Hay un viejo chiste que me sirve de introducción:

Una empresa decide organizar cursos de “desestresamiento” para sus directivos. El curso consiste en pasar una semana en una granja, haciendo tareas agrícolas y avícolas. El directivo se presenta al granjero y debe seguir sus indicaciones. Lo primero es cortar cabezas de ajo y apilarlas en un camión para el mercado. El ejecutivo lo hace en media mañana, sorprendiendo al granjero, pues se suele tardar un par de días. Bien, la siguiente tarea es esparcir estiércol en este campo. El ejecutivo lo hace en una hora. El granjero no lo entiende; ese trabajo, aparte de desagradable, toma un día entero. El granjero, que ve que el curso se va a acabar en dos días le propone algo más relajado, que puede hacer sentado. Hay que seleccionar entre una tonelada de patatas aquellas que son pequeñas para enviarlas a restaurantes canarios, y las grandes para la fabrica de patatas fritas. Sencillo y cómodo.

El granjero vuelve al día siguiente y ve al ejecutivo con la tonelada entera, y con una patata pequeña en la mano izquierda y otra grande en la derecha, mirándolas con desconcierto. Pero, ¿Cómo es que corta cabezas de ajo en poco tiempo, esparce estiércol con tanta facilidad, y es incapaz de decidir entre patatas grandes y pequeñas? El directivo responde atribulado: “Mire, yo ….. cortar cabezas lo que me pidan, repartir mierda se me da de cine, pero esto de tomar una decisión ….”

 

Con tediosa frecuencia he tenido que escuchar a pomposos altos directivos de multinacional como sacralizan la dirección general y elevan la palabra “management” a liturgia religiosa y a dogma de creencia obligatoria. Sucede, por ejemplo, cuando una compañía es comprada y a los compradores se les informa que el actual director general desea abandonar la empresa, bien de grado o por fuerza. La reacción es instintiva: Si perdemos el “management” perdemos todo, ¿cómo va a ser eso? Una empresa es lo que es su “management”.

Hombre, no tanto. Seamos irónicos. La empresa ha llegado a donde ha llegado muchas veces a pesar de su dirección. Lo buena que debe ser nuestra empresa, que a pesar de nosotros aún no ha quebrado, se decía con sorna antiguamente. Hemos logrado el objetivo, con la firme oposición de nuestro director general, comentaban los más iconoclastas.

Un director general es el alma de la empresa …. en empresas pequeñas, donde aparte de ser director, es además el comercial, el jefe de personal, el contable y hasta el consejero legal. Y también lo será probablemente el Presidente Mundial de algo, que tiene que darle la vuelta a la empresa en 100 países antes de que todo se vaya el garete y reflotarla en bolsa. Pero dudo mucho que por tener una tarjeta que diga director general toda la empresa sea él, sólo él y nada más que él.

Hay muchos buenos directores generales, pero la especie del pésimo director se expande sin control y lo que es peor: muchas veces son indistinguibles de los buenos para las empresas de “executive search”, pues los procesos de selección son cada vez más “algorítmicos” y menos críticos con los candidatos. El algoritmo de selección es a veces digno de Simplicius Simplicissimus:

  • Debe tener experiencia en empresa de más de 200 Millones de €. Solo se mira si la empresa en la que alega haber sido algo factura esa cantidad, a veces por IMS, no por registro mercantil. Nadie pregunta si esa cifra se debe a él o a sus antecesores, o bien era de 400 Millones y él la ha reducido a la mitad.
  • Lo mismo en cuanto a los beneficios empresariales (última ratio de existencia para un director general). No se mira si el beneficio de esas empresas en las que él “dejó su impronta” es bueno o ruinoso. A veces subir ventas es fácil …… hundiendo el beneficio operativo. O si era muy bueno y lo dejó en regular
  • Demostrada habilidad en construir equipos: sólo se mira la plantilla de la empresa que dirigió, si eran 300 empleados ya se da por válido, aunque dejara allí una guerra civil entre colaboradores.
  • Y las frivolidades de siempre: habilidad directiva, saber escuchar, etc …. que como el valor se suponen, pues eso sólo se sabe cuando hay batalla y tiros.

Con estos mimbres nos salen las cestas que nos salen. Y hay directores generales que podrías ser personajes de novela costumbrista. Va por ellos.

Cree que su puesto es de derecho divino, y que el Cielo le ha encomendado altas misiones redentoras y de cambio social. Sólo así se explica esa afición a aparecer en los medios de comunicación proclamando soflamas de populismo de empresa, plenas de obviedad y rellenas de vacío. “Tenemos que ser digitales en lo social y analógicos en lo humano”, por ejemplo. Su automarketing es increíble, no pierde ocasión para aparecer en los saraos sociales de empresa, a la entrega del Premio Tal al Mejor Algo del Año, en esas fotos en las que te explican al pie que alguien a quien nadie conoce está a la izquierda de alguien a quien tampoco conoce nadie, eso sí, son “Strategy o Users Relationships Managers”. Eso si no dedica fondos de la empresa para organizar su propio premio para tener la oportunidad de salir en la foto central entregándoselo a un probo médico.

Presume de tener relaciones políticas muy buenas. Y el pobre tipo se mete en jardines peligrosos, víctima de su ego: ¿Me está diciendo que les autorizan este producto porque usted juega al pádel con el ministro? ¿Soborno y Cohecho? También presume de conocer a importantes consejeros de banca, aunque la empresa se trague tipos de interés de usura en los créditos para circulante.

Pero lo peor es su enorme vaguería. Suele alegar que su misión es “engrasar la maquinaria” para que funcione, pero rara vez se le ve visitando a un cliente (Uy qué asco, un cliente), no vaya a ser que le confundan con un vendedor, a los que desprecia profundamente. Nunca baja a fábrica, pues no soporta esas miradas perdidas de quienes deben hacer un trabajo monótono y rutinario. Si se le intenta explicar que el nuevo producto incorpora polipropileno en vez de cloruro de polivinilo para reducir emisiones de cloro a la atmósfera, te corta diciéndote que son detalles técnicos que a él no le competen. Nada de estudiar las cuentas con el director financiero, no sea que le duela la cabeza al tratar de entender el balance, sólo le interesa que haya caja y se cumpla el objetivo por el que cobra su bonus.

Tiene delegados para todo: alguien pata tragar sapos con los sindicatos, otro para hacer el “reporting” mensual, excepto si va bien, en ese caso lo hace él y se da su dosis de autoboato correspondiente, envía a su segundo para afrontar un gravísimo problema de inspección fiscal, y por supuesto no ha escrito un texto en su vida. Si hay que reunirse con un cliente clave, lo que más le preocupa es que la persona con la que se va entrevistar esté a su nivel jerárquico. Si le proponen que se reúna con el Jefe de Compras lo rechazará, pues él quiere hablar con el presidente. Así, en el caso de que ese presidente sea como él, la hemos defecado, pues se reúnen dos que saben muy poco del problema, y este permanece por largos años, esperando que el protocolo permita una reunión inter pares.

Pero se apunta a todo lo que huela a gloria y pompa personal. Aparece en las reuniones de ventas para la cena de gala, suelta su estrafalario discurso en la comida de Navidad, si hay que inaugurar una planta y viene el concejal de industria, allí está él para la foto. Morirá si es preciso por conseguir un puesto en la asociación patronal del ramo, a fin de salir en más fotos y reunirse con consejeros de comunidad autónoma.

Usa su poder en forma de apisonadora, la autoridad le vale sólo para afirmar su poder, y “orgasmizar” su ego. Así, suele convocar reuniones los viernes a las 5 de la tarde, para así “conocer el grado de compromiso de sus empleados”. Pero no le pidas que asista a una reunión a las 8 por la mañana, ni mucho menos que se levante a las 5 para tomar el AVE a las 7. Le encanta ridiculizar al colaborador, con chistes ya manidos, y contando veinte veces el mismo aforismo. Regala libritos de autoayuda, que él mismo no se lee, como el del “queso” o el del “arte de la guerra”. Cree en su mundo de pitufos que ser agresivo es ser maleducado. No tiene mucho que hacer, pero siempre está muy ocupado pata atender a su equipo.

Pero, reconozcamos que ha sabido construirse un personaje, en eso es un maestro y se le da de maravilla. Un personaje que es: con profunda experiencia, no se sabe en qué, pero el término genérico funciona; es de “alto perfil”, lo cual solo se explica al definir el antónimo, el bajo perfil. Hoy se usa lo de bajo perfil como calificativo para esas personas que no hacen ruido, que huyen de la algarada explosiva, que no hablan mucho pues saben que aumenta la probabilidad de decir tonterías. Pero son tremendamente eficaces, y las empresas funciona gracias a ellos. Nuestro héroe es de alto perfil, que se confunde con ser exagerado, altisonante en sus declaraciones, todos los días son históricos, cualquier nimiedad es un acontecimiento que crea un antes y un después, habla como Napoleón ante las Pirámides, y presume de ser un hábil negociador, cuando normalmente es un engañador que miente de forma compulsiva.

Es tribal. Cree que es el jefe de una dinastía arcana, y cuando accede a un puesto de dirección, “se lleva a su equipo”, que le sigue como servil corte de adoradores. Lógicamente, para hacerles sitio hay que despedir a los que estaban antes, o enviarles a las zahúrdas de Plutón. Como todo régulo, los signos externos de poder son imprescindibles: el coche ha de ser especial y único, no basta un BMW, ha de ser un modelo raro, y en la plaza de aparcamiento debe poner “Dirección General”, por si alguien tiene dudas. El despacho debe decorarse a su gusto, no sirve lo que el anterior tenía, pues necesita su espacio personal, una suerte de “lebensraum”. La tarjeta de crédito tiene que ser platino, para diferenciarse de sus súbditos. Si hay una reunión en otra ciudad y acuden varios miembros de la empresa con él, se aloja en el cinco estrellas y envía a sus empleados al de tres estrellas. Lo mismo en el avión, business y turista. Si va a comer a un sitio lujosillo buscará en la carta lo más caro, aunque le repugne.

Es profundamente moderno, si hay que vestirse de neohippy porque vende bien la imagen, le veremos con pañuelo palestino al cuello y discreta coleta al cogote. Si la tendencia es usar chaleco antediluviano a cuadros se lo compra esta misma tarde. Si se pone de moda usar un smartphone que te permita conectarte a la NASA, él lo tendrá. Se apunta a todas las nuevas tendencias empresariales: hablará de Big Data aunque tenga problemas para entender una función estadística sencilla, pontificará sobre la digitalización del comercio cuando sigue pidiendo las ventas del mes en papeles pijama, es, en fin, el rey del postureo.

Su ética es curiosa. Implantará un código deontológico, pero aceptará comisiones de proveedores a tutiplén, pasará gastos personales a la empresa y si alguien le molesta lo despedirá sin atender al daño causado.

Insisto, el personaje funciona, las “executive search” le valoran y le presentan a procesos de selección, los que le contratan compran su imagen sin cuestionarse hay algo más que pose, y camina de empresa en empresa y de sueldo en sueldo durante años, sin dejar en las empresas otra cosa que no sean pérdidas y mal humor entre los empleados. De forma que no hay buenos vendedores de sí mismos, sino malos compradores de paja y humo.

Yo propongo un algoritmo para identificar a estos personajes:

Píquese en GOOGLE su nombre, e ir a imágenes. Se cuentan las fotos en las que sale. Y se resuelve una sencilla ecuación. El valor del directivo puede ser inversamente proporcional al numero de fotos.

Es obvio decir que este retrato es aplicable a determinados políticos.

Pero no se alarmen, no son excesivamente peligrosos. JAMAS TOMAN UNA DECISION TRASCENDENTAL. Ellos delegan responsabilidad hacia arriba y trabajo hacia abajo.