El pasado 4 de marzo EL PAIS publicó un artículo de Milagros Pérez Oliva, periodista de opinión en dicho diario: https://elpais.com/elpais/2019/03/03/opinion/1551628451_041015.html

El artículo titulado “La rentabilidad social de la investigación farmacéutica” y apostillado como “Si la industria no investiga nuevos antibióticos, alguien tendrá que hacerlo” me llamó mucho la atención. No por que sea una edición más de ese extraño capitalismo social que inunda las páginas de EL PAIS últimamente, dirigido a sentar la doctrina multipropósito que se resume en: “No puede haber criterios mercantilistas en …” Y aquí pongan ustedes lo que quieran: el cine, el arte, la sanidad, los taxis, la drogodependencia y hasta el medio ambiente. Olvidando que de la actividad mercantil nacen los impuestos que pagan todo eso.

Lo que me sorprendió fue el bajo nivel de información que la articulista tiene sobre la industria farmacéutica, y eso que en su curriculum se resalta que ha sido profesora de un master en “Comunicación Científica” en la Pompeu i Fabra, y también Redactora Jefe responsable del área de biomedicina y del Suplemento de Salud de El País. Pues con estos antecedentes se esperaba más cosa.

Veamos algunos ejemplos:

–       “Por eso predominan los ensayos clínicos en busca de nuevas indicaciones para viejas moléculas que han perdido la patente y cuando aparece un fármaco realmente nuevo, el precio es cada vez más elevado. Lo hemos visto con dos de los pocos avances realmente disruptivos de los últimos años: el Glivec, que permitió curar una forma de leucemia, y el Gilead, el nuevo fármaco contra la hepatitis C, que llegaron a costar entre 60.000 y 70.000 euros por tratamiento”. El Glivec, que es el IMATINIB (¡cómo les cuesta diferenciar entre marca y principio activo!), se autoriza en 2004. O sea, hace 15 años. No veo la alta novedad en esto, tras la aparición de muchos biológicos y anticuerpos monoclonales en estos años. Quizá, lo más probable, se refiera a una indicación huérfana más reciente, pero esto no lo aclara. Por otra parte, parece desconocer que ya existen desde hace tiempo genéricos, a precios irrisorios.

¿El ”Gilead”? Aquí confunde empresa con fármaco. Suponemos que se refiere al SOVALDI.

–       “Sin embargo, un nuevo fármaco desarrollado dentro del programa de acceso a los medicamentos de Médicos sin Fronteras ha demostrado que esas cifras son muy discutibles. La investigadora belga Els Torreele ha necesitado 55 millones de euros para desarrollar un nuevo medicamento, el fexinidazol, para tratar la enfermedad del sueño, una terrible dolencia transmitida por la mosca tsetsé que destroza el cerebro. Como apenas hay 20.000 personas afectadas, nunca fue del interés de ninguna farmacéutica” El Fexinidazol existía desde hace 40 años, cuando se realizó su síntesis orgánica. El 1-metil-2-[(4-metilsulfanilfenoxi)metil]-5-nitroimidazol no parece una molécula muy compleja, la síntesis de derivados imidazólicos es bien conocida desde hace muchos años. Me pregunto si hay DMF (Drug Master File) o CEP (Certificate European Pharmacopeia). Y esto es obligatorio en casi todos los fármacos, e implica un intenso y costoso trabajo.

Lo que suponemos que ha hecho la doctora belga es realizar ensayos clínicos para encontrar una eficacia en la patología parasitaria que se describe, causada por el Trypanosoma brucei gambiense. Como no ha hecho desarrollo químico del principio activo, el gasto baja considerablemente. Y no está claro el desarrollo galénico, ni siquiera si se han realizado todos los ensayos clínicos que garanticen seguridad, calidad y eficacia, ajuste de dosis, y todo lo que cualquier compañía debe hacer para comercializar un fármaco. Aparte de disponer de un sitio de producción certificado en buenas prácticas tanto por la UE como por la FDA.

–       Al parecer, se ha hecho con fondos aportados por: Bill & Melinda Gates Foundation, USA; Brian Mercer Charitable Trust, UK; Dutch Ministry of Foreign Affairs (DGIS), The Netherlands; Federal Ministry of Education and Research (BMBF through KfW), Germany; French Development Agency (AFD), France; German Corporation for International Cooperation (GIZ) on behalf of the Government of the Federal Republic of Germany, Germany; Ministry of Foreign and European Affairs (MAEE), France; Médecins Sans Frontières/Doctors without Borders, International; Norwegian Agency for Development Cooperation (Norad), Norway; Republic and Canton of Geneva, International Solidarity Office, Switzerland; Spanish Agency for International Development Cooperation (AECID), Spain; Stavros Niarchos Foundation, USA; Swiss Agency for Development and Cooperation (SDC), Switzerland; UBS Optimus Foundation, Switzerland; UK aid UK; other private foundations and individuals”. Es decir, fundaciones privadas “no de lucro”, y sobre todo fondos públicos de países muy desarrollados. Además, el proyecto comenzó en 2005. 13 años de desarrollo. En esos 55 millones de €, que la Sra. Pérez Oliva pone como ejemplo de eficacia presupuestaria no sabemos si se han incluido los salarios que la investigadora belga y su equipo han cobrado estos años, lo que sí se contabiliza en la malvada industria farmacéutica.

–       Y lo más sorprendente: no se nos dice si el producto está ya disponible en forma de poder ser administrado oralmente. O algo sobre el proceso regulatorio, que su coste habrá tenido, si bien será seguramente un “early access”, o compasivo, o huérfano. No ha seguido los cauces regulatorios que deben observar las compañías farmacéuticas y que encarecen notablemente un producto. Como sólo hay, según dicen, 20.000 casos, sospecho que los lotes de fabricación deben ser muy pequeños y caros, por no hablar del coste/kg de principio activo. Tampoco me hablan de los costes de distribución, que como sabemos son muy altos en Europa para llegar a la farmacia más recóndita cuatro veces al día. Parece ser que será Sanofi quien tomará la responsabilidad de estas tareas.

–       Algo más claro es lo que publica el DNDi (Drugs for Neglected Diseases initiative) “En el 2009, la DNDi y Sanofi llegaron a un acuerdo de colaboración para el desarrollo, la fabricación y la distribución del fexinidazol, quedando la DNDi a cargo del desarrollo preclínico, clínico y farmacéutico, y Sanofi a cargo del desarrollo industrial, el registro, la producción y la distribución del medicamento”. Bien, pues al final hay una compañía farmacéutica de primera línea, que se encarga de que las ideas se conviertan en hechos reales. Que se encarga de “pequeños y banales detalles”. En el artículo de Pérez Oliva no hay una sola mención a Sanofi, no vaya a ser que la bonita historia se hunda, al parecer por una “perversa” empresa farmacéutica.

–       La articulista quizá desconozca que gran parte del gasto de desarrollo de un fármaco procede las exigencias regulatorias de las autoridades sanitarias occidentales. Procesos largos y caros.

En el fondo de la cuestión está la exigencia a la industria farmacéutica: ustedes y sus accionistas deben poner su trabajo y su dinero para desarrollar fármacos que, aunque no sean rentables, pueden ayudar a mucha gente. Y a precio de unos cuantos $ por caja de 20 comprimidos, por ejemplo. La caja situada en cualquier lugar del mundo que haga falta en 24 horas.

Pero, no es solo que no sean rentables, es que pueden ser la ruina. No podemos aceptar que con sólo 55 millones de € sea posible desarrollar un nuevo fármaco, desde cero hasta la autorización de comercialización. Si hay pocos miles de casos – y son ya muchos para ser enfermedad rara, donde hay decenas de pacientes todo lo más – la expectativa de ventas será de algunos millones de €, sin que se sepa quién lo compra. Frente a gastos de I + D de los famosos 55 millones que alaba el artículo, podemos calcular rápidamente que la empresa que aborde el asunto afronta pérdidas elevadas. ¡Oiga, que se fastidien los accionistas! No, se fastidia usted, honrado y altruista ciudadano. Pues de los beneficios que tienen las farmacéuticas se pagan impuestos con los que usted tiene sanidad y educación. Y de los sueldos que se pagan a los profesionales de la industria farmacéutica también se pagan impuestos. De esos impuestos salen los fondos públicos que hemos visto antes en Noruega, Suiza y hasta en España.

Se olvida en esta farmacéuticofobia que realizar una investigación clínica en una enfermedad rara tiene un problema de fondo tremendo: hay pocos casos, y la robustez estadística es escasa. Se puede anunciar a bombo y platillo, que “medicados 5 pacientes, mostraron clara mejoría y normalización de parámetros analíticos” Suficiente para que las Agencias del Medicamento “recomienden” su uso, pero no se puede decir que se ha encontrado un remedio definitivo. Habrá que esperar efectos adversos en un futuro, alguna reacción no deseada, en fin, lo que ocurre con cualquier fármaco, hasta con los que finalizan su proceso de investigación clínica con miles de pacientes. Por otra parte, se distribuirá, entiendo, en países donde el sistema de farmacovigilancia tendrá sus carencias, sin ser ni racista ni xenófobo. 

¿Y que hacemos? Menos abandonar a estos pacientes, debemos hacer de todo. Más no usar estos hechos, como el del fexinidazol, para jalear ideologías sociopolíticas, en las que la Industria Farmacéutica es perversa intrínsecamente. Una posible solución sería que todos fuéramos altruistas. Si se crea un fondo para dichas enfermedades, y tiene que ser algo mundial – no servirían solo algunos países – con aportaciones voluntarias de ciudadanos, más algo de las administraciones públicas y de la Industria (voluntario, no obligatorio) puede haber una solución. Y si no es mucho pedir, que los países de África afectados también pongan algo, en vez de gastarlo en chatarra militar para sus guerras internas y externas. Sé que ya hay entidades que recaudan donaciones para esto, pero me temo que el nivel de organización que tienen no es óptimo y tienen muchas dificultades para que los fondos sean eficaces. A veces estas campañas recaudatorias tienen más de ruido y exhibición que de objetivos claros y concretos.

Revisar antiguos principios activos o entidades químicas olvidadas para encontrar una utilidad terapéutica como fármaco huérfano es loable y deseable. Lo que no parece tan exaltante es usar estos hechos como símbolo ideológico. Desearía que diarios como EL PAIS fueran más rigurosos en estos artículos de opinión, no todo es noticia. Ni se pueden extraer conclusiones tan a la ligera, como creo que hace la Sra. Pérez Oliva.

Para acabar de arreglarlo, esta semana un personaje público, Miguel Bosé, también hacía un roto con su “tuit” relativo a la Industria Farmacéutica, a raíz de la campaña del Gobierno contra las “medicinas alternativas”. Dice el antaño fresco y cantarín adolescente: “Pedro Sánchez, porqué no propones ley para cerrar bares de tapas? Es que dañan mucho a grandes restaurantes! No sólo te has vendido al independentismo, ahora te vendes al lobby farmacéutico. Para el 28 de abril vas a estar de rebajas?” Ese lobby farmacéutico que nadie ha visto pero que existe, se lo digo yo, Doña Patro. Todos juran haber visto a un visitador médico soltando billetes a los médicos, todos saben que hay enfermedades inventadas, ¡si es que se ve a simple vista!. La presentadora de la Cuatro, Raquel Martínez, aseguraba que “Hoy desde mi coche he visto esto: dos estelas juntas, la de un avión y la de un chemtrail. La primera es inocua, corta y desaparece. La segunda tarda más, es larga y afecta a tu salud. A mí me llamarán conspiracionista (sic), pero a ti te dirán que son nubes de condensación” Claro que sí, y ya hay varias compañías farmacéuticas preparando carísimos fármacos para curar las enfermedades inducidas por las “chemtrails”.

Sabemos que el sector farmacéutico es diana de todos los dardos por parte de cualquier opinante, quizá tengamos que ser más comunicativos, y explicar qué es exactamente un fármaco.