A veces me preguntan algunos expertos en “coaching” qué ejemplos se pueden poner sobre “buenas prácticas en ética profesional”.  Aprovechando el éxito de la serie alemana “Das Boot” (El Submarino), sugiero usar como método didáctico el resumen de los hechos acaecidos el 13 de septiembre de 1942, a unas 600 millas al oeste de Dakar, en pleno Océano Atlántico.

El U-156, cuyo comandante era el capitán de corbeta Werner Hartenstein de la Kriegsmarine, estaba al acecho de los mercantes ingleses que debían realizar una larguísima ruta desde la India hasta Gran Bretaña pasando por el Cabo de Buena Esperanza, ya que el Canal de Suez no servía para mucho con el Mediterráneo dominado por la aviación italiana. En la tarde del 12 de septiembre avistó un gran buque mercante. Todo indicaba que era un transporte militar británico y ordenó el ataque. Dos torpedos hicieron blanco y desde el periscopio pudo ver las explosiones y al buque escorando a estribor. Era el RMS Laconia de la Marina Civil de Su Majestad. Misión cumplida, pensó.

Salió a superficie para reconocer la situación y si era posible ayudar algo a los supervivientes. Pero lo que vio le destrozó el alma. Había cientos de personas chapoteando en el agua y aferrándose a tablas y restos del hundimiento, y algunos botes de salvamento. La mayoría eran mujeres y niños. Se dio cuenta que había torpedeado un buque civil, no militar, y eso era un delito de guerra gravísimo.

Hartenstein no sabía que hacer. Un submarino en superficie es presa fácil para el enemigo si aparecía por allí. Pero por otra parte no podía abandonar a toda aquella gente. Ordenó a su tripulación salir a cubierta y amarrar los botes repletos de supervivientes a la popa del submarino para remolcarlos, y subir a la estrecha cubierta del U-156 al resto de supervivientes. Más de trescientas personas abarrotaban la cubierta, entre lamentos y lloros. Para complicar más las cosas, el buque hundido transportaba prisioneros italianos custodiados por soldados polacos enrolados en la Marina Real. Los soldados polacos no les permitieron salir de las celdas y la mayoría se ahogaron. Los italianos supervivientes intentaban llegar a los botes, pero los polacos les disparaban. Harstenstein ordenó a varios de sus marineros que cogieran armas y disparasen al primero que no respetara las leyes navales de salvamento. El caos era absoluto.

No podía estar en esa situación, muy peligrosa si aparecía un avión enemigo, de forma que hizo entrar a todo el mundo en el submarino, desamarró los botes, no sin antes dejarles comida y agua, y ordenó inmersión a 50 metros. Y en ese momento entendió que la situación se le estaba escapando de las manos.

cEl submarino, con exceso de peso y con todo el mundo hacinado en proa, descendió sin control hasta más de 200 metros, casi al límite de la presión máxima que el casco podía aguantar. En una maniobra casi suicida el oficial de navegación logró estabilizar la nave, usando los timones de profundidad y dando máxima potencia a los motores eléctricos, provocando la descarga de las baterías en pocos minutos. Lograron salir a superficie entre los gritos de pánico de los niños. Allí, sin baterías, en el medio del océano, la situación era penosa. No podía sumergirse, y los diesel tardarían horas en recargar las baterías.

Radió un mensaje a la base naval de Lorient (Francia) para pedir instrucciones a sus jefes. La respuesta fue peor que el silencio: “Haga lo que tenga que hacer sin poner en peligro el submarino”. O sea, allá te las compongas. Entonces se la jugó. Emitió otro mensaje en una frecuencia comercial en el que decía:

“Del comandante del U-156 a 14°41′37″ N y 24°26′38″ O: Me propongo realizar una operación de rescate de náufragos y pedir ayuda a Dakar. Durante 24 horas yo no atacaré a nadie si yo no soy atacado”

El mensaje fue completado con otros a Dakar (todavía fiel a las órdenes del Gobierno de Vichy) y a otros dos submarinos que patrullaban por la zona.

De nuevo con la cubierta llena de gente se dispuso a esperar la ayuda. De Dakar venían unos transportes y los submarinos navegaban a toda máquina hacia el lugar del naufragio.

Las cosas se complicaron. Un B-24 Liberator que había salido en patrulla de la Isla de Ascensión divisó el submarino y atacó. Si bien habían recibido en Ascensión el mensaje de Hartenstein, este había sido transmitido al Liberator en Morse. Los pilotos eran novatos, y no lo interpretaron bien. Varias bombas cayeron cerca del submarino, dañándolo levemente, pero mataron a varias de las personas que estaban en los botes salvavidas. La tripulación del U-156 rechazó el ataque con fuego antiaéreo y con la llegada de los submarinos de ayuda, el Liberator optó por retirarse. Cuando se informó de los hechos al propio Almirante Dönitz, éste ordenó abandonar inmediatamente el rescate y retirada fulminante. Pero Hartenstein hizo caso omiso y continuó hasta que todos los supervivientes estuvieron a salvo en los buques franceses que los llevarían a Dakar, arriesgándose a otro ataque.

En Berlín, Dönitz tomó una decisión de dos caras. Por un lado, condecoró a Hartenstein con la Cruz de Hierro, pero por otro despachó una orden terrible: “Queda terminantemente prohibido auxiliar a los náufragos”. Esa orden, años después, fue utilizada en los Juicios de Nüremberg para pedir la pena de muerte para Dönitz por crímenes de guerra. La cosa se quedó en 10 años de prisión gracias al testimonio del Almirante Chester Nimitz, comandante de la flota norteamericana del Pacífico, quién declaró que él había dado órdenes similares a sus submarinos en Filipinas.  También era un tipo decente, nadie le obligó a testificar.

Días después, el desobediente capitán hundió otro mercante británico, el Quebec. De igual modo que hizo con el Laconia, auxilió a los supervivientes y les proveyó de comida y agua. Para Hartenstein la guerra tenía reglas de decencia, y prevalecía el honor y la humanidad sobre otras consideraciones.

Unos meses más tarde, en marzo de 1943, el U-156 desapareció en el Mar Caribe cuando se disponía a atacar petroleros cerca de Maracaibo, con toda su tripulación. Allí acabó la corta vida de Werner Hartenstein, a los 35 años. De él hay pocos recuerdos, ni mucho menos un memorial. Se hizo una película (muy mala, por cierto) en 2011.

He usado alguna vez esta historia para ilustrar la importancia de la decencia en los objetivos profesionales. No todo vale, que tanto se dice ahora. Y debo confesar que me encuentro con reacciones bastante inesperadas, al menos para mí. En una ocasión me llamaron “nazi”. Al parecer, la doctrina ortodoxa prohíbe que a un miembro de la Marina del III Reich se le atribuya algún tipo de virtud humana. Todos son personajes de “pulp covers”, nazis malísimos torturando a la chica mientras el bueno aparece para salvarla. De todo hubo. Las mismas críticas ha recibido la serie de TV mencionada “Das Boot”, pues hay pocos nazis malosos y en cambio hay una miembro de la resistencia francesa que es una perfecta hija de la gran chingada.

Otros me dicen que en la vida normal uno no tiene que tomar decisiones tan difíciles. Contradigo que, si eres capaz de resolver decentemente lo difícil, lo fácil debe ser una rutina.

Siempre hay tipos decentes, incluso en la peor de las situaciones.