La Independencia llegó, y como la primavera, nadie supo como fue. Tras las euforias iniciales, las marchas multitudinarias, y los llantos y las lágrimas, fueran de felicidad o de pena, la vida continuaba. La estelada ondeaba solitaria en los edificios públicos, sin molestas rojigualdas a su vera, y mucha gente aún ostentaba su pin en la solapa, cada día menos.
No fue muy distinta a las que la precedieron, ni tampoco a las que la sucedieron. Un gran clamor de banderas tremolando al viento de la patria, nueva o vieja, según se mirase, iconos modernistas y arcaicos, desde Wifredo el Velloso a Carles Puigdemont, pasando por Prat de la Riba y sin olvidar a personajes de los que nadie había tenido noticia hasta el momento. Icónica era la foto de Puigdemont bajando de un avión y clamando que “Ya estoy aquí”. Como en toda independencia aparecieron las facturas a pagar, los honorarios de aquellos que se ponían la etiqueta de “héroes de la independencia”, que cual “Simones Bolívares” exigían el pago de sus servicios a la patria. Había que nombrar a mucha gente ministro, director de algo, secretario de algún negociado o incluso observador mayor del post-proceso. Nada que no se hubiera visto con anterioridad en la larga historia del mundo.
Aquel 10 de septiembre de 2025, como todos los días, Joana y Ruth coincidieron en El Racó Blau, la cafetería en la que desayunaban desde hacía años, pero hacía tiempo que Joana no iba. Tras los saludos de rigor, conversaron un poco.
– ¿Qué tal te va?
– ¡Uf!, agotada. Esto de la Diada es tremendo, la organización, ya sabes, la lleva mi departamento en Presidencia del Gobierno. Y sin Gobierno, desde las elecciones de Julio.
– Bueno, pero ya eres funcionaria
– Eso sí, tras años de paro, ahora tengo trabajo asegurado. Podían pagar más, pero ya lo dijo el presidente, esto de la independencia no es gratis, y menos con el robo que nos ha hecho España, negándose a devolvernos el dinero que nos debe. Menos mal que el Tribunal de la Unión Europea nos van a dar la razón. ¿Y tú? Ya no vienes por aquí tan a menudo
– Pues no muy bien. La multinacional farmacéutica en la que trabajo ya ha anunciado un ERE, reducen el personal en Barcelona y a muchos nos ofrecen el traslado a Madrid, a la nueva filial española. Yo ya estoy fuera, y no me apetece ir a Madrid, me queda mucha hipoteca por pagar.
– No lo entiendo, si estamos ya en la Unión Europea.
– Sí, pero al igual que hay filiales en Holanda, Francia y en Italia, debe haber una en España, y esto ya no es España.
– No te preocupes, va a haber boicots para las empresas que hagan eso.
– No te has enterado de nada, Joana. Esto no va de patrias, sino de dinero.
– Oye, pues que se vayan, nos bastamos y nos sobramos, y ahora, tengo que dejarte.
Ruth se dio cuenta de lo que estaba pasando, ella era solo una estrofilla en el gran poema de la independencia de Cataluña. ¿A quién le importaba su problema? Ojeó y hojeó el periódico en el móvil, repleto de política nacional, algo de Europa, y poco de España, salvo el litigio con la reclamación de 90.000 millones de € al Gobierno de España. En Madrid gobernaba una coalición del PP y VOX, ya que la reacción a la independencia de Cataluña, ocurrida en 2020, había sido tan brutal que eliminó al PSOE de la vida política y dejó a PODEMOS en el chasis. Nada fue igual desde entonces, ni al norte ni al sur del Ebro.
Cataluña se convirtió en un país bastante convencional en lo político. La nueva constitución catalana, redactada a toda prisa, no era un prodigio de originalidad. Según el texto, Cataluña era un estado social de derecho, etc…, e indivisible, con la excepción del Valle de Arán. Y era “república presidencialista”, al mejor estilo de la “Republique Francaise”. Con la cual había frecuentes malentendidos a cuenta del Rosellón y la Cerdaña. Algunos diputados del Parlamento de Cataluña habían sido detenidos en Perpiñán al participar en actos reivindicativos de la catalanidad de aquellas tierras, lo cual en París hacía saltar todas las alarmas.
La situación se complicaba. Con arreglo al Código Penal de Cataluña, aprobado de urgencia, como casi todo, un partido que promueva la división de Cataluña podía ser ilegalizado. Y era el caso de Cs y PP. Se los ilegalizó, y sus diputados tuvieron que abandonar el Parlamento. Protestaron ante los Comités de Derechos Humanos, los cuales no les hicieron ni caso, al considerarles fascistas. Pero no desparecieron, ahí estaban haciendo su labor. La CUP exigió su detención inmediata, pero el presidente no quiso más problemas y los dejó hacer. Ni aceptó la eliminación del castellano en las películas o las televisiones, nadie renunciaría a ver Telecinco y a Belén Esteban expresándose en castellano cheli sobre su último romance. Además, los cargos municipales de Cs tuvieron que jurar la nueva Constitución, so pena de tener que renunciar al cargo. No todos lo hicieron, entre ellos un concejal de origen francés que se negó a abandonar su cargo, elegido en mayo del 2019, y ofreció el espectáculo de ser detenido y expulsado de Cataluña por los mozos. Se exigía por ley la nacionalidad catalana a los cargos electos, y él era ciudadano francés. Se negó a solicitar el pasaporte catalán, como muchos otros de Cs, que estaban en el limbo jurídico de la nacionalidad.
No era todo. Con la independencia ya conseguida, había pocas diferencias entre ERC y el PSC, y muchos miembros del último se unieron al primero. Otros se retiraron de la política, al no encontrar su sitio. Y el PDECAT se transfiguró en lo que siempre había sido, es decir, la derecha. Los Comunes se fusionaron con la CUP en parte, y en parte se fueron a casa, pero pronto comenzaron a exigir al presidente nacionalizaciones, expulsiones de elementos “fascistas” de Cataluña y cierre de medios de comunicación capitalistas, o sea todos. Apareció una derecha radical, tipo VOX, expulsora de inmigrantes ilegales, ultracatólica y anti-abortista. Hasta tenían buenas relaciones con VOX, pues por encima de Cataluña estaba la política contra la inmigración ilegal y las bendiciones de los mosenes del Osona, y del abad de Montserrat.
Además, las visitas continuas de políticos rusos a la Generalidad no eran la mejor propaganda con Europa, y con Trump ya fuera de la Casa Blanca, los americanos comenzaban a mosquearse.
Cataluña era como todos los países, con su derecha, su izquierda y sus extremos. Ya no había línea de independencia sí o no, había pugna derecha e izquierda. Pronto el presidente tuvo que soportar que le llamaran traidor por no decretar la nacionalización de los bancos, o ser llamado la derecha recalcitrante por parte de ERC, con su orondo líder crecido y carismático tras su salida de prisión, revestido de santidad laica y exhibiendo martirologio. A ello se unió el caos fiscal. Había que subir impuestos, pues España se negaba a entregar los millones que según el Gobierno Catalán se le debían, pues éste a su vez se negaba a devolver la deuda contraída con España por el Fondo de Liquidez Autonómica. Lo malo era que los insolidarios mercados se negaban a prestar dinero a Cataluña, por riesgo de impago, salvo a un interés de usura. Los tipos impositivos del IRPF eran casi confiscatorios, había que pagar a más funcionarios, más policías, unas fuerzas armadas modestas, pero costosas. La independencia no es gratis, proclamaron desde presidencia. Acordaros lo que costó la reunificación en Alemania, apostillaron. Las promesas de la independencia no se cumplían, y los perros no se ataban con longanizas. Lo mismo había pasado en Croacia, en Eslovenia, en Lituania y otras partes.
Muchos ciudadanos, no conformes con la independencia, decidieron ir a vivir a otra parte de España, lo que provocó una gran masa de pisos en venta, arruinando los precios, por exceso de oferta. Los cuales subieron en Madrid, por exceso de demanda.
No hubo más remedio que convocar elecciones para el Parlamento, ERC saboreaba ya la victoria, según encuestas. Se celebraron en julio de 2025, y ni Cs ni PP pudieron presentarse, al estar ilegalizados. Pero hicieron como los batasunos, buscaron otra identidad, y aunque no hablaron de revertir la independencia, todos sabían quiénes eran. Las encuestas ya no servían para nada. De aquel 52% de síes del referéndum del 2020 poco quedaba ya de certeza. Ni de aquel 48% de noes. En realidad, sólo había dos partidos, el de los que habían salido ganando y el de los que no habían ganado nada, o perdido algo.
ERC era ya un partido socialdemócrata, bastante aglutinante de la clase media, y de “Esquerra” tenía el nombre. Y Cataluña Ciudadana, la antigua Cs, era la nueva derecha, partidaria de rehacer las relaciones con España, y de la economía liberal. Su lema de campaña, “la Independencia es muy cara”, estaba calando en los que no se había beneficiado del proceso de independencia, y era bien comunicado por su lideresa.
Efectivamente, ERC ganó las elecciones, con 50 diputados, PDECAT fracasó con sólo 5, y la nueva CUP-Comuns, 3 (a la gente no le gustaba la bronca). Cataluña Ciudadana (antigua Cs) consiguió 45 y la gran sorpresa, el Frente Nacional de Cataluña, la extrema derecha consiguió 32. PP desapareció ¿Qué hacer? ¿Aliarse con la extrema derecha para gobernar, pensaba el orondo líder? Lo mismo los ex Ciudadanos. Ambos sumaban si se unían al Frente Nacional. Lo malo era que en el Frente había de todo, pro y anti independencia, y solo Dios sabía que podía pasar allí, aparte de expulsión de inmigrantes ilegales y penalización del aborto. Y muchos catalanes estaban de acuerdo, a pesar de la intención de la CUP de ilegalizarles. Señores, ya hemos ilegalizado a Cs y al PP. Ahora ilegalizar al Frente Nacional, y después nos ilegalizarán a nosotros mismos, dijo un alarmado presidente.
El líder republicano, cual Hamlet dubitativo, se preguntaba: ¿Cuál es la esencia del votante? ¿qué quieren en el fondo los catalanes? ¿desean acaso un gobierno de mezcla, o desean un monolito? ¿qué hacer con los que no quieren la independencia?
Algo parecido se preguntaba la lideresa ciudadana, en sentido contrario.
Los empresarios presionaban, los ciudadanos se hartaban, el tiempo pasaba, sin que nadie encontrara la solución. Y lo peor para algunos: El Barça sin poder jugar la liga española por oposición de muchos equipos. La liga catalana la ganaba el Barça siempre, a pesar de que el Girona prometía, y la española el Real Madrid casi por decreto.
Ruth, terminado su tercer café, pensó: “¿Y si el líder y la lideresa entienden que entre ambos representan al 75% de los ciudadanos y deciden que lo mejor es unirse en un gobierno? El líder que sea un poco menos independentista y la lideresa algo más”. Pero qué tonta soy, ¿eso como va a ser? ¿quién soy yo para opinar?
Y se fue directa a las páginas de búsqueda de empleo. Con independencia o sin ella, había que comer.
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