Todo indica que el resultado electoral del día 28 de abril va a ser muy repartido, a la vez que incierto. Dejemos aparte las insólitas encuestas que nos muestran los medios de comunicación, en la cuales vemos que un Partido obtendría 15 diputados y en otra que serían 55. Es como si dijera que la aceleración de la gravedad en la superficie terrestre es de 9,81 +/- 30 m/s2. Es decir que mi peso puede ser 20 o 300 kg.

Dejando encuestas aparte, hay razones para pensar que nos encontraríamos con un parlamento sin mayorías absolutas claras. No me refiero a sumar 176 diputados, sino a algo incontestable, como 202 (caso del PSOE en 1982). Y unos tendrán que pactar con otros. No pasaría nada, si los políticos actuales supieran conjugar este verbo, pactar, y construir armónicos sonetos con él. Pero no saben ni sabrán.

Los unos vetarán a los otros, y los otros a los unos. El partido minoritario gracias al cual el mayoritario puede elevar su candidato a la categoría de “usuario autorizado de Falcon”, exigirá sumisión total a sus dictados y obsesiones. Los partidos de la oposición torpedearán todo lo torpedeable, tenga sentido práctico o no lo tenga. Los independentistas reclamarán lo que todo independentista debe hacer, sin tapujos, que es reclamar la independencia. Los “jelkides” reclamarán dinero, ya reconvertidos de sacristanes a tesoreros. Y los muy minoritarios (BILDU y CUP, si se presentan), abandonarán el parlamento en la primera ocasión en la que no se les rían las gracias, o no se admita a votación la rotura de relaciones diplomáticas con los EEUU.

El partido mayoritario tendrá el clásico arrebato de lujuria poselectoral: si obtiene el 28,56% de votos, y el siguiente el 26,89%, proclamará que “ha ganado las elecciones”, olvidando que es un sistema parlamentario. Si fuera pura retórica no importaría, pero las consecuencias en España son peligrosas. Si soy el “ganador”, hago lo que quiero, tengo el mandato del pueblo.

Para ellos pactar es jugar al mus, a ver como meto al adversario en la trampa, nunca es negociación. Negociar es asumir que no podré bajar los impuestos como yo quisiera, y el que tengo enfrente debe asumir que no se podrán subir tanto como él quisiera. Valga el ejemplo. Todos sabemos que negociar es eso, al menos en la empresa. En un contrato no consigues el precio que te gustaría, que, si es de pagar que sea cero, y si es de cobrar que sean millones. Pero nuestros políticos usan y abusan de lo “irrenunciable”, lo “inadmisible” y de “nuestros valores”, los cuales nunca nos explican.

Cualquiera de las combinaciones posibles no sortea estos problemas. Un PSOE atenazado por PODEMOS e independentistas, frente a un PP en manos de socios muy correosos, como VOX.

Dada la que se nos cae encima, al menos una recesión en la economía, agravada con Brexits y relaciones comerciales entre China y EEUU, debemos armarnos bien para aguantar. No podemos resistir la deuda formidable que tenemos, ni el déficit en las pensiones (si no se hace algo, no se podrán pagar más allá del 2022), ni atender todos los compromisos sociales que hay que atender, ni las infraestructuras que ya no pueden esperar más. Para ello, nada mejor que, sea cual sea el resultado, % arriba o abajo, pero parece que PSOE + PP sumarían más de 175 diputados: ¿Gobierno de Coalición? Pues sí, señores. Ahora viene el hispanismo de buscar un problema a cada solución:

  • ¿Pero eso como va ser, la derecha y la izquierda juntas? Señores, eso de derechas e izquierdas sólo existe entre tertulianos, politólogos y periodistas estrella. Al ciudadano le da igual, quiere eficacia.
  • ¿Entonces, se bajan impuestos? No,pero tampoco se suben mucho. Y se eliminan atrocidades fiscales como patrimonio, sucesiones y donaciones.
  • ¿Se deroga la reforma laboral del 2012? Se hace una nueva Ley Laboral, la cual no satisfará a nadie al 100%, pero que garantice la libertad y la seguridad jurídica para todos, y sobre todo que piense en el 2019, no en 1919.
  • ¿Se recortan derechos sociales? No, pero dejamos de pagar estructuras inútiles, y subvenciones extrañas.
  • ¿Exhumamos a Franco? Hagan lo que quieran, no nos interesa. Que lo exhumen, lo salfumen, lo ahúmen o lo encapsulen.
  • ¿Cómo va a convivir a gusto una feminista como Carmen Calvo con un machista como Pablo Casado? Ni la una es lo que dice, ni el otro tampoco, además, no les pagamos para que estén a gusto, sino para que gestionen nuestro patrimonio.
  • ¿Pero y la ideología? De eso no comemos.

Y sobre todo preparar al país para la tormenta que se ve venir.

Pero yo soy pesimista. Muchos ciudadanos todavía creen que el partido al que votan es como una especie de club de fútbol, con el que hay que estar a muerte, jueguen bien o mal, salgan goleados o invictos, donde es noticia si han fichado a algún delantero de fama mundial, o han cesado al entrenador por ceporro. Muchos creen que el dinero público se imprime en sótanos y que si no se lo dan a ellos es porque alguien muy malo no quiere.

Por ello, los políticos no serán valientes, tendrán miedo del qué dirán las “redes” (esa olla repleta de graciosos ingeniosos, cuando no matones de taberna), la militancia (esa hinchada “hooligan” que vive de la algarada, callejera o virtual, pero que rara vez paga cuotas al partido), de los sindicatos de clase (que ya representan a muy pocos), de los colectivos defensores de patrias y de parias (los primeros de patrias del siglo XII y los segundos de parias a veces muy aprovechados). Para ellos la “votancia”, o sea nosotros, somos lo que los politólogos de las teles dicen que somos, una especie de propiedad del partido, que estamos obligados a votar asumiendo a pies juntillas la ideología que nos imponen los tertulianos. ¿Han oído decir a un politólogo algo como esto?: “A los votantes del PP (o del PSOE), les molesta mucho que se diga tal cosa” Se oye a diario, ellos ya saben lo que me molesta a mí. Y saben lo que quiero.

Por todo ello soy pesimista. Las elecciones no resolverán nada, y tras tres meses de bronca de apaños y preacuerdos, se convocarán de nuevo. No sin antes ver qué pasa el 26 de mayo, en las europeas y locales, en las que pasará lo mismo, me temo.

Bien, vendrán tiempos mejores.