Pocos sitios como Andalucía están sometidos a tanta opinión de identidad, y a tanto falso tópico. Ser andaluz es algo que hay que llevar con resignación y buen humor, una especie de santidad laica. Se han inventado tantas Andalucías virtuales e inexistentes que la real es a veces difícil de encontrar entre tanto mito.

Se ha creado la Andalucía “árabe”, tesis según la cual los andaluces son descendientes de los árabes, lo cual es falso de toda falsedad. De aquella época quedan dos maravillas irrepetibles: La Mezquita de Córdoba, herencia del Califato Omeya, y la Alhambra, herencia del Emirato Nazarí. Pero genéticamente poco hay en la actual población andaluza de aquellos inmigrantes sirios y yemeníes que llegaron hace muchos años. Con ello se quiere crear una idea de identidad nacional andaluza, como si la época musulmana tuviera algo que ver con el presente social y económico. No es ajeno a esto el visionario y a veces místico Blas Infante.

La errónea idea de la ascendencia árabe de los andaluces está muy asentada, y trae funestas consecuencias para Andalucía. En primer lugar, prejuicios: los andaluces son vagos e impuntuales porque descienden de moros, y ya se sabe. Les gusta el flamenco porque son todos gitanos, y solo piensan en divertirse y en juergas. No se puede hacer negocios serios con ellos. Es más, por parte de los independentismos vasco y catalán se usa muy a menudo el dardo de “andaluces ociosos subvencionados por nosotros, que somos laboriosos, industriosos y serios”. Y ahora, con los votos de VOX, muchos voceros de Twitter echan en cara a los andaluces votantes que aboguen por políticas duras con la inmigración cuando ellos descienden de aquellos árabes arrojados de Granada por el malvado Fernando de Aragón y la codiciosa Isabel de Castilla. Y el Daesh suele emitir sus soflamas reivindicando Al-Andalus, donde toman la parte por el todo e incluyen la costa cantábrica, que nunca fue del Califato.
También se ha creado la Andalucía “frívola”, de Feria de Abril y rebujito sabrosón, guitarra y cante hondo, muy hondo, con santos laicos como Camarón y otros referentes para la cultura orgánica. Para el visitante supremacista los andaluces son muy abiertos, te dicen con frecuencia eso de “me alegro mucho de verte”, sin entender que dicha expresión no significa otra cosa que “buenos días”. La verdad es que son como en todas partes, hay que ganarse una confianza previa.

Y la más nociva de las “Andalucías”, la “subvencionada”. Andalucía fue muy poco valorada por el PSOE en los primeros años autonómicos. Se estableció el PER (Plan de Empleo Rural), hoy Plan de Fomento del Empleo Agrario (PFEA) como medida para evitar una catástrofe social de imprevisibles consecuencias, decían. Los dirigentes del PSOE creyeron que los andaluces eran seres primitivos que no iban a entender un plan de desarrollo emprendedor sin economía subvencionada, que no eran capaces de aceptar unos años de sacrificio y de dedicación. Lo hubieran entendido, y lo hubieran conseguido. Pero las cosas fueron de otra forma, y hoy, en lugar de tener una Andalucía próspera, hay una tasa de paro brutal y un peso del sector público descomunal, con unas necesidades financieras imposibles. En el Campo de Gibraltar y en la costa del Estrecho la economía es casi de “buscavidas”.
Tratar a Andalucía como un todo uniforme es un gran error. Las provincias de Málaga y Almería han tenido un magnífico desarrollo en los últimos años, tanto económico como social. Hay muchas empresas y algunas punteras en su campo. No ocurre lo mismo en la zona occidental, que es donde han recaído más las subvenciones. Mucha gente en Andalucía comienza a plantear una “Tabarnia” andaluza, con Granada, Málaga y Almería, quizá también Jaén, formando una comunidad autónoma separada, libre del “yugo” de Sevilla. Algo así como “Sevilla nos roba”. No hay más que ver el % de votos de PP + Cs + Vox en la Oriental respecto a la Occidental, un casi 60% frente a un 45% escaso.

El tejido industrial es escaso, quitando algunas macroempresas como Navantia en Cádiz o Abengoa. Ambas muy dependientes de circunstancias políticas y de inversión pública, sobre todo Navantia. Hasta ahora la actividad turística costera y la agricultura intensiva en la misma zona han logrado mitigar el déficit industrial, pero también tienen a veces sus pies de barro. Faltan industrias de cierta tecnología. Es cierto que últimamente Málaga y su entorno universitario han creado una cierta industria biotecnológica, pero aún es incipiente, así como la de tecnologías de la información. En industria farmacéutica (que es lo que más conozco) la perspectiva es muy baja, si bien esperemos que un “ave fénix” en Córdoba pueda tomar carrerilla y formar una compañía de entidad suficiente en el próximo futuro. Es cierto que Airbus en su planta de Sevilla es una gran empresa tecnológica, pero no es una empresa andaluza sino una filial del grupo aeroespacial europeo. Y lo mismo se advierte si se lee al informe: http://andaluciaeconomica.com/2018/05/andalucia-economica-presenta-su-xxviii-ranking-de-las-1-200-mayores-empresas-en-andalucia/.

Las empresas realmente autóctonas son pocas, y la mayoría son cooperativas agrarias o de distribución farmacéutica. Mas allá del triunfalismo autocomplaciente que destila el informe.
El sistema de subvenciones no se ha limitado al empleo agrario de peonada, sino que se ha extendido al empresariado orgánico y clientelar, originando una subclase empresarial bastante nociva, dedicada a la caza de la ayuda, siendo el escándalo de los EREs su parte más visible. No es algo que no pase en otras tierras, como ocurre con el PNV en el País Vasco, y en los tiempos del “pujolato” en Cataluña, así como en la Valencia del “aznarato”. Pero con un PIB mucho más alto para repartir.
Llegando a este punto, sobra lamentarse por el pasado, y ver el futuro con paso corto y vista larga. Si Andalucía tuviera un PIB per cápita como la media nacional, su PIB total ascendería a nada menos que a 250.000 millones de € (hoy roza los 170.000), al nivel de Cataluña o Madrid. ¿Qué haría falta para ello?
En nuestra opinión varias cosas (y muchas más):

– Una clase empresarial más avanzada y cosmopolita, menos pendiente de ayudas públicas y más de mercados exteriores.
– Lo anterior sólo es posible con una administración autonómica menos identitaria con las esencias, y por tanto más ahorradora en creaciones de acerbos culturales (Canal Sur parece a veces una guía del Califato Omeya y un canal temático de baile y gastronomía), para invertirlo en infraestructuras tecnológicas. Pero, sobre todo, conseguir que el empresario que no quiere ayudas, ni politizar su gestión (entiéndase apoyo político a cambio de ayudas), no sea un ser marginado.
– Una formación politécnica adecuada. Las universidades andaluzas están sobrecargadas de oferta en estudios islámicos (de nuevo la herencia “árabe”), antropología ibera y demás materias que ya están un poco trilladas. Me pregunto a veces por qué no existe en Andalucía algo como el Instituto Tecnológico Oceanográfico, el “MIT” del mar en San Fernando. Podría ser, por tradición marítima, el mejor del mundo, con varios premios Nobel ya en su haber. O la mejor Escuela de Ingeniería Agrícola de Europa, en Almería. ¿Por qué no un Centro de Investigaciones Medioambientales en Cazorla, Sierra de Córdoba o Doñana? El Estrecho podría ser un gran generador de energía eólica, y con empresas punteras en diseño de aerogeneración. Sé que hay centros de ese tipo, pero yo quiero cosas como el Max Planck alemán, o el mencionado MIT. No aspiremos a poco que nos quedamos sin nada.
– Infraestructuras competitivas, más allá del AVE. Un puerto moderno en Algeciras requiere una conexión ferroviaria comercial tanto hacia el Mediterráneo Norte como hacia Córdoba-Madrid. Un Corredor, como el que se reclama desde Cataluña.

No soy tan ingenuo como para pensar que el posible nuevo gobierno va a meter el diente a todo esto. De momento se han enredado en debates de género y en el siempre agrio (es un clásico) rifirrafe al celebrar la “Toma de Granada” de 1492, sobre si fue un gran triunfo militar del valiente Hernán Pérez del Pulgar sobre el agonizante Emirato de Granada o un expolio al santísimo Abu Abd Allah (Boabdil) por el infame Fernando de Aragón. Soy pesimista, los nuevos gobernantes crearán nuevos clientes, unos sustituirán a los otros y el dinero saldrá de un sitio para caer en otro. Esto no va de ideologías. sino de pragmatismo económico. No es un plan a corto plazo, ni coyuntural, ni exento de mucho esfuerzo y sacrificio, ya lo asumimos.

En su larga historia, la más documentada de España, Andalucía ha vivido su esplendor y su también su miseria. Fue una de las provincias más ricas del Imperio Romano, la Bética. Pasó el período vándalo y visigodo con más pena que gloria, para revivir fortísima bajo los Omeya. Cae de nuevo con las taifas post-omeya, más aún con las nuevas taifas, almorávides y almohades, y algo renace tras la incorporación a la Corona de Castilla. De poco valió que Sevilla fuera sede del control del oro de Indias en el XVI y XVII, con la Casa de Contratación, poco se quedaba allí. Un largo penar por siglos, con un XIX muy agitado por la invasión napoleónica y el bandolerismo posterior, adobado con las guerras recurrentes de liberales y absolutistas, hasta un siglo XX en el que aparece el turismo, y la Junta de Andalucía.
Que al menos no haya que hacer (dice la leyenda) lo que Muley Hacen, padre de Boabdil, dicen que hizo al sentirse llamado por Alá al paraíso. Dispuso que le enterraran en la cumbre más alta de Sierra Nevada, pues estaba tan harto de los seres humanos que deseaba estar lo más lejos posible de ellos. La cumbre es hoy el Mulhacén. Por lo demás, visiten la Mezquita y piérdanse en el bosque de columnas, donen, si les sobran, unos euros para la restauración de Medina Azahara y paseen por la Alhambra en un día de primavera con nieve aún en las cumbres penibéticas. Lo uno no quita lo otro.