En enero de 1961 John F. Kennedy pronunció su discurso de investidura como presidente de los EEUU, y entre otras cosas pronunció una frase famosa, calificada de “histórica” – adjetivo muy devaluado por abuso – cuya traducción es más o menos así: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país.”
Esta frase ha sido repetida por los nuncios de la santidad laica de forma machacona, y siempre como estandarte de positividad, lucha contra la adversidad, erección tras la caída (erección del cuerpo, no me sean rijosillos) y cuantas virtudes debe tener un ultramoderno proactivo y emprendedor. La usan ad nauseam cuantos gurús y “coaches” pululan por el universo social y empresarial.
Junto a ella, se usan otras muchas citas de eso que vamos a llamar “santos laicos”. Personas de relevancia social y mediática (que rima con maniática) a quienes se atribuyen gloriosas frases que se citan para apoyar una tesis o su antítesis. Con frecuencia son apócrifas, están mal traducidas y peor transcritas, y cambian de autor según conveniencia. El caso más representativo es Albert Einstein a quien se atribuye haber dicho cosas que jamás pudo decir, por ser de tal banalidad lo que dicen que dijo que se hace difícil entender como con tanta superficialidad pudo formular la gravedad relativista. A él se añaden Steve Jobs, santo patrón de los “coaches” de ayuda al ejecutivo deprimido, Gandhi, Mandela, Azaña, Martin L. King, Benjamin Franklin, Mark Twain, éste con innegable ingenio y corrosión verbal, Groucho Marx, Bismarck ….. y John F. Kennedy. Cuando la turba de las redes sociales canoniza a estos santos la primera consecuencia es la absoluta prohibición de hacer la más mínima crítica a su vida y milagros. Si te atreves a intentar esbozar un “sí, pero….” te abrasan con el consabido recurso de colgarte el cartel de traidor a la causa, generalmente recibes un “post” en estos términos: “Usted ya ha quedado calificado con ese comentario” El “posteador” se erige en juez y ejecutor de sentencias. Como ocurre con los santos canónicos, sus buenas obras se magnifican y sus zonas oscuras se borran.
La frase de Kennedy es un gran sinsentido, y una afrenta al Contrato Social de Rousseau. En primer lugar, se dirige en 1961 a una clase media norteamericana, que ha entrado en la prosperidad de los años 50. Pero cuando pregunta lo que puedes hacer por tu país, Kennedy olvida que se lo pregunta a gente de 40 años, como él, que tenía veintitantos en 1944. Y le podían haber contestado: “Pues, señor presidente, por mi país, ¿qué hice? …… pues desembarcar en una playa de Normandía, bajo un intenso fuego enemigo, tomar Okinawa metro a metro. Algo de eso hice, no sé si es suficiente”. Además, aquella clase media había soportado una brutal subida de impuestos tras la guerra. Había que pagar la Guerra Fría, el programa espacial de la NASA, la construcción de los portaaviones y submarinos nucleares que hicieron y hacen de la US Navy el mayor poder militar que el mundo ha conocido y el estado del bienestar, que a veces se convierte en el bienestar del estado, entendiendo estado como masa de políticos y funcionarios, no como ciudadanos de derecho.
Kennedy pudo alegar a la molesta pregunta del americano excombatiente y contribuyente: “Yo también estuve allí, como comandante de una lancha torpedera en el Pacífico (la mítica PT 109), y pasamos una noche en un atolón perdido, rodeados de tiburones” Lo celebramos, es usted uno de los nuestros, pero cuando usted volvió a casa tenía ya preparado un futuro, una carrera, y una casa magnífica en su Massachussets natal y vivencial. A mí no me hicieron ni caso, y tuve que buscarme la vida, trabajar como una mula de Montana, y pagar impuestos a mansalva. No me ha ido mal, pero no me pregunte qué es lo que debo hacer por mi país.
Esta situación de los retornados a casa en 1945 se describe de forma magistral en la película “Los Mejores Años de Nuestra Vida” de William Wyler. 10 millones de americanos fueron repatriados entre 1945 y 1946, y tras unos días de pompa y boato por las medallas que portaban en el pecho, pasan a ser unos vagos sospechosos, que buscan trabajo sin encontrarlo porque saben destruir un panzer alemán o hundir un portaaviones japonés, pero lo de vender seguros a domicilio no lo acaban de entender. Trabajan y trabajan, y a principios de los 60 ya conducen un Impala y pasan vacaciones en Yellowstone. Y se puso de moda la frase “yo pago mis impuestos”, dicha con orgullo, despreciando al defraudador Al Capone, condenado por evasión fiscal y no por pequeños detalles, como asesinato, extorsión, proxenetismo y soborno.
La frase de Kennedy, además de ofender a los excombatientes ninguneados, es un total incumplimiento del contrato social. Una parte paga impuestos (los ciudadanos) y la otra debe dar servicios (la Administración). Y usted, Sr Kennedy, representa a la segunda parte contratante. Es como si un proveedor te dijera, tras pagarle sus facturas: Y ahora espero de usted que dé todo por mi empresa, no me pida que yo haga algo por usted.
Algunos me dirán: no todo es pagar impuestos, hay que darlo todo por la patria. En la Edad Media las cosas estaban más claras: pagabas diezmos y gabelas en especie, trigo, vino o aceite; o bien aportabas tu espada y tu ballesta para que el rey aplastara al rey vecino. No las dos cosas.
Por esas razones esta frase me ha parecido siempre una soberana tontería, de discurso hecho por un eminente politólogo-comunicador de Harvard para mayor gloria del presidente. Pero Kennedy está canonizado como santo laico, y todo atisbo de crítica es un grave pecado de lesa majestad. No digamos ya si te entra la vena iconoclasta y cuestionas su “intachable trayectoria personal y política”. El hecho de haber iniciado el proceso que condujo al establecimiento de los derechos civiles en los estados sureños y sobre todo el haber sido asesinado en Dallas dos años después, le elevó al panteón de la santidad laica. Se olvidan sus adulterios crónicos, el haber usado a Marilyn Monroe como a una señorita de compañía, el haber usado la fortuna de su padre para triunfar en política sin otros méritos más que esos millones de dólares. Se olvida la pésima entrada en Vietnam, que luego se convirtió en peor salida. Se olvidan sus gustos por el lujo, a través de su esposa Jacqueline, la participación de Sam Giancana – el ilustre mafioso -en su campaña electoral neutralizando los sindicatos, se obvia su torpe gestión ante Kruschev que provocó la “crisis de los misiles”, ni se habla de cómo no supo entender lo que ocurría en Berlín y su muro en construcción.
Sé de sobra que muchos presidentes han sido adúlteros, trapisondistas, han frecuentado los círculos de las familias mafiosas de la Costa Este y han engañado a sus votantes. Pero reposan en los infiernos, y no están canonizados. A nadie se le ocurre citar a Richard Nixon ni a Ronald Reagan. Ni a Hoover ni a Eisenhower.
Estos santos nos emborronan la realidad social y la histórica. No se permite decir que Gandhi pudo provocar una masacre económica en la India poscolonial, ni que, gracias a Nehru y a los jóvenes administradores formados en Inglaterra, el país no es hoy un erial de santones predicando la meditación y el quietismo, sino una potencia económica de tipo medio., aunque sigue siendo un problema crear un estado de bienestar para 1.200 millones de ciudadanos.
Cuando estos santos llegan a la empresa, y esta frase se utiliza mucho en seminarios de adoctrinamiento empresarial (que no de formación), es para pedirte lo mismo: que no preguntes “qué puede hacer la empresa por ti, sino qué puedes hacer tú por la empresa”. Si antes rompemos el contrato social, ahora rompemos el contrato laboral.
Pero la frasecita navega por las redes, inculpando a los que no la suscriben de insolidarios, negativistas, neoliberales, y “que ya se han calificado a sí mismos”