Hacía tiempo que lo estaba notando, pero en esta última semana las dudas se me han despejado. Y más concretamente ayer cuando escuché a Pedro Sánchez hablar de “ataques a mi persona”, tras la concentración de ayer en Madrid.
Tras muchos años de tratar con “líderes” tanto en la empresa como en la administración pública detecto al ególatra a cierta distancia. Son los “carismáticos líderes” que fabrican los expertos en búsqueda de ejecutivos (como describimos en https://www.linkedin.com/pulse/los-pesimos-directores-generales-un-retrato-del-angel-calvo-yague/) y los funcionarios medio-altos que uno se encuentra en los pasillos ministeriales, fabricados por la lealtad de partido.
Tanto el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, como la vicepresidenta, Carmen Calvo, representan como nadie al superego, no al de Freud, sino al del que se siente elegido por la Historia para cambiar el mundo. Si recordamos a Walter Matthau en Primera Plana, de Willy Wilder, como director del Chicago Examiner gritando a su reportero (Jack Lemmon): “Jamás permitas que la realidad te estropee una buena noticia”, lo entenderemos fácilmente. Se les detecta cuando se observan sus reacciones al exponer sus geniales ideas y alguien no aplaude con el arrobo esperado. No digamos si además hay crítica a sus ideas. De forma inmediata lo interpretan como un “ataque a su persona”, y al criticón le cargan con calificaciones de traidor, desleal, pagado por oscuros intereses y fuerzas ocultas. Rara vez encaran con valentía intelectual la crítica, tratando de rebatir los argumentos en contra.
Ellos se fabrican su realidad, y cualquier perturbación a la misma es encajada con malhumor y enfurruñamiento. Esto se advierte de forma casi patológica en Carmen Calvo en sus ruedas de prensa cuando algún periodista “no le compra” sus magníficas ideas. Llega incluso a proponer “El Extraño Caso del Dr Jekyll y Mr Hyde” para explicar un cambio diametral en las opiniones del presidente, sin rubor alguno. La vicepresidenta es experta en lanzar sus ideas sin asumir que las cosas no son así porque las digo yo, sublime diseñadora de sociedades avanzadas. Hay que demostrarlas, razonarlas, si es posible con números, que suelen ser bastante neutros. La vicepresidenta es de Cabra (Córdoba), localidad que es prolífica en ministros. De allí era José Solís Ruiz, ministro franquista, que en las Cortes espetó a los procuradores: “¿Para qué sirve el latín en la educación actual?”. Un procurador le respondió: “De momento para que a sus paisanos se les llame egabrenses y no cabrones”. Si esto se le dijera a Carmen Calvo hoy no quiero ni pensar la que se organizaría y la que le caería al ocurrente; demandas, fusilamiento mediático, persona “non grata” en Cabra y peticiones de dimisión.
Son autoritarios hasta límites insospechados, y si no van más allá es porque no se atreven a saltarse las leyes a la torera, que ganas no les faltan. Sánchez está convencido de que su proyecto de presupuestos es “el más social de la historia”, y así lo proclama, asombrándose de que los demás grupos políticos no los aprueben por unanimidad indiscutible. Parece decir: “Pero, ¿cómo es que no salen a las calles a aclamarme?” Esta misma visión la tenía Aznar en sus tiempos de gloria y mayoría absoluta. Tanto Calvo como Sánchez no entienden como es posible que el pueblo no agradezca sus ímprobos esfuerzos para sacar a Franco del Valle de Cuelgamuros. Si es que se ve el clamor popular para que eso se convierta en realidad. Cuando la realidad es otra, sus reacciones son o bien de paternalismo y proponen “educación” para el pueblo, que debe ver la luz, o bien de búsqueda de conspiraciones encriptadas por las fuerzas ocultas de la derecha.
Suelen ser muy permeables a los asesores palmeros que les cuentan la realidad que ellos quieren oír. De esa forma dan total crédito a los medios informativos afines, y total fiabilidad a las encuestas de intención de voto que les encumbran, aunque no tengan sentido estadístico. Y son totalmente impermeables a todo lo demás.
Siempre me viene a la memoria una reunión que tuvo lugar hace años en un organismo público. Un subdirector de algo nos citó a los representantes empresariales para comunicarnos la “buena nueva”. Allá fuimos, cual sumisos corderillos, a reverenciar al alto funcionario que nos convocaba para darnos magníficas noticias. Habló y habló, y nos anunció tras media hora de perorata, que los retrasos en pagos de hospitales se habían arreglado. Salivamos como obsesos gastronómicos, pues la deuda alcanzaba ya los dos años. Hablad, buen abad hablad, le rogamos. Pues miren, hemos firmado un convenio no vinculante con el Banco Pastamuch por el cual ustedes podrán descontar las facturas a un interés moderado. Comenzamos a preguntar: ¿Cuál es el interés, porque nuestra empresa consigue dinero muy barato de la central suiza? ¿Si es no vinculante, puede ese banco negarse a descontar en algunos casos? ¿Podemos cargar los intereses a las facturas de suministro? El señor subsecretario mudó la cara, le comenzó a temblar el labio de arriba y el bolígrafo quedó aplastado entre sus dedos de venas hinchadas. Ah, ya veo que no quieren solucionar el problema, de forma que no me molesten más. Pero si es usted el que nos ha llamado. Lo siento, tengo que irme, me llama el señor ministro.
Esa es la actitud que observo en Sánchez y Calvo. Mis magníficas ideas son rechazadas por la realidad, debido a la deslealtad de los administrados, a su sectarismo, que no les permite apreciar la bondad de las mismas. Así, el presidente se empeña en afirmar que “yo he subido los salarios”. Se refiere a la subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI). Según su mundo de burbujas ideales, un decreto ya consigue que los ciudadanos ganen más. También afirma que España es hoy un país más justo, porque él lo vale, no nos trae pruebas. “He subido las pensiones, las he dignificado” ¿Pero hay para pagarlas? Son infundios de la derecha, señor mío. El dinero público es de todos, Carmen Calvo “dixit”. Y de Pixie y de Dixie.
Reparten broncas a diestra y siniestra. Si los independentistas les dicen que ellos no quieren más autonomía, sino la independencia directa en las condiciones más ventajosas posibles – lo que no debe extrañarnos, pues para eso son independentistas – les contestan con evidente enfado, y les muestran la puerta del infierno, donde la derecha ganadora de unas elecciones les hervirá en aceite y les torturará eternamente. Si Carmen Calvo exige al Vaticano que cese a un abad benedictino que se le pone chulo y no quiere exhumar a Franco, y en el Vaticano le contestan – cuando lo hacen – que la orden benedictina es soberana en sus feudos, siempre que no abracen la herejía arriana, se enfurece. Todo antes que entender que las cosas no son como ella quisiera – a todos nos gustaría que fuera así – y que hay Spas donde hay baños de realidad relajantes.
En el fondo son profundamente infantiles, como a los niños les revienta asumir que hoy no habrá juguetes. Y son portadores de una tremenda inseguridad. Sánchez dice mucho “yo soy el presidente”, como esos directores generales de empresa que necesitan plaza de aparcamiento en la que ponga “dirección”, para que quede claro quién soy yo. De ahí viene la utilización de los aviones, las casas de vacaciones y las visitas internacionales de poca sustancia, para “estrechar los tradicionales lazos de amistad entre nuestros países”, por parte del presidente Sánchez.
Mientras, las torpezas se multiplican y el rumbo es errático. Hoy acogemos a todos los inmigrantes, pero mañana les abandonamos a su suerte. Hoy establecemos “mesa de partidos” con el Sr Torra, pero mañana rompemos toda relación. Hoy es rebelión, pero mañana puede ser una falta administrativa. La economía se deteriora a grandes velocidades, y hay que ahorrar para afrontar la enorme deuda que ya acumulamos, dice Doña Realidad. Dedican todo su tiempo a crear incendios y el que les sobra en apagarlos.
El ególatra cree con sinceridad – es sincero, lo cree de verdad – que el mundo no gira si él no está al mando. Y que su sola presencia es suficiente para que los problemas se solucionen. Y no es sólo que lo crean ellos, es que lo creen sus palmeros. Cuando se releva a un directivo y viene otro, es común oír a los que conocen al nuevo, personalmente o de oídas, que todo se va arreglar, los clientes pedirán como locos, los gastos bajarán, los salarios subirán – oxímoron grande donde los haya – y el clima social mejorará. ¿Por qué?, preguntan los negativistas de siempre. ¡Hombre, es que el nuevo es genial!