Se establece que celebrar un referéndum es la culminación del sistema democrático, nada hay más democrático que eso. Pero aplicando la lógica crítica y analizando los resultados prácticos mucho me temo que salvo aquellos referenda que se hacen en nivel cantonal en Suiza para decidir si las señales de tráfico deben ser verticales u horizontales, los demás no han aportado grandes avances, cuando no han creado problemas donde no los había.
En realidad, un referéndum no es más que la adaptación moderna del sistema griego clásico. En el siglo V aJC sólo votaban los ciudadanos libres de la ciudad-estado. No votaban las mujeres, ni los esclavos ni los extranjeros, ni los siervos. Es decir, que votaban algunos cientos de individuos acomodados y supremacistas frente al lumpen de la época, que era la mayoría de la población de Atenas. Era fácil reunirles en el Ágora y que cada uno dijera lo que pensaba o quería. Pero actualmente, con millones de votantes, sería imposible hacer esto, y nace el referéndum. ¿Y para qué están los Parlamentos, votados por esos millones? Bien, el referéndum también nace cuando la decisión a tomar es de tal magnitud, generalmente irreversible, que el político electo prefiere descargar su responsabilidad en el pueblo. Si sale mal siempre dirá que él se limitó a cumplir con la voluntad popular. Si sale bien, dirá que el pueblo refrendó sus ideas, prueba indiscutible de lo acertadas que eran.
No olvidemos la etimología de “refrendar”, muy enlazada con validar. No se trata de dar a elegir entre opciones, sino en que me digas sí a lo que ya he decidido yo. Y a eso se limitan la mayor parte de los referenda celebrados en los último 100 años. Pasemos revista a algunos de los más sonados.
El más espectacular sigue siendo el celebrado en Austria en abril de 1938 para el “Anschluss” o anexión de Austria al Reich Alemán. Con el ejército alemán ya ocupando el país, y con miembros de las SS como “interventores” de mesa electoral, el Sí ganó por un 99%. La pregunta era: “¿Está de acuerdo con la reunificación de Austria con el Reich alemán? ¿Aprueba la lista única de candidatos al Reichstag presentada por nuestro Führer Adolf Hitler?”. Tramposo por todas partes, pues Austria no podía reunificarse con el Reich ya que nunca había estado unida. Y de paso les colaron unas elecciones a partido único.
En 1976 Adolfo Suárez llevó a referéndum la Ley para la Reforma Política, y no se complicó la vida con la pregunta: “¿Aprueba el proyecto de ley para la reforma política?” A uno le viene a la cabeza un pensamiento oscuro: ¿Cuántos se habían leído la ley que se refrendaba? Ganó el sí con un 94%. Poco después se sometió a referéndum la Constitución, consecuencia lógica de lo anterior. Nuevamente se optó por la simplicidad en la cuestión: “¿Aprueba el Proyecto de Constitución?”. Los resultados ya no fueron tan apabullantes, el Sí ganó por un 87%. A algunos la Constitución les pareció excesiva y a otros les pareció corta
En tiempos más recientes se han hecho otros referenda, como el famoso de Quebec, que en realidad son dos. El primero en 1980 en el que se preguntaba a los ciudadanos de Quebec nada menos que: “El gobierno de Quebec ha hecho pública su propuesta de negociar con el resto de Canadá un nuevo acuerdo basado en el principio de la igualdad de los pueblos; este entendimiento permitiría al Quebec obtener el poder exclusivo para hacer sus leyes, percibir sus impuestos y establecer sus relaciones exteriores, es decir, la soberanía, y al mismo tiempo mantener con Canadá una asociación económica que implicaría el uso de la misma moneda; ningún cambio de estatuto político resultante de estas negociaciones no se hará sin la aprobación de la población a través de otro referéndum, en consecuencia, ¿otorga al gobierno de Quebec el mandato de negociar el entendimiento propuesto entre Quebec y Canadá?”. La respuesta fue No en un 60%. A pesar de la complejidad de la pregunta, quedó claro que no se otorgaba ningún mandato.
En 1995 se celebró un segundo referéndum, con la pregunta mucho más clara: “¿Está usted de acuerdo con que Québec llegue a ser soberano después de haber hecho una oferta formal a Canadá para una nueva asociación económica y política en el ámbito de aplicación del proyecto de ley sobre el futuro de Quebec y del acuerdo firmado el 12 de junio, 1995?”. Aquí parece que hay una amenaza latente: …….si hacemos una oferta formal y no la aceptan nos declaramos soberanos. El No volvió a ganar, pero esta vez ya muy ajustado. Un 51%.
Como los independentistas quebequenses seguían reclamando, el propio Tribunal Supremo de Canadá emitió una clarificación, que luego se transformó en Ley de Claridad, y que en síntesis establece las normas para la segregación de alguna provincia del estado canadiense. Hay una muy inquietante para todo independentista: “En el caso de que determinadas poblaciones concentradas territorialmente en Quebec solicitaran claramente seguir formando parte de Canadá, debería preverse para ello la divisibilidad del territorio quebequés con el mismo espíritu de apertura con el que se aceptaba la divisibilidad del territorio canadiense”. Es decir, que hago un referéndum, pero me lo pueden hacer a mí también. Más simple, referéndum por territorios. Algo que como es lógico desmorona a cualquier nacionalista. Y algo peor aún: el 51% de síes no era suficiente “mayoría clara”.
Tras esto, ha habido otro referéndum, muy poco civilizado. En 2008 Kosovo declaró de forma unilateral su independencia de Serbia, por mayoría parlamentaria en Pristina. En dicho parlamento no había diputados serbios, ya que la población serbia boicoteó las elecciones. El nuevo estado fue reconocido a medias en la comunidad internacional. Introducía algo muy peligroso. El 20% de la población de Kosovo Norte era serbia, y se sintió expatriada. De forma que en 2012 celebraron un referéndum ilegal en las provincias del Norte, en el que ganó el No de forma aplastante. La convivencia en los Balcanes, ya de por sí difícil, empeoró. La pregunta era: “¿Acepta usted las instituciones de la autodenominada República de Kosovo?”. Por lo demás, Kosovo es una ruina de estado, un estado fallido y algunos lo consideran ya un “narcoestado”, como el Panamá de Noriega. Tendría sentido, si en los Balcanes hubiera algo de eso, que Kosovo Sur se uniera con Albania y el Norte siguiera con Serbia. Pero, “¿Cómo va a ser eso de trocear mi amada patria?”. Solo se puede trocear la de los demás.
Con todo, el Rey de los referenda ha sido el ex primer ministro David Cameron, que organizó dos. El de Escocia en 2014, en el cual imitó a Suárez en sencillez, pero no en claridad: “¿Debería Escocia ser un país independiente?”. Parece que estuviéramos preguntando si deberíamos estudiar Derecho o Ingeniería de Caminos. El No ganó por un 55%.
Y volvió a la carga con el Brexit de 2016, en el que se pregunta: ¿Debe el Reino Unido seguir siendo miembro de la Unión Europea? De nuevo el “debe”, no en modo desiderativo, sino de obligación. Un referéndum que nadie había pedido se saldó con un Sí del 55% de los consultados. Y ahora lo bueno: tras 2 años de por aquí por allá, con dimisiones de ministros como David Davis, estamos sin nada concreto, y con voces que reclaman en el Reino Unido o bien repetir la consulta o bien invalidarla directamente. Theresa May ha propuesto salir de la UE, pero sin tomárselo muy en serio. Seguir pero no seguir. Estar pero no estar. Pagar pero no pagar.
Y con ello llegamos al referéndum para la autodeterminación de Cataluña. A la vista de lo visto, no creo que sirviera para nada, habida cuenta de lo acontecido en otros lugares y tiempos. Un referéndum inevitablemente conduce a dividir una sociedad, pues crea vencedores y vencidos, satisfechos y resentidos, cómodos e incómodos. Que nadie piense que en caso de un Sí (a la independencia) los ciudadanos que hayan votado no (no sería una minoría exigua ni mucho menos territorializada como en Kosovo o Quebec) pasarían inmediatamente al modo resignación y colaboración. Más bien al modo enfurruñado. Exactamente lo mismo en caso de que ganara el No. Los independentistas no aceptarían la situación, y se pediría otro referéndum, como en Canadá.
Los referenda se celebran para ganarse, y rara vez resuelven nada, pues pretenden tomar decisiones colectivas para cambiar situaciones muy establecidas, algunas de siglos, que afectan de forma radical a la vida de los ciudadanos. A lo más que pueden aspirar es a refrendar lo que ya todo el mundo ha decidido, caso de 1976 en España. Sólo así salen bien. En 1938 en Austria también estaba decidido todo, por el Ejército Alemán.
Y lo que es peor. La opinión colectiva es muy voluble. Muchos votan sí o no sin mucho conocimiento de las consecuencias, como en el Brexit, cuando no por pura manipulación informativa. Además, esperan resultados beneficiosos para sus vidas a corto plazo, y si estos no se producen, como en Kosovo, aparece la “salida de arrepentidos”, los que quieren una nueva oportunidad para votar y cambiar el Si por el No, o viceversa. Lo malo es que suelen ser decisiones irreversibles, de difícil marcha atrás. Nadie puede pensar que si hay una Cataluña independiente en 2018 (es un purparlé) vaya a haber un retro-referéndum dos años después, si la independencia no cubre las expectativas puestas, y reunión con España.
Por todo ello, un referéndum es el camino menos claro para resolver disputas. Ni siquiera sería válida la Ley de Claridad, que prevé desenganche de algunos territorios no independentistas, pues en Cataluña no hay excesiva territorialización de pro y anti, como ocurre en Canadá o Kosovo (Tabarnias aparte). ¿Y qué hacemos? Honradamente, no lo sé. Con mentalidad empresarial y economicista como tengo a gala tener, contestaría que hay que hacer lo que mejor sea para el PIB, la renta per cápita y el bienestar humano. Para todos, claro está. No sirve enriquecer a unos mediante el empobrecimiento de otros.
Veamos que pasa hoy en la Moncloa entre Torra y Sánchez, más allá de la foto en la escalera.