Se oye con frecuencia y con incisivo martilleo la aserción siguiente: hay profesiones o actividades muy nobles, de imprescindible utilidad social, de elevada superioridad moral y cuya opinión es casi ley no escrita. Entre ellas se mencionan periodistas, maestros (sólo del sector público), profesores universitarios (si es posible de Filosofía, Ética o Derecho Constitucional), activistas de “onegés”, políticos (cuando se invisten de “servidores públicos”), sindicalistas, escritores (mejor que sean poetas) y por supuesto artistas e intelectuales (que lo son porque lo dicen ellos). La mayoría beneficiarios de sueldos públicos o de subvencionados. Muchos tienen calle dedicada.

Ellos son la llamada “sociedad civil” y es a los únicos a los que Pedro Sánchez ha llamado para discutir apoyos para su accidentada investidura. Ellos son nobles, y por eliminación los demás ni somos nobles ni nos mueven desinteresados objetivos de orden social. A los demás nos mueven intereses espurios, mercantilistas, por no decir egoístas, y solo somos útiles para votar de vez en cuando (y no siempre votamos lo que la “sociedad civil” dice que hay que votar) y para pagar impuestos. Ellos son muy comprometidos con las causas sociales, luchan por una sociedad progresista (nunca nos explican que es eso) y si aceptan un sueldo es por pura supervivencia. A los demás, si nos ponen una calle es cosa rara, o bien somos los promotores de la zona urbanística.


Si usted, lector, es un profesional asalariado por la empresa privada, que ha combatido lo suyo por tener una preparación técnica y empresarial alta, que recibe un salario por encima de la media, que está sujeto a las tormentas económicas y corporativas, y puede perder su trabajo por un vientecillo o por una ocurrencia legislativa de las “sociedad civil”, que se levanta muchas veces para tomar aviones al alba, que no le molesta que le llamen un fin de semana para algún tema laboral, que ni se acuerda cuando ha tenido un mes de vacaciones seguido, que muchos días sale del trabajo cuando el personal de limpieza la pide que retire la silla y ve que ya son las ocho de la tarde sin haberse acordado de mirar el reloj y si además cree en los méritos individuales, usted no es “sociedad civil”, ni noble. Los mismo puede decirse de los autónomos, con el agravante de tener que pagarse sus gastos y su seguridad social íntegra.

No son ustedes “sociedad civil”, son sospechosos habituales. Los autónomos por supuesto, ya lo dice y lo proclama la Gestha (Sindicato de Técnicos del Ministerio de Hacienda) en una reciente nota: un autónomo es un defraudador en potencia y en presencia. Y si usted es asalariado tampoco se libra. Un premio a su esfuerzo en forma de bonus puede transformarse en una base imponible a confiscar. Si publican algo en redes sociales que no se ajuste al “relato” oficial les tacharán de estar al servicio de oscuros e infames dictados.

Y lo mejor de todo: su opinión no es ya que no interese, es que no tiene derecho a expresarla. Usted no puede ni debe opinar, su misión es votar lo que nosotros le digamos que es bueno, pagar impuestos y poner todo de su parte para que el Bienestar del Estado (no confundir con el Estado del Bienestar) sea cada día mejor, y que yo, la “sociedad civil” pueda opinar y vivir con holgura, que para eso soy superior moralmente. Hace pocos días, tras un artículo en el que hacía un retrato psicológico de Pedro Sánchez, un profesor universitario me afeó que “un químico opinara de psicología”. Es decir, que usted solo opina de química por que lo digo yo. Supongo que él, como es un noble profesor universitario tiene amplitud de opiniones: derecho, cine, cambio climático (y ahí deberían opinar los químicos y los físicos) y hasta de viajes espaciales.

De esta forma se dan aberraciones en el campo educativo. Un experimentado empresario o ejecutivo no podrá jamás dar clases a jóvenes educandos si no ha sido funcionario en algún ente oficial previamente. Por otra parte, no es bueno que dé clases; vaya usted a saber que ideas tiene y si sigue el relato oficial.

Pedro Sánchez ha hablado con una parte de España, lo que él llama “sociedad civil”. El resto no importa, sólo son generadores de bases imponibles que le permitan crear su sociedad progresista. Mal conocedor de la Historia. Las revoluciones progresistas de verdad las han creado los miembros de esa sociedad civil no tenida en cuenta. La Ilustración del XVIII la hacen profesionales de clase media (me refiero al avance científico), la burguesía media construye la Revolución Francesa y la de la Independencia de los EEUU, la Industrialización del XIX lo mismo, y el Estado del Bienestar se crea a demanda de la clase media no funcionarial de la posguerra. Por no hablar de los dirigentes bolcheviques de 1917. Ni de la Transición española de los 70 y 80, motorizada por la clase media que se crea en el tardofranquismo.

¿Deberíamos reclamar nuestro derecho a opinar? Pues a lo mejor no, porque molestamos un poco.