Francia e Italia apoyándose en los Partidos Comunistas locales, lo que ahorró trabajo a Zhukov. El siguiente desfile fue en Roma, y el siguiente en Bruselas, y después en Atenas, Amsterdam y por fin en Madrid. En España Franco huyó por Lisboa, y cuando los soviéticos llegaron a la frontera española, huyó de nuevo, esta vez a Cuba. Todo fue tan rápido que ni los ingleses ni los americanos pudieron reaccionar. El poder de Stalin llegaba hasta Gibraltar desde el Ártico. Solo Suiza y Suecia quedaban libres, como unas islas capitalistas en el mar comunista. Y como no, la correosa Inglaterra.
Pero ahí se terminó el paseo de Stalin. En agosto de 1945 tomó dos pésimas decisiones. Una, aprovechar la inminente rendición de Japón para invadir Manchuria y anexionarse el norte de China. La otra intentar invadir Inglaterra.
Las bombas atómicas americanas de agosto sobre Japón le dejaron paralizado. Nadie le había informado del proyecto Manhattan. Además, un agresivo general MacArthur tomó la iniciativa y apoyó militarmente al líder anticomunista chino Chiang Kai Chek, frente a las milicias de Mao Tse Tung, y China fue pronto un territorio pro americano. Stalin tuvo que retirarse de Manchuria y de Corea. Por otra parte, la poderosa flota americana del Pacífico bloqueó los puertos rusos de Siberia Oriental y los dejó incomunicados.
En cuanto a Inglaterra, el Ejército Rojo intentó un desembarco en octubre, desde las costas francesas. Fue un terrible fracaso y miles de soldados rusos murieron ahogados en el Canal. La Marina Real seguía siendo formidable y la flota rusa del Báltico no ayudó mucho al no poder cruzar los estrechos daneses e irrumpir en el Mar del Norte.
Los americanos, ya sin Japón en guerra, se pusieron en acción y ocuparon Oriente Medio y el Norte de África. El Ejército Rojo ya no pudo hacer más. Stalin asumió que su límite era Gibraltar por el sur y el Canal por el oeste. De ahí ya no se pasaba.
La URSS se convirtió en un Imperio mundial, y estableció democracias populares en Italia, Francia, España, Grecia, Bélgica y Holanda, aparte del toda la Europa del Este. Comenzó lo que se llamó la Guerra Fría, marcada por hostilidades no declaradas, y mucha acción política, no siempre limpia, o mejor dicho casi nunca. En los años 50 la situación en el bloque comunista comenzó a tener problemas. En los países del Este no había muchos problemas, la gente era disciplinada, pero en Italia y España, con larga tradición individualista los problemas comenzaron y ni Santiago Carrillo ni Palmiro Togliatti controlaban la situación. Mucha gente cruzaba el Estrecho de Gibraltar hacia Marruecos, donde los americanos tenían un bastión. Lo mismo desde el Sur de Sicilia, hacia Malta, donde Inglaterra mantenía su bandera. Y de ahí a Túnez, otro país capitalista controlado por EEUU.
En 1961 se construyó un inmenso muro en Gibraltar, impidiendo cualquier intento de fuga, desde Marbella hasta Cádiz. Se le llamó el Muro del Estrecho o de la Vergüenza.
Sin embargo, las repúblicas populares del sur de Europa daban a Moscú otro tipo de problemas: su voracidad económica. La URSS se estaba desangrando con ayudas y subvenciones para mantener una cierta estabilidad económica, así como para mantener unas fuerzas “desarmadas” descomunales que mantuvieran a raya a los americanos en el Mediterráneo. Como se suele decir, se había casado con un cadáver.
Los años pasaron, y a mediados de los 80 la URSS entró en quiebra económica. El nuevo dirigente Gorbachov no tuvo más remedio que sacar la bandera blanca y dar por finiquitada la Revolución Comunista. Lo cual se materializó en la mañana en la que Marga recordaba todo aquello en su piso de Madrid.
La preocupaba sobre todo que pasaría ahora, si los EEUU iban a ayudar o les dejarían sumidos en el caos, como cambiaría el mundo, su mundo, sin el pastoreo de la URSS. Si la transición al capitalismo sería fácil o imposible. Le preocupaba si iba a haber venganzas contra los comunistas, ella tenía todas las papeletas para ser blanco de venganzas, en el mejor de los casos se quedaría sin trabajo, y a sus cincuenta años esto la aterraba. Algunos ilustres dirigentes del régimen ya llevaban un tiempo proclamando que ellos eran demócratas de toda la vida, en una maniobra de supervivencia de manual.
Quizá en otro universo paralelo Hitler no murió en el atentado porque un patoso general movió el maletín de sitio y Von Stauffenberg no le puso bemoles a la cosa, Franco gobernó muchos años, y ella sería una periodista sin problemas graves a corto plazo. Quizá.
Esta Historia Alternativa no es descabellada: ver https://mundo.sputniknews.com/europa/201709291072757495-ofensiva-britanicos-atacar-urss/