A mediados de Agosto Manuel Allende murió a los 42 años. Manuel era concejal del PP en el Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón, donde trabajaba desde hacía años. La muerte sorpresiva no respetó ni su juventud ni su reciente paternidad. Pero pedirle respeto a la muerte es como pedir piedad a un tirano o firmeza a un pájaro, al decir de Luis de Góngora.
Tuve la ocasión de conocer a Manuel, y me dedicó muchas horas de agradable conversación y de inteligente tertulia. Lo cual es difícil en un mundo en el que diálogo suele significar “haz exactamente lo que yo te digo o eres un intolerante” Pero Manuel era la tolerancia en persona, de ahí que consiguiera algo impensable en las actuales circunstancias: llevarse bien hasta con la oposición, y lograr lo imposible: nadie hablaba mal de él. Esto es de un mérito inalcanzable para la mayoría de las personas, casi todos hemos sucumbido a la actitud que tan contundentemente proclamaba Tony Soprano: “No me importa que piensen que soy un malvado, yo dirijo un negocio, no un maldito concurso de popularidad”. El caso es que a Manuel esto le salía de forma espontánea, no era un cálculo político-electoral.
Nació Manuel en Bilbao, y pronto entró en el PP de Vizcaya, llegando muy joven a cargos municipales en Getxo. Eran los años de plomo para cualquier simpatizante del PP en aquella tierra, y con 22 años él y otros pocos jóvenes recibieron la llamada de Jaime Mayor Oreja para comunicarles que su compañero de Ermua, Miguel Ángel Blanco, había sido secuestrado, y que se temían lo peor, como así ocurrió. A partir de ahí, su vida se volvió algo en lo que la intimidad no era posible, y vivió su juventud en Bilbao con escolta. Es decir, un chico de veinte y pocos años no podía tomarse un vino si dos señores armados no vigilaban la puerta y la calle. ¿Qué empujaba a un chico de clase media, con futuro profesional prometedor, a embarcarse en la contracorriente que supone ser no nacionalista en el País Vasco? Nadie lo sabe, pero lo llamaremos no tragar con lo que no puede tragarse, por dignidad y responsabilidad social. En 2003 el partido decidió trasladarle y ahorrarle, al menos, parte del sufrimiento. Llegó a Pozuelo de Alarcón, y aquí hizo su vida y entró en la edad madura. Yo no advertí nunca odio hacia los que le querían matar – dejémonos de eufemismos – ni reclamaba venganzas balcánicas. Pero se veía la tristeza por abandonar el País Vasco, eso era muy evidente y notorio. Porque Manuel era vasco para todos los efectos. Cuando pasaba las vacaciones en Santoña o en Ezcaray, se sentía muy bien por estar más cerca de su tierra. Tristeza infinita le entraba también cuando se puso de manifiesto que varios – demasiados – miembros del PP se habían aprovechado para hacer fortunas de forma no ya ilegítima, sino directamente delictiva. Me dijo, literalmente: “Mientras a algunos nos mataban, otros se forraban”.
Hablábamos mucho del problema, que no conflicto, del País Vasco. Es decir, asesinatos y matonismo por parte de eso que se llama el mundo abertzale, y la ominosa mirada hacia otro lado por parte del PNV. Manuel me invitó a que le diera mi visión de no vasco. Le interesaba mucho la opinión de los demás, en esto era también una persona original. No es frecuente. Es casi paranormal. Yo estaba más que harto de que en el País Vasco me dijeran que yo no podía opinar porque al no ser vasco no podía entender el “conflicto”. Además, me llevaba alguna que otra patada en la espinilla si hablaba del tema en una comida. El agresor me decía luego: “¿Cómo se te ocurre? Este señor es viceconsejero de Algo, y es del PNV”

Y Manuel y yo hablamos y hablamos.

Por aquel tiempo yo tuve que pasar largas temporadas en una localidad de la Guipúzcoa profunda, enredado en una compra de empresa. Era tan asfixiante el ambiente, con un 70% de voto batasuno, o como se llamasen entonces, que mi vida fuera del trabajo era como poco desmotivadora. Por eso iba por las tardes a San Sebastián a perderme un poco en un entorno algo más cosmopolita. Allí, en la catedral del Buen Pastor veía en aquellas tardes al grupo de víctimas de ETA reunidas y mostrando su amargura y tristeza. Siempre llegaba a media tarde Monseñor Setién, a la sazón obispo recién cesado de la diócesis. Jamás dedicó ni siquiera una sonrisa a los congregados, ni un, al menos, “la paz sea con vosotros”. Envarado, desafiante y altivo, Monseñor Setién entraba raudo en terreno sagrado para cumplir con sus altas metas de adorar a Dios, Clemente y Misericordioso, que de las criaturas terrestres ya se encargará la Providencia. Manuel me indicó que la Iglesia Vasca había sido una cooperadora necesaria. Y nos reímos mucho recordando la anécdota de aquellos días, cuando el ex jesuita Arzalluz, enfadado como un carnero de Azpeitia, bramaba con el nombramiento de “un tal Blázquez” como obispo de Bilbao, retando al Vaticano: “Sepan ustedes que nuestro partido, el PNV, tiene 120 años de historia”. Un sibilino cardenal de la diplomacia vaticana le contestó: “Y el nuestro 2000 años”.
No es que la Iglesia sea culpable de todo. Un sacerdote puede hacer a un hombre mucho mejor, pero también le puede hacer mucho peor. Eso es lo que pasó.
Eran también los años en los que el hiperoptimista lehendakari Ibarretxe estaba publicitando su plan de autodeterminación y de Estado Libre Asociado. A raíz del asesinato de Joseba Pagazaurtundua el lehendakari se cubrió de gloria al afirmar en los funerales que “En Euskadi se vive muy bien” Y se muere, Juanjo, y se muere, dicen que le contestaron los amigos del asesinado.
Recordado estas historias, Manuel utilizó conmigo el método socrático, es decir, me hacía preguntas para que yo mismo sacara conclusiones. Y las respuestas no estaban en elevados artículos de opinión de ilustres politólogos y juristas de verbo alambicado y frases inapelables, sino en los pequeños detalles de la vida vasca.
¿Te has fijado en esas señoras que pasean deportivamente por la ribera del Urola, con gorrito de lluvia, y que por las tardes cogen el BMW para reunirse con amigas en las pastelerías del Bulevar de San Sebastián, y aperitivo en Club Náutico? Sí, las he visto, parecen una fauna autóctona. Y van a misa en la Basílica de Loyola. Pues ellas son gran parte del problema. Jamás las verás teniendo un solo gesto con las víctimas, siempre miran para otro lado, y a ellas son a las que Ibarretxe se refiere con lo de aquí se vive muy bien. Porque aquí hay una burguesía nacionalista, que fundamentalmente es supremacista, y por tanto de clase social. Estas señoras consideran a los “maketos” como seres inferiores, es así. Pero muchos miembros de ETA proceden de clases bajas, y se llaman Pérez. Sí, alguien debe hacer el trabajo sucio, y el “maketo” redime su pecado original colaborando con la causa.
No eramos machistas, y completábamos el cuadro; el equivalente masculino es empresario, pero tiene mucho tiempo para reuniones gastronómicas, y ha llegado a un acuerdo para pagar el impuesto revolucionario. No creas que eso se paga como la gente piensa, en un puente con niebla, tíos con gabardina y maletines con billetes usados. Es tan simple como contratar publicidad a precio de merluza en esos periódicos abertzales que parecen hojas parroquiales. Con factura, deducción de IVA y del impuesto de sociedades. Lo haces, y hasta te quitan de en medio algún molesto problemilla sindical. Por eso en “Euskadi se vive muy bien”.
No olvidemos, añadía Manuel, que el lema del PNV en vasco es Jaun-Goikua eta Lagi- Zarra, o sea Dios y Ley Vieja. Son carlistas de manual, y para ellos la única Ley válida son los fueros. Teóricamente son un partido aconfesional, pero en la práctica siguen siendo muy “meapilas”. Por eso no distinguen entre Iglesia y Estado, y por eso Arzalluz reclama su derecho medieval a elegir obispos. Por eso también, clasifican a los seres humanos en aptos para la salvación, los nacionalistas jelkides en el lado de los puros de corazón, y al otro todos los demás, como en los cuadros del Juicio Final. A veces admiten a los abertzales terroristas, como mal menor, y útiles para la causa. Pero si se pasan, ay de ellos. Arzalluz amenazó con las llamas del Averno a los asesinos de José María Korta, traicionándole el subconsciente: “Era uno de los nuestros”. Aclarado, asesinar no es malo, siempre y cuando el finado no sea de los míos.
Y ése era el meollo de la cuestión. No lo entenderemos, nos repugnará, pero para mucha gente en el País Vasco, asesinar no era malo intrínsecamente, sino que hay matices. Un jelkide es un ser superior, y un abertzale no tanto, pero puede asimilarse. Pero un no nacionalista, españolista, o unionista, según la terminología acomodaticia al sentir del escribano, no es un sujeto de derecho completo. Asesinarle no es tan grave, aunque no esté bien del todo, ” algo habrá hecho”. Nos recordaba a la viñeta de MAUS, cuando Vladek Spiegelman en un inglés vacilante entre “to be” y “to stay” explica a su hijo el Holocausto: “Para los alemanes los judíos no estábamos personas”.
Cuando en 2015 se publicó Patria, de Fernando Aramburu, ambos lo leímos, y nos alegramos al ver que nuestras tesis sobre el asunto nos las confirmaban Bitori y Miren, las protagonistas. Si bien, a Manuel le hubiera gustado que algún personaje hubiera sido del PP, o incluso del PSE. A mí también.
Aproveché para pedirle perdón por cosas que pasaban en los años de la Transición, cuando Manuel acababa de nacer y yo ya era veinteañero. En aquello tiempos muchos cometimos un gravísimo error: poner apellido a los asesinatos. Veíamos a ETA como a un ente liberador del franquismo. Asumimos el “algo habrá hecho” cuando tiroteaban o dinamitaban a Melitón Manzanas, a Carrero o a cualquier policía armada o guardia civil, o concejal no nacionalista. Y con ese error monstruoso lo demás vino solo. Muertos de primera (los míos) y daños colaterales (los demás).
Así, en esta historia de infamia, pasábamos ratos muy agradables. Nos ha quedado mucho pendiente. Entre otras cosas la promesa que le hice cuando nació su hijo con los nervios del padre novato: En Bilbao, cerca de Diputación, está el Bar La Viña, con los mejores pinchos de escabeche del mundo. Allí hubiera querido invitarle a un pincho con un Ramón Bilbao de buena cosecha.
En fin, se ha ido un hombre magnífico, que caía bien a todos. No sé como lo hacía, la verdad.
Con saludos a Carlos Soler “Charly”, Alfonso Ruiz de Assín, Juan Luengo, David “Zippo”, y a todos los del Entre3 de Pozuelo.