Como un batán, dos veces por año los medios nos machacan con los mismos tópicos sobre el cambio de hora en la UE. Las cantarinas bocas mediáticas se llenan de “ritmos circadianos”, “ansiedades sobrevenidas”, “dificultades para conciliar el sueño” y varias “cronopolleces” añadidas. A ello se suman estudios rigurosos (nunca nos dicen qué y cómo se estudia) que demuestran un ahorro energético valorado en muchos millones de euros.
Lo que me deja estupefacto es oír a alegres tertuliamos decir cosas como estas:

– No es lógico que amanezca a las 6. ¿A las 6 de donde, de Vigo o de Vladivostok?
– He estado unos días en Viena, y ¡anochecía a las 4 de la tarde! Sí, y a esas mismas 4 estaba amaneciendo en Los Ángeles, diez horas solares menos.
Cuando hacen el cambio de hora me encuentro mal varios días. Esto te lo suelen decir “artistas” que rara vez se levantan cuando es de noche y los amaneceres solo los ven en foto.
Incluso alguna Comunidad Autónoma, como Baleares, ha “exigido” tener su propio huso horario.
Afecta a la percepción del tiempo neuropsíquico. Esto no sé lo que es, con franqueza.

Durante muchos años, y lo que queda, hemos tenido los españoles que aguantar las gracias sin gracia del anglosajón o teutón patoso (junto a Newton y Gauss, estos países también producen patanes) sobre los horarios que por aquí usamos. Ya saben, los españoles comen a las 2 y cenan a las 10. Cuando me lo dice un señor de Viena, intento razonar: yo como y ceno a la misma hora que usted. Mire, Herr Swarovsky, entre Viena y Madrid hay una diferencia de longitud de unos 1.500 km (distancia entre meridianos, que varía con la latitud), y unos 900 km en latitud (distancia entre paralelos, que es constante). Esto significa que un punto de la Tierra tarda (o si se prefiere, aunque sea incorrecto, el Sol “tarda”) 1 hora y cuarto en recorrer esa distancia. O sea, que yo ceno a las nueve menos cuarto, si queremos comparar tiempos solares. Como además nos separan 8º de latitud, en el invierno boreal. usted ciudadano de Viena, tiene casi 45 minutos menos de luz solar que yo. Ambos efectos combinados por medios de trigonometría esférica nos conducen a que usted y yo vivamos separados por casi 2 horas solares. Para entendernos, sus 22 son mis 20, y sus 14 mis 12. Tenemos los mismos hábitos de vida. Y para que usted pueda ir a trabajar bajo bellos amaneceres, yo he de pasar varias horas de oscuridad cuando me levanto a las 7, como usted, sólo que para el Sol en Madrid son las 5.

En las latitudes de Viena y Madrid (48º y 40º latitud Norte), la Tierra se mueve a unos 1200 Km/h (en el Ecuador llega a los 1600 km/h, y en los polos es 0 Km/h). Por tanto, estando separados por una longitud de 1500 km, el Sol llega algo más de una hora después a Madrid.
El asunto estriba en el famoso CET (Central European Time), que como su nombre indica está muy pensado para Europa Central. De hecho, es válido desde Finisterre hasta Budapest, a más de 2.000 km entre meridianos a la latitud de España. Este horario fue adoptado por casi toda la Europa continental, y lo iniciaron el Imperio Alemán y el Austrohúngaro en 1893. Como siempre, Gran Bretaña y la anglófila Portugal no lo hicieron y se ubicaron en una hora menos, el GMT (Greenwich Mean Time). España estuvo en ese huso horario hasta 1940, algo había que darle al Führer, ya que no se le podía pagar el armamento, las dietas y los bonus de la Legión Cóndor. Y hasta la fecha. Desde 1974, además, hacemos el cambio de hora de verano y de inverno, algo después de los equinoccios de primavera y otoño. Hay países con varios husos horarios al ser muy grandes, como EEUU o Rusia, pero España también con Canarias.

En estos días, el Gobierno se dispone a nombrar un Comité de Expertos, que analicen la conveniencia de que estemos en CET o en GMT. Una vez que la UE parece estar dispuesta a eliminar los cambios de hora de verano e invierno. Y estos expertos, según informa la prensa: “El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció aquel mismo día la creación del comité de expertos, cuya misión será saber exactamente qué conviene en términos de productividad, de calidad de vida, de bienestar social y de ahorro energético”.

Me temo que, entre esos expertos y se habla de 14, no habrá ningún astrónomo.
La historia del tiempo oficial es larga, el Imperio Romano ya tenía su hora oficial: la prima, la secunda, la tertia, la sexta, ……. la nona (hora legal en la que los forenses evangélicos certifican la muerte de Jesucristo), y dividían el día en 24 horas, pero …… no duraban igual todo el año. Así, la hora nona podía durar más de 70 minutos en verano, y menos de 50 en invierno. La hora nona en la Pascua Judía del año 33 dJC debían ser las 2 de la tarde actuales (huso horario de Roma, en Jerusalén serían las 3 actuales). Tenía sus ventajas, sobre todo adecuar la rotación y traslación terrestre a la vida civil. Pero era un caos para fijar horas exactas, había que tener en cuenta el día exacto en el que vivías. Imaginemos a Cayo Estólido, tribuno de la Legión XIIIª indicando a sus oficiales que atacarán a los feroces bárbaros tocanarigones en una hora. ¿La hora de cuándo y de dónde? porque estamos en el quinto pino y no sabemos lo que dura ni el día ni la noche.

Las cosas se fueron racionalizando con los años, y son más simples (o lo eran, hasta que los eurócratas las complicaron). Definamos las 12 horas locales como el momento en el que el Sol cruza el meridiano local. 12 horas hacia atrás y doce adelante definen el día de 24 horas. Ya se vislumbra un problema: cada punto tiene un meridiano propio, y puede haber 360 husos horarios, si lo paramos en la precisión de un grado de arco. Por motivos prácticos, se admitió que en 10º de longitud, unos 800 km en la latitud de España podían convivir con un mismo huso horario, a pesar de que hay diferencias notables entre Galicia y Cataluña en las horas de amanecer y ocaso. Ahora bien, entre Elvas y Badajoz, separadas por menos de 1º de longitud, “amanece una hora más tarde”, oficialmente, pues Portugal sigue GMT. Pasa en cualquier país que tenga una gran distancia en longitud, como ocurre en la Península Ibérica, unos 1.000 km. En Francia hay 800 km entre Estrasburgo y Normandía, y en Alemania 600 km entre la frontera del Oder y Stuttgart. Muy limitado es el efecto en Italia (estrechita) o en Gran Bretaña.
Todo esto queda muy bien, pero la Tierra sigue rotando en 24 horas aproximadamente, si bien poco a poco lo hará más lento, hasta que se detenga y el día o la noche serán eternos. El planeta pierde momento angular y la velocidad de rotación se hace más lenta. No se preocupen, faltan miles de millones de años para eso. Y el eje terrestre oscila (precesión de equinoccios), como una peonza, y el solsticio de verano boreal será en enero de nuestro calendario actual. La estrella polar ya no será la Alfa Ursae Minoris (la de la colita de la Osa Menor), sino otra.

Ante estos hechos considero que toda esta algarada mediática sobre perniciosos efectos sociales y salutíferos sobra, y conviene pensar como geómetras y astrónomos. De hecho, son sólo dos decisiones a tomar:

Sobre la rotación terrestre ¿En qué huso horario debe estar España? ¿En CET o en GMT? Dado que el meridiano de Greenwich pasa por Fraga, Castellón, Denia y Altea, para luego perderse en el Mediterráneo hacia Argelia, la respuesta es simple: Sí, estamos en la posición geográfica lógica para vivir en el tiempo GMT. De forma que los habitantes de Baleares y Levante no deben poner pegas. De paso unificamos tiempo con Canarias, y se olvida el entrañable “una hora menos en Canarias”. Ya cenaremos a la misma hora que Herr Swarovsky en Viena. Oiga, mi empresa es alemana, y debo coordinarme con sus horarios para las telecoms. Bien, y la mía es de India y ni le cuento mis problemas.
Sobre la inclinación del eje y la órbita terrestre ¿Debe cambiarse la hora en verano e invierno? No hace falta, pues hay un método mucho mas simple: En invierno la hora de entrar a trabajar se atrasa. Si en verano es a las 8, en invierno se entra a la 9. Y se cambia de nuevo en marzo a las 8. Lo mismo la hora de salida. Oiga, eso es muy complicado. Pero si lo hacen ustedes todos los años en junio y septiembre con la jornada intensiva. Algunos me dirán y con razón, que para el caso es lo mismo, el día del cambio de hora de entrada duermo una hora menos. Lo hacemos en fin de semana, como ahora, y ni se nota el lunes.

Con ello nos ahorramos “expertos” en “cronopolleces”, tertulianos conocedores de los ritmos circadianos, traumatólogos de la ansiedad “cronogénica” y demás “nínfulos” opinadores.
En cierta forma volveríamos al sistema romano, que no es tan descabellado, adaptamos la hora a nuestras vidas, y la hora sexta pueden ser las 1130 o las 1200 según tengamos al Sol ese día. La siesta la hago (siesta viene de eso, precisamente, de hora sexta, el descanso cuando el calor aprieta al mediodía) cuando el Sol lo diga, no cuando el reloj oficial lo ordene. Claro que podíamos tener horas de duración no uniforme, como los romanos, pero preveo caos y desconcierto, a pesar de que construir relojes sincronizados con la órbita terrestre no sería complejo hoy en día.
Ya saben: “Et circa horam nonam clamavit Jesus, voce magna dicens: Eli, Eli, lamma Sabacthani!”. Las 1500 CET del año 33 dJC.