Hace muchos años significaba algo, en aquellos años en los que “el partido” solo podía ser uno: el Partido Comunista de España (PCE). Cualquiera que tenga alguna idea de historia reciente deberá estar de acuerdo que la oposición al franquismo, lo que se dice oposición, sólo la hizo el PCE. El PSOE estuvo desaparecido cuarenta años, desde la “espantá” de Indalecio Prieto en 1938 cuando se largó con el dinero de la República a México hasta que nos enteramos que había un joven llamado Felipe González en 1976.

Ser de izquierdas no significaba lo mismo en Europa o en EEUU que en lo que se llamaba el Tercer Mundo. Así, en Europa ser de izquierdas era usar “trenka”, ir a asambleas universitarias a debatir como acabar con la sociedad burguesa y reemplazarla por el socialismo estructural (sea eso lo que sea), folgar y libar en buhardillas de Malasaña y escuchar hasta las tantas en La Mandrágora a unos pesados cantautores de los de “ringlín-ringlán” en guitarra afónica y fumarse varios canutos adulterados con “Bisonte”. Había un potente movimiento sindical, curiosamente nacido a las faldas del sindicalismo vertical, pero nunca decían que eran de izquierdas, sino sindicalistas. Sin más.

En Vietnam, Bolivia, África Ecuatorial y Austral, ser de izquierdas era combatir y morir en las guerrillas que tanto proliferaron. Para quitar a un tirano y poner a otro.

Hoy, lo de ser de “izquierdas” o de “derechas” empieza a quedar sin sentido. Casi nadie dice “soy de derechas”, pero casi cualquier personaje que aspire a ser artista, tertuliano de la Sexta o activista subvencionado de algo debe decir (es obligatorio) que es de izquierdas. Lo intentan resumir así, o bien autocalificando su pensamiento de “progresista”:

  • Hay que ser feminista, pero sólo como yo digo que hay que serlo. Cualquier discrepancia o intento de análisis alternativo es anatema, y por tanto quien lo intente no puede ser otra cosa que machista.
  • El Cambio Climático o el Calentamiento Global es un dogma de fe. Existe, y la disidencia se paga con el ostracismo. Los datos deben demostrar lo que yo diga que deben demostrar. Y la disidencia es negacionismo.
  • Hay que defender los derechos de las minorías, sean LGBTI (no sé si le han añadido más letras últimamente, pudiera ser), aborígenes de alguna remota selva amazónica o algún grupo religioso algo estrafalario…… a costa de menoscabar los derechos de las mayorías. Así cualquiera defiende derechos de minorías.
  • Hay que subir los impuestos a los ricos. El problema nace cuando hay que definir quienes son los ricos. Porque gran parte de los de “izquierdas” son técnicamente ricos.

Los cuatro postulados anteriores son impuestos a golpe de simplicidad presupuestaria:

  • Si bajan los presupuestos para esa amalgama de intereses que viene a llamarse Lucha Contra la Violencia de Género, morirán X mujeres más en el próximo año. Así de matemáticamente lineal: Número de Mujeres Muertas = K/Valor de Partida Presupuestaria, donde K es una constante que animo a calcular empíricamente.
  • Lo mismo en cuanto a Cambio Climático. Con absoluto desprecio a cualquier dato que no cuadre con la verdad necesaria e indiscutible.
  • Las minorías son a veces engañosas. Nos hemos hartado de ver a Rigoberta Menchú como una “pobre indiesita oprimida por el hombre blanco malo”. Pero era un fraude, o mejor dicho, pia fraus. https://elpais.com/diario/1999/01/03/internacional/915318010_850215.html Valga esta reseña de EL PAIS para poner de manifiesto una curiosa característica de la izquierda: si mienten es por nobles ideales.
  • Los impuestos a los ricos: si subimos el tipo impositivo al 60% recaudamos más. No habíamos caído en ello. Fácil. Recaudación = Tipo Impositivo X Base Imponible, para todo Tipo.
  • Los terrorismos son relativos. ETA e IRA son menos malos que Ordine Nero, o la OAS.


Con todo ello, no es de extrañar que en 2018 aparezca La superioridad moral de la izquierda, un ensayo publicado en la Colección Contextos de Lengua de Trapo y prologado por Íñigo Errejón. En él, el sociólogo y profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Carlos III, Ignacio Sánchez-Cuenca analiza por qué si la izquierda contempla las ideas más bellas sobre la justicia social y la igualdad acumula tantas derrotas. En una entrevista el autor afirma: “La izquierda tiene una noción de libertad más potente, pero más difícil de transmitir: la libertad como autorealización y autogobierno de la persona, como capacidad de actuar autónomamente”.  Creo que por derrotas entiende el fracaso del socialismo real (el antiguo bloque soviético). No es de extrañar, era lo menos parecido a libertad y autonomía personal.

En el fondo yace la idea más bien vieja de quien se cree líder social y cambiador de la Historia, y no entiende como las masas no salen a aclamarle por las calles. Es ya aburrido oír que mayo del 68 cambió el mundo. En 1969 se seguía combatiendo a muerte en el delta del Mekong, y años después se asesinaba a placer en Bosnia. Eso sí, los chicos de Londres en Carnaby St podían ser más libres en sus costumbres.

Otra variante de izquierdas, más bien una derivación, es el “ecoprogresismo”. Ahí encontramos fanatismos por los “productos naturales”, aversión enfermiza a la optimización de cultivos en el delta del Ganges, y si está Monsanto por detrás mucho peor, y el uso de la bicicleta obligatorio para todos, hasta para los que deben recorrer cientos de quilómetros para ver clientes.

Por tanto, la derrota de la izquierda de la que se queja Sánchez-Cuenca es lógica. La izquierda no respeta el pensamiento autónomo, por tanto, se derrota a sí misma. No hay superioridad moral, porque todo se ciñe a un largo y aburrido parloteo, con pocos resultados y a veces con consecuencias nefastas. Por otra parte, la izquierda tiene un problema histórico de difícil solución: ¿Cómo califico a Stalin, era de izquierdas? ¿Qué hago con Santiago Carrillo cuando ordenó el asesinato de Gabriel Léon en 1946, era de izquierdas Carrillo? ¿Por qué Mussolini comenzó su andadura como socialista? ¿Por qué Hitler comenzó en el Partido Obrero Alemán, de tinte sindicalista? Sé lo que dirán, son cosas de otra época. También lo es Franco, y no hay forma que dejemos de hablar de él.

Ser de “izquierdas” hoy es más postureo que otra cosa, ninguno va a tomar el fusil en la Avenida de Alexander Nevski y derrotar a los cosacos del zar. Y una gran “empanada mental” sobre lo que son fuerzas progresistas: ¿lo es el PNV? ¿lo es Puigdemont, el Catalán Errante? ¿puede ser progresista un obseso con el control de los medios de comunicación como Pablo Iglesias?La “izquierda” es hoy en día más que una posición social y política un enfrentamiento contra algo. VOX cumple perfectamente ese papel. Ha sido útil en este aspecto.