En el verano de 1936 un joven y popular aviador, Charles Lindbergh, asistía fascinado a los JJOO de Berlín como invitado de honor del mariscal Göring. A su vuelta a EEUU Lindbergh comenzó a meterse en política bajo posiciones que hoy llamaríamos de ultraderecha, sin ocultar su admiración por los logros de la Alemania nazi. Se unió al America First Committee, una organización política que preconizaba el aislacionismo americano frente a la guerra que ya era previsible en Europa. Incluso sopesó presentarse a las presidenciales de 1940, que renovaron mandato para Roosevelt. Phillip Roth lo dramatiza muy bien en su novela La Conjura contra América. Todo el proyecto político de Lindbergh se terminó el 7 de diciembre de 1941 con el ataque japonés a Pearl Harbor.
Y poco más se supo del America First hasta la campaña electoral de Donald Trump en 2016.
Trump desarrolla su propia versión del América First, tampoco muy original, pues muchos de sus postulados ya los hemos oído con el Brexit y con nuestros locales economistas amateurs. En sinopsis la doctrina dice:
– Debemos proteger nuestra industria de forma que los trabajadores locales tengan pleno empleo
– Para ello la vieja receta de los aranceles aduaneros es lo mejor. Digo vieja porque me recuerda a los portazgos medievales.
– No se nos ha perdido nada en las disputas europeas (se refiere a Francia y a Alemania)
El libre comercio siempre ha sido la mejor fórmula para el progreso económico, y jamás lo ha sido el poner trabas al mismo. El Imperio Romano tuvo su máximo de riqueza y liquidez bajo los Antoninos: de Trajano a Marco Aurelio, el siglo II. Las mercancías y las personas circulaban libremente desde Tiro hasta Gades, y desde Britania a Túnez. Como toda economía tenía su truco: la esclavitud, o sea, mano de obra barata, que no gratis. En la Edad Media la Liga Hanseática hizo despegar a Europa de la depresión económica altomedieval y preparó la explosión del Renacimiento, que no solo fue arte y filosofía, sino sobre todo organización financiera y por tanto capacidad de crecer. Y en tiempos más recientes la Unión Europea con la libre circulación de bienes, capitales y personas recupera dicho espíritu, bastante maltrecho por las autarquías tan de moda en la primera mitad del siglo XX.
Pero los mensajes simples son los que mejor calan en los votantes, los cuales deberían ser críticos, y por tanto con buena formación. No pido nada, ¿verdad? Y el mensaje simple es: Si no importamos coches de Europa, nuestros fabricantes producirán más y habrá empleo para todos vosotros. Aplíquese a cualquier otra cosa, el mensaje es multiuso. Con ello, muchos votantes honradamente creen que pronto les llamarán para ocupar un puesto en la General Motors o en la Ford. Lo cual parece ser de lógica en el país mas importador del mundo, los EEUU. Pero la ecuación es reversible. Si pongo aranceles a mis competidores, estos me los pondrán a mí, y venderé y fabricaré menos. En el mejor de los casos me quedo como estaba.
Por otra parte, estos inventores de milagros olvidan que en un ciclo industrial moderno es casi imposible que todos los componentes del producto final puedan ser internamente fabricados. Así, en un coche, es posible que los microprocesadores vengan de Taiwan, el sistema de inyección de combustible sea alemán o la batería italiana. Si importo todo eso, con aranceles, encarezco mi propio producto. Como se suele decir, hacemos un pan como unas tortas.
No pensemos que los americanos son seres de otra galaxia. Hemos tenido que asistir en Europa, y muy especialmente en España durante la crisis pasada (o no) soflamas jaleadas por determinados partidos de nueva creación que predicaban la salida del euro y la vuelta a la peseta, a fin de poder devaluarla y jugar con su cotización para recuperar poder adquisitivo. Y ya de paso, salir de la UE para evitar la supervisión del gasto público y del déficit por parte de ese ente malvado y luciferino llamado “Bruselas”. Ante este disparate conviene recordar a dicho partido que “lucha por la gente” que, en 1956, José Antonio Girón de Velasco, ministro de Trabajo, decretó una subida salarial del 23% y provocó una inflación galopante que condujo a sucesivas devaluaciones de la peseta, a la volatilización de las divisas y por fin al Plan de Estabilización de 1959 que dejó sin empleo a mucha gente, la cual emigró a Alemania. Algo parecido le ocurre a Nicolás Maduro con el bolívar hiperdevaluado. Si por devaluar fuera, Venezuela sería líder exportador mundial. O Zimbawe, o Argentina.
Pero recuerdo las conversaciones en LinkedIn por aquella época. Si aducías que una vuelta a la peseta y devaluaciones sucesivas te provocaría un problema con las importaciones que pagarías a precio descomunal por la diferencia de cambio, te miraban como las vacas miran al tren. Si les recordabas que la deuda se multiplicaría por las mismas razones al haber sido contraída en euros, te sorprendían alegando que la deuda había que negociarla o directamente no pagarla. Con un par, oigan. Les costaba mucho trabajo entender que si no pagas una deuda no te presta dinero nadie por los siglos de los siglos. Eran los años en los que en Grecia Tsipras y el inefable Varufakis sacaban pecho en Atenas y Madrid, proclamando una especie de insumisión pagadora. No había forma de convencerles que el prestamista no había venido ofreciendo el préstamo, sino que nosotros habíamos acudido a él.
Otra soflama, que aún dura, es que rescatamos bancos con dinero de todos. Inútil explicar que no se rescata a los accionistas, sino a los depositantes. Y se evita un desastre general de imprevisibles consecuencias ¿Se imaginan a la gente perdiendo sus depósitos y quedándose sin nada? No servía para mucho aducir que la mayor parte del rescate fue destinado a Bankia y a Caixa Catalunya, entidades subyugadas por políticos de todo pelaje. Y el Estado tomó la propiedad, es decir, que los accionistas no vieron mucho dinero, más bien lo perdieron; al menos los pocos que picaron en la salida a bolsa que promovió Rodrigo Rato. Si Bankia se puede vender algún día dicho dinero se recuperará, al menos en parte.
Por tanto, vemos como el simplismo populista siempre gana …… en semifinales. En la final siempre se impone la razón y la lógica. Trump ha anunciado mil cosas y sólo cumple unas pocas, las más sencillas y vocingleras. El asunto de la guerra comercial, como se llama a esa política errática de aranceles, hoy sí y mañana quien sabe, terminará. Pero en el mientras tanto se producen daños muy serios. Inversiones paradas, decisiones estratégicas en el aire, confusión bursátil y creación de empleo pospuesta.
Lindbergh pudo ser un magnífico aviador, pero en política no dio una. Los logros de la Alemania nazi que tanto le fascinaron eran puro postureo. El aislacionismo era una inmensa tontería y se demostró cuando la implicación de EEUU en Europa y en la 2ª Guerra Mundial condujo al periodo de mayor crecimiento del nivel de vida para los americanos, en los 50 y 60. Y también para Europa, que creó la CEE, que luego se transformó en la UE. Creo que Donald Trump ya ha pasado ese periodo de sobreactuación que todo presidente americano tiene. Pasó con Obama, y sus planes sociales de imposible cumplimiento en la sociedad americana, y también con Bush Jr. cuando afrontó que los Ejes del Mal eran algo más complejo que un comic de la Marvel, con el Capitán América derrotando al pérfido Doctor Corán y sus superpoderes.
Y, ¿por aquí? Pues lo mismo. Pedro Sánchez todavía está en su periodo de símbolos y actuaciones, algo perdido por su asesor de comunicación, que parece un “coach” de Operación Triunfo.