Hubo una época, los 70, en la que el ecologismo fue brillante, científico y cargado de razones. La mejor época de “Greenpeace”, cuando los “Rainbow Warriors” surcaban los siete mares dándonos a conocer realidades que no conocíamos.

Hoy, por el contrario, el ecologismo se ha convertido en un maremágnum de ideologías más o menos escoradas a la “izquierda”, con mucha soflama de obligada creencia y poca idea en ciencia. Uno de los mensajes más usados es el de la Biodiversidad, concepto este que se eleva a la categoría de virtud teologal, como la Fe, la Esperanza o la Caridad.

Comencemos por el principio. Una especie queda determinada, simplificando al máximo, por unos genes, que a su vez no son más que largas cadenas de ADN (ácido desoxirribonucleico), estructura química muy sencilla en su estructura primaria, pero muy compleja en la terciaria. Se enrolla en dos cadenas helicoidales, las cuales se separan y se unen a la del ADN de otro organismo en la reproducción sexual. En el mundo pre-bioquímico una especie se definía como aquel conjunto de organismos que al reproducirse producían descendencia viable, la cual a su vez podía reproducirse. El caso más popular es la mula, híbrido de asno y yegua, casi siempre estéril. Y por supuesto no habrá viabilidad entre un perro y una humana, de forma que el Hombre Lobo no existe.

 De estos sencillos hechos nace la enorme diversidad de especies que ha habido, que hay y que habrá. Más del 99% se han extinguido, pero muchas han aparecido para tomar el relevo. El mantra del ecologismo activista es que la pérdida de una especie es un drama de dimensiones bíblicas, sea este un humilde lagarto isleño o un elegante felino ibérico. Pero la Biología Evolutiva nos sugiere que las extinciones se han producido a escala gigantesca en el pasado. La más espectacular fue la del Cámbrico, hace unos 500 millones de años, en la que desparecieron los Ediacara, y sus posibles sucesores, los famosos Trilobites, tienen una oportunidad hasta que les llega su hora, y desparecen casi en el Triásico (hace unos 300 millones de años). ¿Qué produjo esta extinción? Seguramente un cambio de temperaturas, de salinidad del agua marina, o incluso algún virus. Es decir, por un cambio climático, que tiene lugar a lo largo de millones de años.

De todos es conocida la extinción de dinosaurios gigantes hace unos 60 millones de años, puede que por el impacto de un cometa (otro cambio climático), la supervivencia de los pequeños “dinos”, evolucionados a aves, y la gran oportunidad para los mamíferos (nosotros). Mucho más recientemente asistimos a la extinción del Homo Sapiens Neanderthalensis hace unos 20.000 años. Si bien, creo que hubo hibridación con el Homo Sapiens Sapiens (nosotros). Lamentablemente los genes Neanderthalensis eran recesivos y el Homo actual es más Sapiens Sapiens que Neanderthalensis.  

En algunos casos el diseño biológico es tan bueno que alguna especie resiste millones de años sin cambios, mientras todas las demás evolucionan. Caso de cocodrilos y tiburones.

El ecologismo pro-biodiversidad suele fijarse en dos puntos:

  • La invasión de especies no autóctonas, generalmente por acción del ser humano. Las famosas cotorras argentinas en los parques españoles, o la repoblación con pino vulgar en antiguos hayedos.
  • La desaparición de especies por desaparición de sus hábitats o de su medio de alimentación. Muy ilustrativa la del lince ibérico por la desaparición de los conejos durante la gran epidemia de mixomatosis.

Y suele obviar que eso es precisamente la evolución, una lucha por la transmisión de genes (los míos) ante un mundo hostil. Y se oyen y leen verdaderas osadías, como la que nos intenta hacer creer que los insectos están desapareciendo. Pocas clases taxonómicas hay como los Insecta, que puedan con todo. Estuvieron, están y estarán. Los entornos naturales cambian y mucho. Los bosques de coníferas boreales (Alaska y Siberia) no estuvieron allí siempre, ni siquiera existían las Rocosas. El Tigre de Dientes de Sable, el Mamut, el Rinoceronte Lanudo y el Oso Cavernario se fueron al término de la última glaciación (hace unos 12.000 años), dando paso a sus primos: tigres actuales, elefantes, rinocerontes de sabana y osos de todos los colores. No cabe echarle la culpa al ser humano de entonces, la explosión agrícola del Neolítico aún no había comenzado y los cazadores-recolectores eran pocos y dispersos.

Todas estas extinciones se deben en general, a algo que también se obvia: el clima de la Tierra es muy cambiante, en perspectiva de millones de años, por múltiples causas. La Tierra tiene un movimiento de oscilación de su eje (precesión de los equinoccios) que puede producir cambios en la radiación del Sol absorbida por la superficie. Una actividad volcánica desmedida, y las ha habido incluso en tiempos contemporáneos (véase el Tambora, el Krakatoa y el de Santorini), llena la atmósfera de partículas y puede provocar una disminución de las temperaturas. El Sistema Solar, en su conjunto, oscila sobre el plano de la Galaxia, y puede atravesar nubes de polvo cósmico que reducen la radiación solar. Y la Luna no siempre ha estado ahí. Hace 500 millones de años estaba más cerca; se aleja a unos 3 cm. anuales, de forma que en la época de los trilobites estaría a unos 15.000 Km más cerca que hoy. Las mareas serían más vivas, y al serlo menos con los años, según la Luna se alejaba, algunos organismos perderían su hábitat costero.

En realidad, lo que intenta decir el ecologismo de biodiversidad es que estos cambios evolutivos no pueden producirse en pocos años y de forma tan abrupta. Tienen razón, pero las especies no desaparecen, sino que se transforman. Un pollo es una evolución de un pequeño y vivaracho “dino”. Un gatito doméstico es una evolución del algún marsupial carnívoro del Terciario. Un delfín saltón proviene de algún cuadrúpedo terrestre, y es primo de los hipopótamos. Nosotros somos lémures evolucionados, casi ardillas.

En el mundo vegetal el malo parece ser el pino, al menos en España. Se le acusa de incendiario, de explotador de nutrientes del suelo y de ser inhóspito para la fauna autóctona. Pero vean fotos de la Sierra de Guadarrama en los años 30 y vean las de ahora. El bosque de pinos ha crecido. Es biomasa y fija CO2. Claro que no todos pueden ser de la especie de pinos que había en la Edad Media, pero son pinos, coníferas, y por tanto crean vida a su alrededor.

La Biodiversidad no consiste en tener muchas especies (como pregona la propaganda turística de Costa Rica), sino en tener ADN (genes) disponible para los cambios, y adaptación de las especies. Los genes cambian al azar, se producen mutaciones y aparecen especies nuevas. Pero ese azar es provocado por mutaciones, que a su vez son producidas por radiación electromagnética: alta actividad solar y radiación cósmica. Y también por agentes químicos expulsados por los volcanes. En algunas épocas la capa de ozono no ha sido muy gruesa.

La Biodiversidad, cuando se convierte en ideología, produce contrasentidos. No deberíamos usar antibióticos, pues puede extinguirse una cepa de bacterias única. Sin pinos desaparece la procesionaria. La superpoblación de jabalíes en el Monte de El Pardo debe respetarse, aunque se den casos ya de canibalismo por escasez de alimentos para tantos individuos. Las ratas también tienen derechos y su ADN también, no estropeemos su hábitat, las cloacas. La Naturaleza actúa sin contemplaciones: la Casa de Campo se ha llenado de conejos, y han aparecido cientos de rapaces (azores, cernícalos y milanos). Y culebras. Supongo que dentro de poco veremos gatos asilvestrados, que no serán el genéticamente puro gato montés, pero ocupará su lugar. Un nuevo ADN a transmitir.

Veremos qué pasa con la supuesta llegada a la Luna de Tardígrados, unos curiosos seres microscópicos, llamados “osos de agua”, que son extremófilos, es decir que viven en las condiciones más duras de temperatura, baja presión y sequedad. Es un caso claro de introducción de fauna invasora.

Por todo ello, la Biodiversidad entendida como que nada cambie va contra natura. Y es además un poco injusta, ya que cierra el camino a que otras especies tengan su oportunidad, y casi todas las especies están aquí porque otras se fueron. Nosotros incluidos.