Hace ya 20 años que la Estación Espacial Internacional (EEI) orbita en torno a la Tierra. En una órbita baja (500 km), una masa de 500 toneladas (como un Airbus A380) navega a una velocidad orbital de unos 28.000 Km/h.  Por ella han pasado cientos de astronautas-investigadores de muy diferentes nacionalidades. Y allí se han realizado muchos experimentos basados en qué efectos tiene la falta de gravedad (en realidad es microgravedad) sobre determinados fenómenos físico-químicos y biológicos. Como la cristalización de proteínas sin gravedad, nuevos materiales o respuesta a fármacos.

Y la pregunta surge rápida: ¿Y eso para qué vale? Pues para muy poco. Si lo que se pretende es conocer cómo responderá un organismo humano a una ausencia de gravedad prolongada, la cosa se resuelve de forma muy contundente. Salvo un viaje a Marte, que como poco duraría 1 año, o a alguna luna de Saturno, este ya de varios años, los demás viajes espaciales con seres humanos a bordo no tienen sentido. Una tripulación con destino al sistema de Alfa Centauri necesitaría varios siglos en llegar, y de poco vale la experiencia de unos meses en la EEI. Además, una nave espacial de larga travesía llevaría un sistema de gravedad artificial incorporado. Pero por encima de todo, lo lógico es enviar misiones no tripuladas. El desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial lo permitirá.

La EEI ha tenido un coste de más de 150.000 millones de $. Los fondos salen de la NASA, La ESA (Agencia Espacial Europea, donde España aporta un 8%) y sus equivalentes en Japón y en Rusia. Para otros propósitos más útiles existen satélites especializados mucho más baratos: climatología, campo electromagnético, telemetría, observaciones astronómicas, exoplanetas, y muchos más.

Sin embargo, las Voyager I y II, lanzadas en 1977 llevan más de 40 años navegando. Han dado un resultado espectacular sobre la estructura del Sistema Solar exterior, y han enviado una inmensidad de datos sobre los planetas gaseosos y sus lunas. Ya han abandonado el Sistema Solar, y se adentran en el espacio profundo, más allá de la Nube de Oort. Sus generadores de energía por radioisótopos apenas dan ya una potencia de 30 watios, y a la distancia que están la señal llega con unos pocos mili-watios. Pero llega y seguirán operativas hasta 2022 o más. Su coste ha sido de menos de 1.000 millones de $.

Es uno de los mejores ejemplos que se me ocurren para ilustrar el hecho de como se confunde inversión en I + D con un cierto postureo científico. La Estación ha servido para publicidad patriótica, siempre hay “un astronauta primero en algo”, el primer español, el primer astronauta sacerdote, el primero que ha ganado la final de cricket, la primera que es parlamentaria o cualquier otra cosa que parezca extravagante para un astronauta. Hay infinidad de documentales en los que aparecen los ocupantes de la Estación haciendo sus numeritos, mostrando como se bebe agua, o como se come un merengue en microgravedad, solo faltan escenas de sexo en programas de cotilleo, o retransmitir un Gran Hermano Espacial. Pero poco se sabe de los hallazgos que allí se han hecho, aparte de la ingeniería, y la digitalización de los sistemas de navegación orbital que permiten un alto automatismo y unos acoplamientos muy precisos de las naves nodriza.

Pero para mucha gente, la Estación es una I + D de primera clase. Lo hemos visto en España, cuando se nombra a un antiguo habitante de la Estación como Ministro de Ciencia, Pedro Duque. Hemos oído a tertulianos calificarle como “científico de primera línea”, lo cual parece bastante presuntuoso.

Y hay más ejemplos de ciencia patriótica: el programa Apolo de vuelos a la Luna no sirvió más que para hundir económicamente a la URSS, cuyos ineptos dirigentes entraron al trapo y se gastaron lo que no tenían para no ser menos que los americanos, sin conseguirlo. Los Apolo volaban con tecnología de la IIª Guerra Mundial, no aportaron gran cosa a la ciencia, si acaso a la ingeniería aeroespacial. Dicho esto, el sistema capitalista americano consiguió convertir el programa Apolo en una fuente de riqueza increíble. Empresas como Boeing, McDonnell Douglas y la mayoría de la industria aeroespacial, facturaron miles de millones de $.

Otros gastos, como pensiones, sanidad, educación, son sometidos a riguroso escrutinio público y ciudadano. ¿Por qué no pasa lo mismo con los de I + D? ¿Por qué se acepta sin rechistar que todo lo que sea gastos en I + D es sagrado y fuera de toda crítica? Pues porque la Ciencia sigue siendo un arcano para la mayoría de la población. Y sobre todo para los opinadores de tertulia y articulistas, la mayoría de los cuales se emocionan con arrobo lacrimal cuando se habla de Schopenhauer, Spinoza, Lacan y otros filósofos, pero que demuestran una incultura científica que asusta. Y hasta presumen de no saber nada de ciencia, ni siquiera lo admiten como una carencia grave que debería solucionarse. Creo que para ser un buen periodista no basta con la consabida licenciatura en Comunicación; hoy debe añadirse un conocimiento medio en Ciencia, y como funciona.

Con estas carencias es muy difícil tener una opinión pública crítica que distinga entre I + D útil o de simple postureo. Pero dicha crítica es necesaria para evitar cosas como estas, que se soflaman de forma general:

  • “Si aumentamos la partida presupuestaria en los PGE (Presupuestos Generales del Estado en España) lucharemos contra el cambio climático”. Como si la físico-química atmosférica entendiera de fronteras y sobre todo qué se hace con esa partida presupuestaria. La ciencia es eminentemente “preguntona”, cuando no de un escepticismo obsesivo, y eso no es negacionismo.
  • Perder el tiempo y el dinero (la costosa “serialización”) en luchar contra los fármacos milagro o falsificados. Cualquiera con una cierta formación puede deducir, o al menos intuir, que las neuropatías por diabetes no se curan con “un aporte de cannabidiol” en forma de aceite esencial de no se qué. Ni que “la milenaria medicina china” ya sabía como revertir un proceso artrítico, mediante la ingesta de cartílago de tiburón. Ni que un fármaco sin código nacional en la caja no es un fármaco.
  • Dejar de oír apocalípticas filípicas relativas al enorme riesgo de los “alimentos no naturales”, como si el aminoácido L-alanina tuviera una estructura molecular distinta si se sintetiza en una planta o en un laboratorio de química orgánica, aunque se la riegue con agua bidestilada. Sigue siendo el ácido (2S)-2-aminopropanoico. Y pagar el doble por un alimento “natural”
  • Rechazar de plano la energía nuclear y pagar un Potosí por la electricidad, sin saber ni como funciona un reactor nuclear de fisión. Se habla del “accidente nuclear” de Fukushima, donde no hubo ningún accidente, solo la irresponsabilidad de construir una central nuclear en zona “tsunami”.

 En ciencia, como en todo lo humano, hay mucho de encanto personal y de saber venderse. Así, muchas ciencias de moda, como las “redes neuronales”, gozan de preferencia en asignación de fondos. Las aburridas charlas de Eduard Punset, y sus “reedeees”, así como un hábil manejo de las palabras “Alzheimer”, “Cognición”, “Epilepsia”, han hecho que sea noticia de moda en los medios cualquier “avance” en este punto. Y cuanto más esotérica parezca la cosa, mejor para los periodistas. Ahora bien, si algún investigador solicita fondos para estudios de esfingomielina y su interacción con determinados derivados del ácido oleico, es posible que le ignoren, sobre todo si es una persona tímida y poco habladora. Hay ciencias muy mediáticas, como la búsqueda de exoplanetas (otro ejemplo de escasa utilidad), o la robótica (esta muy útil, pero bastante mal entendida). Y otras que son hasta antipáticas, como secuenciar genomas para prevención de enfermedades hereditarias, cuyos investigadores son confundidos con científicos de la Marvel, el Doctor Genomio, que busca dominar el mundo por manipulación genética.

Como decíamos, la Estación Espacial Internacional ha sido un derroche de dinero (público) del que poca gente se ha quejado. Basta con decir que “algunas investigaciones allí realizadas” tiene que ver con el cáncer, y todos satisfechos. En la página de la NASA:

 (https://www.nasa.gov/audience/forstudents/nasaandyou/home/science-iss_bkgd_sp.html)

podemos leer: “El entorno de micro gravedad en la estación espacial abrió el camino para mejores métodos de micro encapsulación en la Tierra, que consiste en un proceso de formación de micro esferas que contienen varias drogas. La micro encapsulación ofrece una mejor liberación de drogas (sic, quiere decir fármacos) en el caso de varias enfermedades, incluyendo cáncer y diabetes”. Tras leer varias veces la reseña no es posible entender claramente cuál es el efecto de la microgravedad. Y si el desarrollo galénico hecho en microgravedad es reproducible en una fábrica terrestre. Pero la palabra mágica “cáncer” ya está dicha, y eso le vale al público.

Como en el Apolo, la EEI ha tenido la gran utilidad de crear una buena industria aeroespacial, sobre todo en Europa y Japón, así como poder formar cuadros técnicos de alta cualificación.

El siguiente macro-gasto que se avecina es lógicamente el viaje tripulado a Marte, probablemente sin retorno posible para la tripulación. Y será tan inútil como el Apolo o la EEI. Nada hay en Marte que vaya a mejorar nuestras vidas, ni vamos a encontrar ninguna explicación radical a la formación de la vida en la Tierra. ¿Recursos mineros o nuevos materiales? Puede ser, pero ¿cómo los traemos a la Tierra? ¿En una órbita de transferencia de muchos millones de quilómetros? ¿Cientos de toneladas de masa luchando contra el campo gravitatorio de Marte, pequeño, pero apreciable? Se puede decir que cuando se desembolsó una fortuna para fletar la flotilla de Colón, tampoco se sabía qué réditos iba a dar. Es cierto, y sus críticas tuvo en la época por lo mismo. La diferencia estriba en el hecho de que al menos se buscaba algo concreto: especias. No se encontraron, pero el oro y la plata era un consuelo, así como las patatas.

Mientras, las humildes Voyager siguen su camino, casi eterno. Una en el plano del Sistema Solar y la otra sobre él. Portan un disco de oro (que ilustra este artículo), “Los Sonidos de la Tierra”, entre los que hay una grabación del “Johnny B. Goode” de Chuck Berry. Por poco más de 1.000 millones de $. 00000000