Una anécdota que me ocurrió en Zagreb (Croacia) hace años ilustra la situación: Llegué tarde a coger el vuelo para Múnich y era viernes, sin vuelos hasta el lunes. Como todo puede ir a peor, encontré un sólo mostrador de facturación y una cola quilométrica. Di la situación por perdida y pensé en buscar hotel. Entonces un policía se me acercó y me pidió el pasaporte. “Ah, Španija, da”. Me indicó que le siguiera – empecé a preocuparme – y me llevó a la cabeza de la cola, apartando a las demás personas de muy malos modos. Me preguntó por Davor Suker y su romance con Ana Obregón (era el año 2001), mientras ordenaba a la señorita del mostrador que me atendiera inmediatamente. Un poco avergonzado, le pregunté por la gente que esperaba. Me contestó con cara de sorpresa por la pregunta: “¡Son serbios, señor!”, ante las carcajadas de sus compañeros y las caras de sumisión de la gente de la cola. Y entendí por qué allí hubo una guerra y una limpieza étnica. Y que lo que llamamos ultraderecha tiene significados distintos en otros países.

Nos enseñaron que la máxima de la democracia es la equivalencia hombre y voto. Que tanto vale el voto de un humilde temporero agrícola que el de un presidente de un poderoso banco. Que era la mayor conquista por los siglos de los siglos. En efecto, así lo parece. La sobrevalorada democracia griega era en el fondo un voto de aristócratas, y así lo fue hasta muy entrado el siglo XX en la mayoría de los países. Sólo con impedir el voto femenino ya se deja a la mitad de los hombres fuera (aviso: hombre procede de homo-hominis, y éste a a su vez de humus, la tierra de la que según las leyendas nace el género humano. En latín al varón se le llama vir). Incluso, en muchos sistemas electorales no existe la equivalencia hombre-voto, ya que un voto en Madrid o Barcelona vale mucho menos que un voto en Soria.
Siempre se ha puesto en duda la validez de la equivalencia hombre-voto, especialmente cuando el resultado electoral provoca sorpresa o no sale lo que yo quiero que salga. Se alega que algunos votantes, o muchos, votan sin pensar, sin analizar las consecuencias de su voto, ya que votan más con el corazón que con la cabeza. Así puede ser, pues de otra forma no se explica esa necesidad de campañas electorales, plenas de afirmaciones inapelables, repletas de frases demagógicas y halagadoras para ese ente llamado pueblo. Bastaría con un documento programático y cada cual toma su decisión. En general ese pueblo a lo más que llega es a decir cosas como: “Fulano ha dicho que va a quitar el impuesto tal y que nos van a dar una paga a los estibadores del puerto”. En un mundo como el actual en el que hay países que deben billones de dólares a bancos y bancos que poseen billones en deuda incobrable, las cosas podrían analizarse de otra forma más rigurosa.
De antiguo se ha pensado que la negación de lo de “un hombre un voto” provenía de las clases altas, de la oligarquía dominante. Las cosas han cambiado. Desde hace semanas hay una avalancha de catilinarias desde el periodismo de opinión, sea en escrito o en tertulia radiotelevisiva, más las declaraciones de los artistas “comprometidos”, anunciando la llegada del IV Reich y un nuevo desastre mundial a manos del fascismo que vuelve.
Los hechos parecen ser estos: En España VOX ha tenido un “éxito” reciente y las encuestas electorales son favorables (me pregunto qué se entiende por éxito). Jair Bolsonaro en Brasil puede que arrase en la segunda vuelta de las presidenciales. En Austria hace algún tiempo que Sebastian Kurz gobierna en cómoda coalición con el Partido de la Libertad. Hungría bajo Viktor Orban. En Alemania la todopoderosa CDU se enfrenta a una creciente Alternativa por Alemania. La familia Le Pen en Francia lleva muchos años en el escaparate. Salvini en Italia no se corta en decir y hacer lo que piensa. Y Donald Trump sigue y sigue adelante. Mientras Steve Bannon hace su “road show” ganando adeptos para la causa. ¿Qué tienen de malo todos estos gobernantes y sus partidos para que se les califique de ultraderecha, neofascistas, xenófobos, supremacistas, insolidarios y más aún? En general promueven un control riguroso de fronteras, un cierto liberalismo económico, una restricción de las ayudas públicas y de la discriminación positiva para ciertos colectivos de inmigrantes (mayormente musulmanes) y en general para minorías marginadas, desde gitanos a colectivos LGTBI. También promueven una reducción de la “eurocracia”, costosa e ineficaz a veces, pidiendo una Unión Europea estrictamente de progreso económico, como en sus orígenes, y no tanto de “valores humanos”. Con todo, lo más relevante de todos estos partidos es su rebelión ante lo que ya se llama “dictadura de lo políticamente correcto”, se ha perdido el miedo a decir en público lo que hasta ahora era una tertulia de bar. Pero, en ningún caso, estos partidos proclaman un sistema de partido único (el suyo) ni un régimen de liderazgo personalista, lo que les haría directamente fascistas o estalinistas.
La prensa agorera que comento demanda que hay que evitar que en las próximas elecciones estos partidos lleguen al poder (quieren decir que el pueblo no les vote). Algún tertuliano llega al extremo de sorprenderse porque haya gente que les vote. Y en pleno delirio dialéctico afirma que el electorado de estos partidos está formado por ciudadanos de rentas altas y oligarcas. Ojalá fuera cierto, pues con varios millones de oligarcas adinerados, pagando impuestos moderados, el problema del déficit estaría ya resuelto. Como ocurrió en las legislativas de 1933 en Alemania los votantes de estos partidos son clases humildes, campesinos minifundistas, propietarios de pequeños comercios y obreros industriales de cierta cualificación, entre otros. En España los encontramos en Castilla, en Alemania en Baviera y en EEUU en el Medio Oeste. ¿Pero por qué hacen eso, votar a la xenofobia y al racismo?, preguntan airados los tertulianos. Hace unos días escuché a una conocida tertuliana desatascarse con lo siguiente: “Hay que parar la elección de Bolsonaro”. ¿Qué va a hacer usted, dar un golpe de estado en Brasil, o invalidar los votos que no le gusten? Además, nadie le ha dado a usted pandereta en esta verbena, son los brasileños los que votan, en un país con una renta per cápita de unos pocos miles de dólares, donde dudo mucho que haya 50 millones de ricos. Algunos incluso abogan por ilegalizar a estos partidos, a la vez que ponen el grito en el cielo cuando se pide ilegalizar a quienes apoyan al terrorismo. Los más moderados abogan por una labor educativa para los votantes, lo cual suena mucho a reeducación maoísta de disidentes.
La equivalencia un hombre un voto tuvo su sentido hace 100 años, cuando la restricción de voto a las clases bajas era una garantía de poder para las clases dominantes. Pero actualmente parece que ocurre lo contrario, las clases bajas son las que apoyan a los partidos de “ultraderecha”, como lo hicieron con los nazis en 1933.
El fenómeno no es uniforme para todos los países. En Austria y Hungría (rescoldos del otrora romántico Imperio Austrohúngaro) siempre ha habido una enorme tensión étnica. Rutenos, checos, serbios, bosnios, croatas, eslovenos, polacos, silesios, magiares, tiroleses, bávaros, rumanos, moldavos y muchos más, nunca se han podido aguantar. La IIª Guerra Mundial se cerró en falso por aquellos pagos, como prueba véase la atroz guerra de Yugoslavia de los 90, y las más reciente de Ucrania Oriental. En esos países no aguantan tampoco a los gitanos (amorosamente llamados zíngaros) ni por supuesto a los judíos. Hitler trabajó en equipo multinacional, no debe olvidarse. Ahora concentran sus esfuerzos en los refugiados sirios (o de donde vengan) y en la creciente islamización de algunos barrios. Muchos alemanes no entienden las generosas ayudas para los inmigrantes, y ahí emerge Alternativa por Alemania. En Brasil seguramente se deba a la frustración con los gobiernos de Lula da Silva. Ni tampoco se entienden en España, donde los funcionarios de las oficinas de empleo públicas se enfrentan a la respuesta del parado español al que se le niega la ayuda por tener pocos años cotizados: “¿Y si me pinto de negro y desembarco en patera, me dais la ayuda?”. Por supuesto que se exagera mucho, pero el sentir general de mucha gente es de humillación, la cual podemos resumir en un monólogo al estilo de Segismundo en la Vida es Sueño: ¿Le dais dinero a esos refugiados y a mí, teniendo más derechos adquiridos, me lo negáis? ¿Por ser varón blanco heterosexual soy sospechoso de asesinato a priori? ¿Debo aguantar tener que pagar impuestos municipales por mi negocio y que esos manteros vivan del cuento?
Estas preguntas retóricas se hacen todos los días en muchos lugares de Europa y América; hasta ahora eran en voz baja y en entorno de amiguetes. Hoy hay partidos que hablan en voz alta por esta gente, la cual no debe ser poca a la vista de los votos. Son una reacción ante el abuso de lo políticamente correcto, alimentada por las demagogias de determinados alcaldes y alcaldesas de grandes ciudades. La gente ha perdido el miedo a hablar, de la misma forma que en 1976 en España la gente perdió ese miedo y se construyó un nuevo estado. Todo abuso genera reacción.
No creo que toda esta “ultraderecha” persiga un régimen totalitario, ni limpiezas étnicas al estilo balcánico. Y si hay elecciones y pierden el poder, se van tranquilamente sin más. Los partidos que se sitúan a la izquierda de ellos tienen un grave problema, como la CDU alemana o el PP español. Si no quieren perder votos tienen que aproximarse a los programas de los “ultraderecha”, y eso abre brecha con la izquierda moderada, que por otra parte ya no existe, le llamábamos socialdemocracia.
Por todo ello vuelve con fuerza el debate de ¿un hombre un voto? Si millones de americanos deciden que Trump debe gobernar los EEUU, o Bolsonaro en Brasil, o Viktor Orban en Hungría, ¿podemos hacer algo? Tal parece que el pueblo debe hablar, pero ojo con lo que dice, porque si no me gusta no vale.
Lo que sí pediría a esos nuevos partidos son varias cosas muy irrenunciables en mi opinión:
– No entorpecer la libre circulación de mercancías, capitales y personas en la UE. Da riqueza mutua.
– Desarrollar la legislación comunitaria y armonizarla en todo lo posible.
– Que sean nacionalistas no es un problema, pero que no sean nacionalistas de los de todo lo mío es superior a lo de los demás.
– Inmigración ordenada y con dignidad. Solo así se puede ayudar a los países africanos, no con avalanchas a las que luego no se puede atender.
– Ser liberales de verdad, no de boquilla.
– Olvidar que el establecimiento de aranceles crea riqueza local. Espanta a inversores y destruye empleo. Esto va por Donald,