He observado muy detenidamente el comportamiento verbal y factual de Pedro Sánchez y, aunque ya me había percatado de ello, debo concluir que nos enfrentamos a un ególatra de manual de conductas alteradas, por no decir de psicopatías muy marcadas.

Nació Pedro en Madrid, en 1972, cuando el cadáver que hoy quiere desenterrar era aún carne viviente, a las puertas de ser carne mortal. Hijo de funcionarios de nivel medio, pasó su infancia y adolescencia en un barrio de los catalogados como “pijos”, la zona de Orense y AZCA. Asistió a clases en un instituto de postín, el Maeztu, y cursó estudios universitarios en centros privados, el María Cristina de El Escorial y la Camilo José Cela (donde hizo la famosa tesis que algunos alaban y otros rechazan). Se casó y vino a Pozuelo de Alarcón, que tampoco es una zona con alta conflictividad social. No puede decirse que Pedro haya tenido mucho sufrimiento económico ni que haya sido un luchador por los derechos de los desfavorecidos. Su vida económica, como la de la mayoría de los políticos actuales ha girado en torno a un empleo público, bien de forma directa o a través de las subvenciones a los partidos a cargo del erario público.

La mayoría de los grandes ególatras de la historia (Lenin, Napoleón, Franco) proviene de la pequeña burguesía. La clase alta de verdad no suele producir ególatras pues no le hace falta. Cuando uno es Lord Mountbatten de Birmania la egolatría sobra. Y cuando se es Paquito el de los churros a la egolatría ni se la espera.

Pero, Pedro es ególatra y dicha condición se ha manifestado de sobra en su corta pero exitosa carrera política. Un ególatra jamás hace pactos ni negocia. Le es imposible. El representa el bien, es ontológicamente superior y moralmente está por encima del resto de los mortales. ¿Negociar, el qué? Pedro asumía que con su sola persona y presencia imperial los demás grupos políticos debían rendirse a su superioridad intelectual, visionaria y casi canónica, y votar que sí sin mayores preguntas.

El no va a rendir cuentas al Parlamento por sus gastos de viajes en el Falcon, ni cree que deba mostrar transparencia en sus actuaciones. Un ególatra da por sentado que lo que él decide y hace es bueno para la humanidad, y sobran las explicaciones. Incluso puede considerar, y lo considera, una afrenta que le pidan cuentas. Los ególatras sólo son responsables ante Dios y ante la Historia, y si son ateos, sustitúyase Dios por el “Bien Social”. Recuérdese que Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, tuvo un arranque de egolatría enfurecida cuando Fernando de Aragón, su jefe, le pide cuentas por los gastos de las campañas de Italia: “Cien millones de ducados en picos, palas y azadones para enterrar a los muertos del enemigo. Ciento cincuenta mil ducados en frailes, monjas y pobres, para que rogasen a Dios por las almas de los soldados del rey caídos en combate. Cien mil ducados en guantes perfumados, para preservar a las tropas del hedor de los cadáveres del enemigo. Ciento sesenta mil ducados para reponer y arreglar las campanas destruidas de tanto repicar a victoria. Finalmente, por la paciencia al haber escuchado estas pequeñeces del rey, que pide cuentas a quien le ha regalado un reino, cien millones de ducados” ¡Pedirme explicaciones a mí!

Por otra parte, el ególatra habla de sí mismo en tercera persona. Al igual que el “lehendakari” Juanjo Ibarreche decía en sus alocuciones “Este Lehendakari”, Pedro suele delatar su pensamiento con expresiones parecidas: “Este Presidente”, “Soy el Presidente”, “Ataques a mi persona”. Y, por si algún constitucionalista no lo ha advertido, tanto él como sus colaboradores cometen a menudo una falta jurídica importante: “El Presidente de España”. No, Pedro, sólo eres el Presidente del Gobierno del Reino de España, o el Primer Ministro en uso británico. No estamos en un sistema presidencialista, como Francia y EEUU, que son monarquías electivas, sino que esto es un Reino, con un Jefe de Estado, y no es Pedro.

Como buen ególatra se rodea de “palmeros” que alaban su dichos y hechos con arrobo y sumisa admiración. Carmen Calvo, Isabel Celaá y Meritxell Batet hablan de él con un respeto rayano en la adoración y casi en el culto a la personalidad. “El Presidente sabe muy bien lo que hace”, “El Presidente acudirá a las comisiones cuando lo considere oportuno”, “El Presidente ya lo tiene previsto”. Los fracasos del Amado Líder siempre se han vestido de astucias que el pueblo llano no alcanza a entender.

Para el ególatra, la competencia (o sea la oposición) no es algo o alguien con derechos, que merezca ser escuchada, sino un impedimento a sus nobles ideas. No comprende por qué no se rinden a su incontestable superioridad y le muestran vasallaje incondicional. Si consigue algo más de votos que el segundo clasificado, proclama que “Él ha ganado inapelablemente las elecciones”, como si el gobierno de la nación fuera una especie de Tour de Francia, donde consigues el maillot amarillo en París si sacas 12 segundos al siguiente.

El ególatra no tiene proyecto económico, no lo necesita. El proyecto es él en sí mismo. Ejerce el poder a través de los signos externos, sea el Falcon o el Azor, sea Doñana o Meirás, sea ir a conciertos de rock o pescar salmones en Asturias. Es implacable con los que no le rinden la pleitesía debida o no refrendan con aplausos sus afirmaciones o decisiones. Y extraordinariamente dadivoso y munificente con los que lo hacen. Por ello los equipos de colaboradores de un ególatra suelen ser bastante mediocres. Véase a Josep Borrell, que ha pasado por el gobierno de puntillas, y, por el contrario, véase a la Gran Aplaudidora, Carmen Calvo.

Pedro confunde el fin con los medios, ser investido con poder gobernar. La alianza con Podemos y las abstenciones de otros grupos le permitirían ser “Presidente”, pero no gobernar. Lo primero es un medio, lo segundo es un fin. Pero para el ególatra, el fin es ser “Presidente”.

Suele haber al lado de un ególatra una esposa que alimenta dicha egolatría. Llámese Begoña, o llámese Carmen Polo. En su calidad de ególatras consortes, desean ser “primeras damas”, aunque digan ser feministas (la primera, no la segunda), y disfrutar de trato protocolario diferencial.

Pedro proclama que sólo él puede ser investido “Presidente”, por ser vos quien sois, que diría el Canon Romano, o porque yo lo valgo, que dice algún publicista. Y quien no lo acepte es un irresponsable, y un enemigo del pueblo. Detrás de ello hay mucha más egolatría de la que parece. Es la afirmación del “Ego” en todo su esplendor. El ególatra crea enemigos para entregárselos a sus “fans”. Los judíos, los comunistas, Franco y su tumba, las derechas de Colón, los contubernios de Munich …. todo ello vale como enemigo del pueblo, al que solo YO/EGO represento.

Todos lo ególatras escriben su librito de pensamiento profundo, para hablar de sí mismos: Mein Kampf, Raza, Libros Verdes, Rojos, Azules y Manuales de Resistencia.

El lector estará un poco mosca con mi afán de comparar a Franco con Pedro. Me pregunto si un personaje como Pedro, de haber vivido en los años 30 del siglo XX, no hubiera sido un dictador ególatra de la época. ¡Imposible! ¿Por qué imposible?

Pero a mí me gustaría más asimilarle a Nerón, quien al enfrentarse a la muerte exclamó: “Que gran artista pierde la humanidad”.

Ver También: https://angelcalvo.es/politica-economia/que-la-realidad-no-te-estropee-nunca-una-buena-idea