Hasta esa fecha, las cosas estaban más o menos en manos de los científicos, en sentido muy amplio al incluir a gestores de salud. Pero en ese momento los perspicaces gerentes de los medios de comunicación vieron el cielo abierto y se lanzaron a protagonizar la “pandemia” y a dirigir de facto su gestión, ante un gobierno bastante ignorante y afecto de parálisis cognitiva y ejecutiva.

Aparecen los magazines matutinos y vespertinos a cargo de las Anarosas, las Susanas, los Garcíaferreras y los Jorgejavieres, así como las hojas parroquiales que aquí llamamos “prensa digital”, lanzados en tromba a emitir doctrina, a transmitir consignas y a ser los inquisidores de toda desviación ideológica. Mientras los científicos, atónitos, declaraban: “tenemos pocos datos, es posible que el mecanismo de replicación del virus sea éste o el otro, hay que ensayar muchos más casos……”, la guardia pretoriana de tertulianos – sospechosamente siempre de acuerdo con las tesis del director del programa – soflamaban: “es indudable, lo que hay que hacer, y ya, es … ; quién no quiere ver esto es que es un ignorante”. Las sentencias de los tertulianos son calcadas a las que las oíamos hace unos meses con el cambio climático.

Este periodismo de eslogan y proclama, para el que todo día es “histórico”, ha estado años y años afirmando que teníamos “la mejor sanidad del mundo” – la pública, por supuesto – y que toda crítica a un profesional de dicha sanidad era injusta y propia de fascistas resentidos. Y de eslogan en eslogan y de arenga en arenga, pasamos del “yomequedoen casa”, “la salúesloprimero” y el “yoaplaudoalasocho” al “usa la mascararilla”, y por medio el “sécívico” y el “esportubien”. Bien apoyados por entrevistados que ellos creen que son científicos – son burócratas de entes gestores de salud – hacen la pregunta y también la respuesta: ¿No es verdad doctor Fulano que, gracias al confinamiento, hemos salvado vidas? Si la respuesta es un “sin duda”, la cara de satisfacción del periodista es notoria, pero si es no, o es poco afirmativa, el periodista hace mohines, cambia de tema o pasa a la publicidad. Otro apoyo es la entrevista en la calle a ciudadanos para pedir su opinión sobre tal medida gubernamental, la cual, invariablemente, suele ser una validación de las tesis del programa, sospechosamente nadie está en desacuerdo. Todos al unísono se unen al coro de palmeros.

El periodismo español está lacrado por el hecho de haber sacralizado la licenciatura en Periodismo (o sus polimorfos académicos existentes) en la que hay mucha ideología y poca ciencia. Es inaceptable que un periodista no tenga en su formación una importante base científica, más allá de Popper y de los paradigmas de Kuhn. Si la tuvieran, no veríamos a esos supuestos divulgadores científicos que usan los medios, a los que ves bastante faltos de nivel para discriminar lo que es ciencia de lo que es opinión de un científico. En el tema del SARS-CoV-2 se notaba mucho que cuando explicaban, o trataban de explicar, lo que era un ensayo clínico, se advertía que recitaban lo que alguien les había escrito o lo que habían “copia-pegado” de una página de la FDA o la EMA, generalmente mal traducido, como llamar “cloridos” a los cloruros. Ni asistiríamos aburridos como dice una y otra vez el periodista superstar que “él no sabe de esto pero que…” y nos suelta una filípica de media hora. Los ves trabados para leer una cifra algo compleja: son dos millones cuarenta mil y trescientos mil…. no. queremos decir doscientos mil millones cuarenta millones trescientos mil …

En la televisión alemana (pública y privada) ha habido un magnífico ejemplo de comunicación madura y adulta. Allí, científicos de verdad del Robert Koch y del Max Planck, aparecían con diapositivas y medios interactivos para explicar, informar y formar al ciudadano sobre lo que es un virus, como se comporta inmunoquímicamente, y como se replica, como se combate, con total honestidad: si no lo sabemos no lo sabemos, y les contamos como estamos progresando. Y cuestionando críticamente todo: si el confinamiento era bueno o malo, en qué condiciones, qué ventajas y qué desventajas tiene. Todas las opiniones eran admitidas a priori, y nadie era anatematizado. Cree mucha gente que esta comunicación abierta y crítica ha sido parte del éxito alemán. En España, por el contrario, hay pavor a analizar críticamente los hechos, y sobre todo algo esencial: Si el confinamiento era la única solución, se ha llevado por delante la economía y además tenemos uno de los peores resultados en eficacia clínica, ¿de verdad ha sido un éxito y era la única solución? En las homilías dominicales del Padre Pedro se afirma sin rubor que es “La Ciencia” quien dicta las decisiones del Gobierno. No he visto una sola voz crítica en los medios, sólo he visto asentimiento y arrobo genuflexo. Muy al contrario, les vemos como adolescentes jaleando “una nueva sociedad”, “una nueva realidad”, una “nueva normalidad”, “nada será como antes”, “seremos mejores” y “juntos venceremos”. Esta última me recuerda el “venid y vamos todos con flores a María”. Eso es hacer propaganda, pero no es informar.

Esta falta de espíritu crítico se pone hoy de manifiesto cuando la OMS recomienda que se incluyan como fallecidos por SARS-CoV-2 “los casos sospechosos aún no confirmados”, y nadie protesta o contradice esta profunda antítesis de lo que debe ser rigor. Con esta norma cualquier patología puede aumentar su mortalidad de forma espectacular mientras otras la disminuyen.

La sanidad española no es la mejor del mundo, pero el periodismo español puede ser de los menos buenos del mundo. Sobre todo, entre lo que confunden ser un tocagónadas con ser un crítico.